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Libros - January 11, 2010

La época del “Porfiriato” marcó un hito importante en higiene personal y obras de infraestructura sanitaria

Durante el Porfiriato, la mayoría de los reportajes y comentarios médicos, tenían como premisa la misma idea: seguir al pie de la letra ciertas prácticas y hábitos de higiene, que eran una garantía para “preservar la salud y el vigor” de la población en constante bienestar.

De 1876 a 1910, la Ciudad de México creció en espacio y población a un ritmo inusitado, al pasar de 200 mil habitantes en 1870, a 471 mil en 1910, y lo que ahora llamamos área metropolitana creció 4.7 veces en menos de 50 años, según el artículo “Higiene y Salud en tiempos de Don Porfirio”, aparecido en la revista Algarabia de este mes.

La ciudad se desplegó y de abarcar 8.5 kilómetros cuadrados en 1858, pasó a 40.5 en 1910, asentándose de esta forma, en el Valle de México, más del doble de la población.

Fue le época en la que se crearon fraccionamientos y colonias, cuyo trazo no siempre fue planeado, lo que provocó muchas desigualdades mucho muy profundas entre ricos y pobres.

Lo anterior generó en la ciudad dos entornos urbanos diferenciados, sobre todo cuando existía alguna epidemia, porque para los gobernantes, la aristocracia y la tambaleante clase media del Porfiriato, la insalubridad era provocada por los pobres y no por la mala planeación urbana, la corrupción, que ya existía, y la falta de servicios básicos de salubridad.

Desde la construcción de la Nueva España, la Ciudad de México no sufrió tantos cambios como los que ocurrieron durante las presidencias de Don Porfirio Díaz, pues su manejo de recursos permitió actualizar una red de drenaje que llevaba más de tres siglos sin mantenimiento.

Resulta interesante recordar que en 1530, en una de las crónicas de la época de la Colonia, rezaba que cuando los primeros franciscanos se instalaron en Tlatelolco no comprendían e incluso reprobaban, el hecho de que sus alumnos indígenas, insistieran en bañarse a diario.

Para estos religiosos el exceso de limpieza era algo fuera de la naturaleza de los hombres, e incluso lo calificaban como demoniaco, Tres siglos después, estas prácticas de limpieza habitual y cotidiana de los pobladores de Tenochtitlán eran ignoradas por gobernantes y aristocracia en general.

Es así que muchas de las costumbres de higiene que ahora practicamos se establecieron durante el porfiriato como parte de la gran infraestructura de la Ciudad que México y del ideal de país al que aspiraba el entonces presidente.

Uno de los doctores de mayor prestigio en esa época fue Luis E. Ruíz (1857-1914), quien comentaba que la higiene era el arte científico de conservar la salud y aumentar el bienestar, afirmó también que, toda nación bien constituida debe tener como principal interés la salud pública.

Todo individuo tiene como deber fundamental su limpieza personal así como la del hogar correspondía a los integrantes de la familia.

De igual forma, el presidente el Consejo Superior e Salubridad, el reconocido Doctor Eduardo Liceaga afirmaba que las medidas para evitar caer preso de alguna enfermedad, podían reducirse al aseo personal y a la higiene.

Cabe hacer mención al hecho de que al mismo tiempo que se realizaban las obras públicas como el sistema de desague de la Ciudad de México, las construcciones que se hicieron de 1886 a 1900, dejaron para después las del drenaje que se realizaron de 1897 a 1905, fue cuando los médicos de la época impusieron en la población edictos y hábitos de higiene en nombre de la salud pública.

Los médicos porfiristas alentaron la construcción de más obras de infraestructura sanitaria para erradicar, o por lo menos disminuir, los focos de descomposición orgánica, lo cual fue determinante en el mejoramiento de la salud pública.

Estos mismos galenos, los cuales hoy, calles de la ciudad llevan sus honorables nombres, tuvieron nada más un desacierto, y fue que nunca consideraron los bajos sueldos, el desempleo, la falta de viviendas económicas y todo lo que imposibilitaba una vida más digna.

Los médicos se llenaron la boca dando indicaciones de cómo y porqué se debían atender todas estas, por mencionar alguna, el Doctor Domínguez y Pastor llegó a decir que: “una habitación de 45 metros cuadrados podía llegar a alojar en sus paredes cerca de un millón de microorganismos, por lo que sugería que los muros estuvieran libres de adornos para no incrementar más estos espécimenes.

Muchas casas y vecindades carecían de cuartos baños como lo estipulaban los médicos, Las habitaciones debían de contar con un mínimo de 30 metros cúbicos por persona y la altura de los techos no podía ser inferior a 3.75 metros.

En 1901, existían baños públicos gratuitos en los cuales no se podía tomar un baño de cuerpo entero, pero si había agua, jabón y toalla para quedar limpio de manos y cara nada más. Un baño de cuerpo entero en establecimientos de tercera o cuarta categoría llegaba a costar entre 18 31 centavos, de éstos lugares había 48 a finales del siglo XIX.

La insistencia sobre las virtudes y los beneficios de la limpieza, fue abrumadora al grado que se convirtió en una de la prioridades del régimen porfirista, llegando a ser también motivo de burla de periodistas y escritores, quienes decían que “si llegaba andar en cueros sabíamos de antemano que cada poro era una puerta de cochera abierta a cualquier infección”.

Fuente: (Notimex)

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