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Entrevistas - October 3, 2009

Memorias de un huapanguero: Armando Herrera Silva (2)

otro no menor, como el magnífico violinista Daniel Terán, también potosino, de quien publicó un casete en 1997, a partir de una grabación que realizó el excelente músico de San Luis Potosí y maestro de músicos don Jorge Martínez Zapata, llamado “Los caprichos de Terán. Violín solo huasteco”. Ambos trabajos, esenciales para comprender mejor el fenómeno que es esa manifestación cultural llamada son huasteco, formaron parte de un proyecto denominado “El archivo de la palabra”, apoyado por el entonces Instituto de Cultura de San Luis Potosí. Bien, proseguimos la charla con Armando.

Supongo que has tenido oportunidad de tratar y conocer a grandes huapangueros, además de don Artemio, pienso en el “Negro” Marcelino, Heliodoro Copado, el doctor Chessani…, ¿podrías hablarme de ellos o de otros que hayas tratado?

A el “Negro Marcelino” no lo conocí. Conozco ahora a su hijo, que se llama igual, Marcelino Tovar. A don Heliodoro Copado lo conocí poco tiempo antes de que se enfermara y prácticamente no lo traté. Ahora he hecho una gran amistad con Marcos Hernández, Gregorio Solano y Joel Monrroy, Los Camperos de Valles, grupo que fundara don Heliodoro, a quienes me ha tocado producirles dos discos, y uno de ellos está por salir. Pero te podría decir que hay tres personas que me han impresionado mucho en el mundo del huapango. El primero fue don Artemio Villeda Marín. Era originario de Xilitla, pero desde niño se lo llevaron a vivir a Pánuco. Tenía una virtud extraordinaria para improvisar en quintillas o sextetas. Además, era una persona muy carismática y me ligaba a él el hecho de haberlo conocido de niño. Con él hicimos un libro llamado “Los tiburones van a comer mucho verso, cuaderno de versería”, con el que nos ganamos un premio al que convocó el IVEC, que se llamaba “Sones y vidas”. Ahí está consignada parte de su obra poética, pero también está el relato de su vida contada por él mismo. Otro personaje que me parece salido de un lugar que no es este mundo es Guillermo Velázquez. A él sí lo tocó el “destino” de manera excepcional. Es una persona sumamente preparada y con una habilidad y destreza mentales como pocos hay en el universo de la poesía oral improvisada, además de ser una gente comprometida como pocos con la defensa y vigencia de la tradición del huapango arribeño. Creo que es un punto de referencia fundamental para entender “las claves de la tradición”, como bien lo dijera su hermano, Eliazar Velázquez [De hecho, Armando escribió la presentación de un texto fundamental para la cultura popular mexicana, en el ámbito de la música tradicional, “Poetas y juglares de la Sierra Gorda. Crónicas y conversaciones”, Ediciones La Rana, Instituto Estatal de la Cultura de Guanajuato, 2004, escrito por Eliazar Velázquez Benavídez]. El tercer personaje que admiro mucho es Román Güemes Jiménez. Aparte de ser uno de mis mejores amigos, es una persona que ha dedicado su vida al estudio profundo de la Huasteca, especialmente de su música y de su ritualidad. Creo que no hay personaje más apasionado ni más terco en el tema de la Huasteca. Conocedor como pocos de muchas expresiones de la cultura de esta región, él es de Tecalanta, municipio de Platón Sánchez, Veracruz.

Hay un disco de un músico poco conocido, por lo menos para el “gran público”, Daniel Terán, háblame de esa producción y de ese excepcional violinista.

Daniel Terán murió hace varios años, creo que a principios de los setenta o por ahí, no recuerdo bien el dato. Era de Axtla de Terrazas, San Luis Potosí. Tocó no sólo huapangos, sino también sones jarochos en el violín. Tengo entendido que formó en algún momento parte del Conjunto Medellín de Lino Chávez. La grabación a la que te refieres es un casete del que sacamos un tiraje corto y fue hecha por Jorge Martínez Zapata, un jazzista muy importante de San Luis Potosí, en Laredo, Texas [al decir del maestro Martínez Zapata, la grabación la realizó en San Antonio, en ese mismo estado; próximamente incluiremos a este gran jazzista en estas “Memorias…] en los años sesenta. Jorge me comentaba que estaba estudiando allá y Daniel Terán fue a tocar con algún grupo, y en la noche, Jorge lo invitó a su casa, pero sólo llegó él, así que tocó el violín solo y Jorge lo grabó. El caso es que resultó un material muy interesante, pues hace una serie de figuras que cualquiera que lo quiera seguir pensaría que se pierde a ratos, pero no, se trata de juegos melódicos que realmente me parecen difíciles de hacer si no tienes detrás un acompañamiento que evite que pierdas ese compás. Como anécdota, hace unos meses fui a casa del músico Jorge Reyes, quien, por cierto, también acaba de morir, y me dice: “Fui a San Luis y me acaban de regalar un CD con una grabación de un violín solo huasteco que está muy buena”. Yo salté luego, pues pensé que ya había otra nueva grabación, pues la que sacamos era en casete, pero no, era la misma, sólo que alguien la copió en un CD y se la regaló, así que qué bueno que la piratería también ayuda a difundir la obra de los músicos populares no tan conocidos.

Háblame un poco de alguna tocada con Los Camalotes en ese rancho, “El porhacer”, o algún detalle o anécdota que recuerdes de don Artemio de aquellos años infantiles tuyos en los que la mirada y el oído están alertas al deslumbramiento. Para no dejar el tema, cómo se fue dando la amistad con don Artemio –algunas charlas, frases… que recuerdes–, la cual se refleja en ese bello libro de versería que compilaste y del que también me gustaría que me dieras tu opinión, sobre todo tomando en cuenta el paso de los años, que, entre otras cosas, ya se llevó a don Artemio.

Pues no es mucho más de lo que ya te comenté. Nosotros vivíamos en un rancho cercano, se llamaba Laureles, y mi padre tenía ganado para engorda y también lechero. Así que Chucho del Ángel, dueño de ese rancho llamado “El porhacer”, también recolectaba leche de varios ranchos y la entregaba en un depósito de acopio de la Nestlé en Tempoal. Pero recuerdo que era un tipo muy ameno, siempre que pasaba por la leche, lo cual era a diario, salvo cuando llovía mucho, se quedaba ahí a platicar por lo menos una hora con mi padre. Se contaban anécdotas muy curiosas, que si habían balaceado a no sé quién en un baile o que si las tepas (una especie de brujas nocturnas), que si el mundo se iba a acabar para el año 1970 o que si los camiones de exploración de PEMEX ya habían hecho muchos estragos en el camino, pues en aquella época se estaban detectando nuevos yacimientos de lo que se llamaba “El paleocanal”, que es toda una franja en el norte de Veracruz que se adentra en el área de Chicontepec; te hablo más o menos de 1965. Recuerdo también que en época de vacaciones llovía muchísimo, tanto que no podíamos salir en dos meses del rancho, sólo a caballo y para ello había que caminar a lomo alrededor de cinco horas; recuerdo que era muy cansado, pero sobre todo aburrido, pues yo a veces iba en ancas del caballo, bajo la “manga” que mi padre usaba. La “manga” era un impermeable que se usaba y cubría tanto al jinete como a la silla de montar. Se trata de un producto que ya casi no se hace y era una tela de manta a la cual se le ponía hule natural vulcanizado. Pues fue en ese contexto que conocí a don Artemio Villeda. En el rancho de Chucho se hacían unas fiestas muy buenas, había carreras de caballos, rifas, baile y, desde luego, huapangos. A don Chucho viejo (el papá) le gustaba mucho cantar y oír huapangos. Don Artemio era un tigre para la versada, era muy buen improvisador y conocía a casi todos por allá, así que un huapango podía durar muchos minutos, dependiendo a cuánta gente le echara versos. Cuando mis hermanos y yo estábamos ya en edad de ir a la escuela, nos fuimos a vivir al pueblo, a Tantoyuca, ahí estuve hasta que terminé la secundaria. Al salir de la secundaria, en 1975, mis padres me mandaron a estudiar a San Luis Potosí, de ahí me fui al D.F. y prácticamente no volví a Tantoyuca ni al rancho, pues en 1986 mi padre lo vendió y desde entonces no he vuelto por esas tierras. Así que dejé de ver a don Artemio por muchos años. En 1996 presenté un proyecto al Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de San Luis, al que le llamé “El archivo de la palabra”. Se trataba de hacer entrevistas a viejos músicos huastecos para ir armando precisamente un acervo de historias de vida que explicaran, tanto la historia misma de los músicos como el contexto en el que habían vivido y ejercido su profesión. Fue así que un día andaba con Froylán Rascón, que ya desde entonces trabajaba en Radio Educación y a quien le propuse que me ayudara con sus equipos de audio y video a hacer el registro de esos músicos, estábamos en Xilitla grabando la fiesta de muertos cuando me encuentro a don Artemio caminando. Lo abordé inmediatamente, creo que no se acordaba de mí, pero sí de mi padre. Así que ahí mismo nos sentamos y estuvimos platicando dos días casi completos. De esa plática salió el libro de versería. En realidad, el título del libro es “Los tiburones van a comer mucho verso”, pero la persona que hizo el diseño puso el título en segundo plano y más bien destacó “Cuaderno de versería”, que era el subtítulo; en fin, lo bueno es que salió.

Continuará…

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: portada del libro “Cuaderno de versería. Los tiburones van a comer mucho verso”, compilado por Armando y publicado en 2001.
Cortesía: Armando Herrera Silva.

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