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El mundo según André - March 18, 2010

¡Cuidado donde pisas!

caseta para guardar implementos de jardinería y tres árboles: un peral, un duraznero y una kalmia. Hasta hace poco no había césped. Los intensos calores del verano pasado y las heladas del invierno del año en curso arrasaron con todo vestigio de verdor, haciendo que mi patio se viera como una representación terráquea de la superficie lunar, completa con pequeños cráteres hechos por atrevidos copetones dándose sus baños de tierra durante días que ellos consideraban favorables. Era como un balneario para huéspedes voladores emplumados que tomaban sus momentáneas vacaciones en mi terreno.

También el último mes del año pasado —y a causa de fuerzas mayores—, trajo la llegada de tres hermanitas caninas. El sentimiento inicial fue interesante, ya que habían pasado varias décadas desde que fui amo de perro alguno.

¡Las tres sopranos! pensé yo, cuando primero las ví y oí sus agudos chilleteos. A lo mejor estaban practicando para el Perropolitan de Nueva York para las audiciones de su próxima obra teatral, concepto que se me hacía difícil de visualizar dada la deplorable apariencia de aquella trinidad canina, consistiendo en una mezcla de chihuahueño con quién sabe qué. La primera de las tres parecía como el esquelético residuo de huesos de pollo envueltos en una toalla blanca de papel mojada. Las vértebras se sentían como una hilera de cuentas, a manera de camándula de limosnero, con sus costillas blandísimas y flexibles como fideo hervido. Adicionalmente, tenía una apariencia tan despelucada que más bien se asemejaba a un retazo de tapete blanco pisoteado o a gata callejera tras una noche de borrachera seria. La segunda, con jeta de Schnauzer, tenía las facciones bigotudas típicas de una espía alemana cuadrúpeda inyectada con cuantiosas cantidades de esteroides, un vestigio de la guerra fría pero con un pelaje abundante y muy cálido de apariencia. Yo sigo bajo el presentimiento de que ella hasta hoy en día aprovecha el momento de los aullidos de las otras para poder comunicarse clandestinamente con “la oficina central” de su país de orígen, mediante una red de ladridos digitales en clave que atraviesan fronteras y calles con mayor velocidad que la de un cartero perseguido por un Doberman. Por último, la tercera es de dudosa proveniencia, algo tímida y definitivamente sin papeles ni documentación alguna que la pueda identificar positivamente, con su rabo entre las piernas parte del tiempo, escudriñando constantemente sus alrededores, atenta a cualquier ruido. Así con las orejas paradas y los ojos saltones, se parece a Anubis, el dios egipcio del bajo mundo.

A medida que ellas crecían y se acercaba la primavera, comenzaba la metamórfosis de la otrora superficie lunar, con brotes nuevos de hierba tierna, permitiendo que ahora mi patio adquiriera apariencia de propiedad digna de zona residencial y no de lote yermo extraterrestre.

Obviamente, los tibios días me obligaron a sacar con cierta regularidad a las tres mugrosas para que cumplieran con sus necesidades físicas. Al soltarlas de la casa, salían disparadas como corcho de champaña en fiesta de año nuevo. Allá estaban deambulando por el patio, salturreteando por doquier, batiendo sus colas felices y dichosas de haber obtenido cada una su libertad condicional tras varias horas de lo que seguramente consideraban como cadena, pero no tan perpetua. Periódicamente, sus siluetas contrastantes se perdían momentáneamente entre el verde oscuro de bajos matorrales que demarcan el lindero de la propiedad, para reaparecer poco después y continuar su travesía nasal por lo que ahora era el verde prado del jardín.

Como es de saberse, las libérrimas cuadrúpedas se detenían cada cuando en varios lugares sobre el césped a su debido tiempo, casi como si su sentido de olfato estuviera conectado a un sistema de posicionamiento global y con semblante de leve sonrisa muy forzada, cada una se acurrucaba de tal manera que parecía indecisa en su acción pujante, cuyo significado era muy obvio para mis ojos y muy necesario para sus respectivos organismos.

Era interesante observarlas. ¿Por qué se para de esa manera tan rara un perro? pensaba yo. ¿Será que la gravedad de la Tierra lo atrae por el pompis?. Pero si ese era el caso, entonces ¿por qué su cola y la curvatura de su columna vertebral apuntan hacia arriba y no hacia abajo y sus piernas delanteras no se doblan como las traseras?. Eran preguntas interesantes para el que ahora curioso miraba los giros y movimientos inquietos de sus mejores nuevas amigas.

Poco después, me era necesario regresar a mi trabajo. Mi profesión en casa exige que pase una buena parte de mi tiempo sentado ante la pantalla del computador, ya sea leyendo, escribiendo, o bien hablando por teléfono. Es casi como arresto domiciliario pero remunerado decentemente. Después de cierto tiempo, me toca ponerme de pie y moverme un poco. ¿Qué mejor que salir al patio a observar la actividad de las tres canchosas?. Salí pues y efectivamente, tendidas con apariencia de trapos viejos tirados por doquier, se encontraban en plena siesta las descendientes directas del mismísimo Cerbero. Curioso, me acerqué con sigilo para no perturbar su sueño y detallarlas de cerca mientras dormían: ¡qué lindas eran cuando yacían quietas y silenciosas!

Obviamente esa curiosidad cobraba su precio para mí, el amo, teniendo que pisar muy cuidadosamente en mi propio terreno, fijándome en cada paso que tomaba so pena de correr el riesgo de aplastar algo extremadamente indeseable, resbaladizo y endemoniadamente apestoso, casi como un soldado caminando cautelosamente sobre campo minado. Hasta la fecha lo había logrado con absoluto éxito y por ello me reí, jactándome de haber burlado una y otra vez la desagradable sorpresa y en haber tenido zapatos cuyas suelas rechazaban tal asquerosidad.

Sin embargo en una de esas ocasiones, tras haber regresado a mi escritura y mientras muy concentrado en ella, noté un olorcillo a algo muy familiar, una pestilencia pasajera que tentaba mi curiosidad olfatoria, el inevitable hedor del símbolo y expresión universal que califican lo más inapetecible ya sea en productos, comida o acciones.
Continué escribiendo pero con algo de preocupación. Sabía que no era buen escritor pero tampoco era para tanto. Mi trabajo ni siquiera estaba terminado y ¿yá apestaba? No era posible ni justo. Miré por doquier, escudriñando a mi derredor, intentando encontrar la fuente de tal dulzura. ¡Nada! Miré al piso para ver si habia huella o rastro de algo inesperado a lo esperado, pero ¡nada por ninguna parte!. Seguí escribiendo y nuevamente mis fosas nasales se sintieron acosadas por aquella fétida e insufrible hediondez.

No aguanté más. Indignado, me puse de pie e inclinándome levemente hacia adelante, comencé a oler el aire a mi entorno, como un sabueso bípedo y con la fuerza de una aspiradora sobre tapete de teatro. Apunté mi nariz hacia la mesa y después hacia las repisas; luego al escritorio sobre el que trabajaba ¡y hasta al mismo asiento del cual me había parado unos minutos atrás! De repente, detecté de nuevo la maloliente onda: ¡Eureka!, exclamé triunfante creyendo haber descubierto el lugar preciso pero sin ver nada. De pura casualidad, se me ocurrió inclinarme hacia mis propios pies, cuando súbitamente sentí con máxima fuerza que mis narices apuntaban a ellos como perro de muestra hacia la ave caída en cacería. Inmediatamente levanté mi pie derecho, pero nada había en la suela del zapato. Hice lo mismo con el izquierdo, y allí mismo, incrustado entre los diseños de la suela, se encontraba perfectamente delineado y aplanado el despreciable pero muy reconocible despojo del acaramelado desecho. Tal hallazgo definitivamente me dijo que era hora de salir al patio y buscar un dichoso “palito” para practicar principios de arqueología urbana.

Sobra decir, que mi jactancia previa se desvaneció en lo que quedaba del aire fresco a mi alrededor. Por otra parte, si quieres venir a mi casa y ver las perritas, eres bienvenido, pero recuerda: ¡cuidado donde pisas!

 

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