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Entrevistas - April 8, 2010

Una artesana zacatecana: Bricia Favela Astraín y su vida entre flores de fibra de maguey (1ª parte)

Artesanal del Estado de Zacatecas), que ha realizado un trabajo impresionante en la presente administración estatal y mantiene un compromiso permanente con los artesanos locales para comprarles su trabajo, fomentarlo y difundirlo. Además, es un escaparate ideal de estos productos para los miles de visitantes que acuden a esta ciudad, sobre todo en estas fechas de vacaciones, en busca de sus artesanías, ese arte popular tan identitario y único en cada estado de México, en busca de llevarse un trozo luminoso de Zacatecas a sus lugares de origen.

Ahí, la mañana del jueves 1 de abril, gracias a su directora, Alma Rita Díaz Contreras, tuve la fortuna y la dicha de conocer personalmente a una artesana cuyas flores de fibra de maguey ya me habían hablado de su sensibilidad y apego a la tierra: María Bricia Favela Astraín. Menuda, de pelo entrecano, rostro bondadoso casi terso, ojos cafés y cejas ralas, doña Bricia rezuma bondad y amabilidad. Generosa, compartió conmigo algunos tesoros de su valioso arcón vital. He aquí los destellos de una mujer extraordinaria, plena, segura, firme, que ha enfrentado los obstáculos y los retos con gran entereza y que con sus manos da forma a flores de una belleza esplendorosa, como la de su propia vida.

Fuimos diez hermanos

Mi nombre es Bricia Favela Astraín, soy de Juan Aldama, Zacatecas, está a tres horas de aquí [la capital zacatecana] en autobús. Vine a entregar un material de lo que yo trabajo, la fibra de maguey, al IDEAZ, y es que el lunes [29 de marzo] traje unos arreglos, pero me encargaron más y vine hoy [jueves 1 de abril] a dejarlos… ¿Le cuento desde el principio o no mucho? Bueno, yo aprendí a trabajar la fibra de maguey a la edad de catorce años, ahorita tengo setenta y ocho años cumplidos, soy del 13 de noviembre de 1931, y desde ese tiempo que aprendí, aprendí por necesidad de trabajar, de sobrevivir. Me enseñó una persona que sabía trabajar esto, ella, la que me enseñó, era mi sobrina, tiene un año que murió, era cinco años mayor que yo. Nosotros éramos diez hermanos, mire, seis de una esposa, dos de otra esposa y dos de otra, diez, pero nos tuvimos tanto amor, nos quisimos tanto como si fuéramos de una sola.

Mi papá quedó viudo con seis de familia, luego se juntó con una señora y tuvo dos, pero… pues no se hallaron y le recogió los dos niños, luego, al pasar el tiempo, se casó con mi mamá y fuimos un hermano y yo; de toda la familia, yo fui la más chica. Mi papá se dedicaba a la agricultura, pero él trabajaba la cerda de caballo, yo no sé cómo le nombran a ese trabajo, porque hacía los atuendos para los caballos, hacía las jáquimas, los cabrestantes, las riendas… También a veces tenía sus marcadores para bordar la vaqueta, a eso se dedicaba mi papá, y yo, siendo niña, lo ayudaba a hacer ese trabajo, chiquita, mucho antes de aprender lo de la fibra de maguey, pero lo ayudaba en todo lo que yo podía ayudarlo para su trabajo.

Mis padres santos

Él se llamaba Guillermo Favela González, mi mamá, Tomasa Astraín Ortega, ella se dedicaba a las labores del hogar, pero siempre vivimos en un rancho, porque a mi papá le gustaba mucho tener sus chivas, sus borreguitas, sus vacas, sus caballos, bueno, todo eso, y la razón por la que siempre procuraba vivir en un rancho, por los animales, más libre. Entonces ahí donde vivíamos, en un rancho, mi mamá ponía escuelita, que se usaba particular, ponía escuelita donde enseñaba a leer, escribir, coser, deshilar… Bueno, ella enseñaba todo eso, mi mamá sabía leer, mi papá no sabía, ella decía que había cursado el tercer año de primaria, pero era muy inteligente mi mamá, sabía muchas cosas, sabía picar el papel que le nombran papel picado, yo también sé, poquito, pero sí sé, era muy hacendosa.

Bueno, yo, casi como era la niña, no me exigió nada mi madre santa, mire, estudié en Juan Aldama el segundo año, yo no estuve en primero en una escuela federal, estuve en una escuela particular, cuando entré a la escuela federal ya me pasaron a segundo porque ya sabía leer y escribir. Tengo yo creo que buena memoria porque recuerdo a mi maestra cuando estuve en la particular, era una señorita inválida, tenía paralis [sic], no caminaba, nomás estaba así sentada, sus dedos los tenía así, mire (me muestra sus dedos de la mano engarruñados, encogidos), no los extendía, pero así nos enseñaba a coser, a tejer, a todo, se llamaba, mi maestra particular, Abundia Morales; cuando estuve en el segundo año, ya en la escuela federal, mi maestra se llamó María de Jesús Fernández.

Luego vivimos en otro rancho, nos cambiamos a otro rancho, allí hice el tercer año, mi maestra se llama, todavía vive, Alicia García Peña, ella ahorita vive en [la ciudad de] México, bueno, es de allí, de Juan Aldama, pero hace poco fue y hasta se tomó una foto conmigo, le dio gusto verme, es mucho más grande que yo, pero está muy conservada. Entonces, ya de allí, que le digo que a los catorce años me enseñó mi sobrina por la necesidad que tenía de ayudar a mi mamá, porque mi papá ya no vivía, él falleció y por eso… Ah, me faltó platicarle, pasé una infancia feliz con mis padres, feliz, mi papá se dedicaba a amansar caballos, a enseñarlos de rienda, de falsa rienda, de… bueno, de todo lo que es de un caballerango, me tenía mi caballo, me mandó a hacer mi montura, y yo era una niña que andaba siempre con él a caballo, supe montar, bien bonito, bien bonito, por eso le digo que tuve una infancia muy feliz…

Mis muñecas de trapo

Mire, cuando mi papá estaba trabajando, haciendo, que lo ayudaba yo a hilar, yo le daba la rueda de la cerda, mientras él iba y venía, yo aquí tenía mis muñecas, me gustaron mucho las muñecas, hasta la fecha me gustan, no, no me las hacía mi mamá, me las compraba, muñecas de trapo. Mi maestra Abundia era especial para hacer muñecas muy bonitas, había otra persona que también se dedicaba a hacer muñecas para las niñas, doña Cuca Meza. Mi papá, para la feria de Miguel Auza, para la feria de Juan Aldama, me compraba las monas de cartón, que se usaban tanto en aquellos tiempos, y le digo, todo lo que a mí…, bueno, que andaba en la feria, que me gustaba un jueguito, que mesita, que sillitas de maderita que vendían, todo me compraban, y pienso, creo que mi papá me compraba todo porque él tomaba en cuenta que yo lo ayudaba a trabajar, yo lo ayudaba porque mi hermano se iba a cuidar las chivas, que fuimos los más chicos porque ya mis hermanos todos estaban casaos [sic], por eso tengo sobrinos mucho mayores que yo, otros de mi edad tengo algunos…

Así que me pasé esa niñez feliz, feliz, porque le digo, lo que se me ocurría que me compraran, me compraban, digo yo, que para otros que platican que tuvieron el deseo de algo, yo no, mi papá, cuando había la feria en Juan Aldama, que es el 2 de noviembre, siempre lo invitaban a que los ayudara a los toros, que se hacían toros ahí, él les ponía el piquete que le dicen, para que salgan furiosos, mi hermano no, a él no le gustaba, él era mayor cinco años que yo, estaba muy apegada a mi papá, más que a mi mamá, a ella tampoco le gustaban los toros, pero a mí sí, y me sentaba junto a un señor que se llamaba don José Ascensión, que vendía dulces… toditito de golosinas, y conseguía mi papá una silla y me decía: ‘Mija, aquí se va a sentar’, y me encargaba con el señor, ‘y aunque usted vea que se va toda la gente, usted no se mueve, aquí se está’, y le decía a don José Ascensión: ‘Le da todo lo que pida, todo lo que quiera, yo vengo a pagarle’, y ahora, cuando oigo un pasodoble en la música, ay, se me alegra el corazón…”.

Continuará…

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Doña Bricia acomodando unas flores de fibra de maguey.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

 

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