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Cine - April 8, 2010

José Antonio Rodríguez publica “El arte de las ilusiones”, historias tejidas en la semioscuridad de las primeras imágenes virtuales

fantasmagoría, sin embargo, el efecto final sobre su audiencia no fue el esperado, consternados y desdeñosos, los asistentes se retiraron del lugar con la misma prisa con la que habían acudido.

En sus memorias, escritas cinco años más tarde, Oehler comenta que “todos los presentes parecían comportarse conmigo como si supieran que tenía yo ligas con el diablo y haber producido mi acto en las profundas regiones infernales, y ahora veo que mi fortuna se perdió en el hermoso clima de México. Me retiré a mi alojamiento con un corazón entristecido, además sabía que los católicos son muy crueles cuando se proponen afligir a alguien”.

Seis meses en un calabozo de 45 metros de profundidad, alimentado a pan y agua, fue el escarmiento para Oehler. Ésta y otras historias tejidas en la semioscuridad, donde se produjeron las primeras imágenes virtuales, fueron recogidas durante una década por el historiador del arte José Antonio Rodríguez, y ahora se compilan bajo el título de El arte de las ilusiones. Espectáculos precinematográficos en México.

El editor de la revista Alquimia, del Sistema Nacional de Fototecas del INAH, se dio a la tarea de indagar los antecedentes de la llegada del cinematógrafo a México, en 1896. De esa manera, ubicó los referentes más remotos en nuestro país del funcionamiento de mecanismos ópticos como la linterna mágica, el panorama, el cosmorama, el diorama y muchos otros, que sumergieron en quimeras a los mexicanos de los siglos XVIII y XIX.

De acuerdo con José Antonio Rodríguez, Oehler fue el pionero de una cantidad enorme de linternistas, exhibidores trashumantes, que llegaron a territorio mexicano, “lo mismo viajeros que querían ganar dinero con el espectáculo, que charlatanes o científicos”.

Por ejemplo, el efecto de la fantasmagoría que a Oheler le acarreó fama de tener ligas con el más allá, no era otro más que el producido por las proyecciones en tela o sobre una cortina de humo de la linterna mágica, un aparato inventado por el jesuita Athanasius Kircher en el siglo XVII, de cuya obra era conocedora Sor Juana Inés de la Cruz según se deduce de su obra Primero Sueño.

José Antonio Rodríguez, autor de Edward Weston, la mirada de la ruptura, y Agustín Jiménez: memorias de la vanguardia, considera que su más reciente libro “trata el devenir de la animación, desde el uso de los dibujos pintados en secuencia; pero también se inserta en la historia de la tecnología que comprende aspectos tanto físicos como ópticos”.

Pero aún más, El arte de las ilusiones. Espectáculos precinematográficos en México, es también una introducción a la historia de los espectadores, la cual es ante todo una historia de adecuaciones. Esto significa, en palabras del propio autor, “que poco a poco cambió también su manera de acercarse a las cosas y a las sensaciones de este mundo”.

El espectador mexicano, sobre todo del siglo XIX, no sólo “padeció” la presencia de diablos aterradores y de brujas participando en una danza macabra, a través del efecto de la fantasmagoría; también tuvo la oportunidad de acercarse a otras culturas y países, por medio de las vistas proyectadas en el panorama o el diorama.

Se sabe que en México la linterna mágica fue utilizada también como recurso didáctico o para ofrecer conferencias. En el XI Congreso Internacional de Americanistas, celebrado en 1895, Leopoldo Batres presentó sus trabajos sobre las razas y monumentos de los pueblos náhuatl, zapoteco y maya “ilustrando sus disquisiciones y conclusiones con la exhibición de hermosas vistas fotográficas proyectadas en un lienzo enorme por medio de un buen aparato de los empleados por los diestros expositores de cuadros disolventes”.

Según relata José Antonio Rodríguez, la llegada del kinetoscopio en enero de 1895 comenzó a cambiarlo todo, y todavía más lo hizo el vitascopio, otro invento de Thomas Alva Edison que, muy pronto, se conoció en México. Así, con el avance de la tecnología de la imagen en movimiento, las linternas y demás divertimentos quedaron relegados o se transformaron sus procedimientos.

Rodríguez concluye que aún hoy, cuando las proyecciones cinematográficas en tercera dimensión se han vuelto cada vez más vívidas, el principio sigue siendo el mismo que hace un par de siglos: “Mirar hacia la semioscuridad donde cruzan siluetas fantasmales —espectros que hablan del espectador— es recobrar, de manera dialéctica, la luz sostenida por la sombra”.

Fuente: (INAH)

 

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