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Fiestas Populares - December 3, 2009

Memorias de un huapanguero: la Fiesta Anual del Huapango 2009 en Amatlán (1)

Juditas y sus fieles en el Centro Histórico de la ciudad de México. Agradecí mentalmente haber llegado bien a esa ciudad del norte de Veracruz después de un viaje de siete horas casi exactas en un autobús Futura del Grupo Estrella Blanca.

Había salido de la Central de Autobuses del Norte a las 23:45. Como cada viernes, había movimiento en la también conocida como Terminal del Norte. Sin embargo, el autobús no se llenó, a pesar de que salió quince minutos después de la hora anunciada. Un vendedor se subió a ofrecer a los pasajeros un estuche, lámpara y sensor para celular por 15 o 20 pesos; portaba un gafete como de “autorizado”. El chofer se llevó a dos compañeros, a los que dejó en dos puntos distintos del municipio de Ecatepec. Mi asiento era el 3, creo, muy cerca del operador.

Pude escuchar con claridad los comentarios de los experimentados choferes acerca del increíble y nunca visto accidente de un autobús de la línea Teotihuacanos que se impactó contra un inusitado elefante fugado de un circo instalado en las inmediaciones, muy cerca de la caseta de cobro ecatepequense. Para Ripley. Después de Ecatepec de Morelos, el chofer encendió un cigarro y prendió el estéreo: “Puras norteñas en MP3, con este disco llego hasta Tampico”, me comentó. El humo no pasaba al interior del autobús y me senté un rato en el escalón del pasillo, cerca de él, para charlar. Naide protestó: todos queríamos llegar a nuestro destino, comprendemos que el operador no debe dormirse. Por otro lado, pude verificar que era un excelente operador. Dos choferes realizan un viaje de 6,200 kilómetros en una semana aproximadamente: D.F.-Tampico-Laredo-Zihuatanejo-Laredo-D.F. Un poco antes de La Ceiba, después de Huauchinango, vi a una atractiva “dama de noche” a la vera del camino, ataviada con un sensual vestido negro, desafiando el frío y el peligro, en busca del amor fingido y la supervivencia.

El chofer no hablaba mucho, concentrado en las interminables curvas y en la niebla rauda que atravesaba la carretera. Nos tocó ver un Ómnibus de México volcado sobre el cerro. Intenté dormir, pero, como suele sucederme, no lo logré; si acaso, dormité a ratos. Por eso, fue un alivio arribar a Naranjos. La terminal de los autobuses locales ya estaba en actividad. Varias personas esperaban la salida del camión con rumbo a Amatlán, entre ellas un músico de nombre Israel –defeño– y un pintor tampiqueño que llevaba varios cuadros de formato mediano; los orienté y abordamos el camión maltrecho. A los dos los perdí en cuanto llegamos a Amatlán o, mejor dicho, se integraron al ambiente, por lo que podría pensarse que este pueblo es enorme. Todo lo contrario. Todo sucede en un perímetro que, supongo, no rebasa los seiscientos metros, en un movimiento centrípeto, cuyo eje son el Auditorio y la Plaza, contiguos, separados por no más de veinte metros.

Eran las siete de la mañana y el pequeño zócalo lucía casi desolado, excepto por uno que otro perro en busca del desayuno y unos cuantos vendedores de tamales, zacahuil, café y atole. La luz era excepcionalmente brillante y resaltaba el verde exuberante de la vegetación, así como el solitario cuadrilátero colocado en el centro de la plaza, frente al monolito del Sol Poniente, literalmente un ring sin cuerdas, dispuesto para el zapateado de los bailadores. Dos señores, quizás empleados del Ayuntamiento o voluntarios del Patronato Pro Huapango y Cultura Huasteca, levantaban la basura del día anterior. Poca gente, muy poca. Entre ésta, el violinista Felipe Ignacio Valle Robles, del trío Aire Huasteco, del Distrito Federal, y el profesor y buen amigo Francisco Flores Barrera, de Ciudad Mante, padre de los integrantes del trío Alba Huasteca. También Agustín Dany Jiménez, consejero para asuntos de Cultura, Turismo y Cinematografía de la Oficina de Asuntos Internacionales del Gobierno de Veracruz. Por supuesto, desayunaban zacahuil.

Hablé con el maestro, quien me contó que su hijo Brian, el violinista, había sufrido un accidente en una motoneta y se había lastimado la clavícula; Erwin, el de la quinta huapanguera, tenía exámenes; Fátima, la jaranera y cantante, había subido al cerro de Amatlán con el novio y otras personas que venían en el mismo autobús de Tamaulipas. Lástima, un trío que ha contado con el auspicio de esta fiesta anual del huapango no quedará en la memoria sonora por el XX aniversario, pues varios tríos estuvieron grabando para hacer un disco conmemorativo.

Poco a poco, la placita se fue volviendo un hormiguero, sobre todo por la presencia de los integrantes de los numerosos grupos de danza folclórica de todas las huastecas, como Ameyaltzín y Cocoetzin Mitotiani, de Tuxpan, e incluso uno de Chimalhuacán, Estado de México. Me enteré por un taquero que los últimos huapangueros –entre ellos el trovador de Citlaltépetl, Arturo Castillo Tristán, y Casimiro Granillo, el violinista del trío Real Hidalguense– se retiraron alrededor de las cuatro y media de la mañana. Abrieron la Oficina del Patronato y pude registrarme como medio. Saludé a Santiago Pérez Gómez, y a su equipo de colaboradores, que, a pesar de las críticas fundadas o infundadas, hay que decirlo, hacen un trabajo descomunal durante estos días de fiesta. Cientos de peticiones, registros, preguntas, instalación de personas en las casas de los amatecos… A mí me instaló Juan Salas Osorio en la casa de su padre, don Juan Salas Lemus, quien me contó de los días en que iba a la ciudad de México a comprar ropa en la colonia Guerrero y en el Centro para vender en su pueblo. Por cierto, aprovecho para agradecer la hospitalidad de don Juan, de su señora esposa y su hijo homónimo.

Antes de las once de la mañana ya estaban instalados todos los puestos de comida y de artículos diversos alrededor de la plaza: artesanías, ropa tradicional huasteca y “moderna”, zapatos de baile y normales, libros, discos, videos, cobijas, tapetes coloridos de palma, helados, sillas y muebles de madera, las carretillas repletas de golosinas y botanas, trastes de madera y metal, molcajetes de piedra negra, macetas, antojitos de todo tipo, cantinas, licores de la región, las impensables pizzas, mariscos, pan de yema…

También ya abundaban los amantes del huapango, procedentes de varios puntos de nuestra patria: Nicolás Cárdenas “Tempach” (Cuautitlán Izcalli), Rosy Alejandro (Monterrey), Jorge Morenos (D.F.), Pepe Huapango y su esposa Cecilia (Querétaro), Jesús Pérez Sámano “El huasteco chilango”, y su princesa mixteca, María Juana (D.F.), el trío juvenil Venaditos de Citlaltépetl, Miguel Compeán (Tampico), Alejandro “Cuate” Pineda (Tlaxcala), Humberto Munguía Morones (Naranjos), Gabino Cruz Martínez del Trío Tamalín, Leonardo Zaleta (Poza Rica), Goyo Melo Cerecedo (Chicontepec), don Beto Ortega (González, Tamaulipas), Leo de Swaan (Ozuluama), Arturo Hernández Ochoa (Ciudad Valles), Natalia y Antonieta Valdés (Pánuco) y muchos más huapangueros que aparecerán en las siguientes entregas de estas “Memorias…”.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Una bella bailadora de son huasteco, ataviada al estilo tamaulipeco, en Amatlán.
Azteca 21/Gregorio Martínez M.

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