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Conciertos - October 1, 2009

Plácido Domingo conquista Tampico acompañado de la soprano Virginia Tola con un concierto de antología

diversidad y tamaño del público”, señaló el artista poco antes de subir al escenario del Centro de Convenciones y Exposiciones de esta localidad, foro donde abrió el Festival Internacional Tamaulipas (FIT) en su XI edición.

El programa de mano ofrecido a los más de ocho mil asistentes al concierto extraordinario informó, sin embargo, un repertorio de música culta para la velada. Inició la función con la interpretación de “La condenación de Fausto”, perteneciente a la celebrada “Marcha Húngara”, del maestro Héctor Berlioz.

“Tampico es una de las pocas plazas dentro de la República Mexicana que mis padres no visitaban durante sus giras con su compañía de zarzuela. Por eso, que yo esté aquí tiene un significado especial. Dos factores inciden para ir a un lugar: Volver donde me quieren, o conocer nuevo público que me juzgue”, dijo.

El reloj marcaba las 21:01 cuando Plácido Domingo, visiblemente ilusionado por hallar la sillería repleta y decenas de personas de pie esperándolo con una impaciencia poco común en el tranquilo Tampico, apareció en el entarimado, impecablemente vestido de negro, para obsequiar “El Cid”, de Jules Massenet.

Y los tamaulipecos se entregaron al tenor, a quien dieron la bienvenida de diferentes maneras, cada cual según su estilo y costumbre; ya con una sonrisa, ya con un saludo a grito templado. Empero, todos coincidieron al celebrar con una ovación al cantante escuchan con los oídos y aman con todo el corazón.

No sólo el público local gozó del arranque del recital, también centenares de melómanos provenientes de Jalisco, Nuevo León, San Luis Potosí, Veracruz y del Distrito Federal, quienes viajaron a esta entidad huasteca sólo escuchar al tenor vivo de habla hispana más versátil de esta época.

Tras esa interpretación de elevado grado de dificultad, Plácido Domingo recibió a la soprano argentina Virginia Tola, quien enfundada en albo vestido elevó la voz para cantar “Louise”, de Gustavo Charpentier, y demostrar con ello por qué ganó el concurso internacional “Operalia” que patrocina el eximio tenor.

Siguió el programa con una excepcional interpretación de “L”Arlesiana”, de Francesco Cilea, en la voz de Plácido Domingo. Del mismo autor, la soprano interpretó “Adriana Lecouvreur”. En una actuación alternada volvió el tenor para ofrecer, de Richard Wagner, “Die Walkure”. La ovación fue unánime.

La orquesta dirigida por la rigurosa y exacta batuta de Eugene Kohn, director concertador, lució en su máximo esplendor al ejecutar la obertura de “El barbero de Sevilla”, pieza emblemática del genial Rossini; el dueto Domingo-Tola cerró la primera parte del concierto con “L”Amico Fritz, de Pietro Mascagni.

Tras una pausa prolongada en tiempo y ansias de volver a escuchar al tenor que lo mismo tiene en su amplio repertorio ópera que zarzuela, opereta y una rica suite de canciones populares, apareció en el escenario para ofrecer la gozosa romanza “La del soto del Parral”, debida a Reveriano Soutullo y Vert.

Precedida de un aplauso que cimbró el recinto de elevadas paredes y espaciosa superficie, llegó Tola para interpretar “El niño judío”, perteneciente a la obra “De España vengo”, de Pablo Luna. La dupla conquistó al público enseguida cuando ofreció “Luisa Fernanda”, del maestro Don Federico Moreno Torroba.

El concierto alcanzó uno de sus tantas cumbres emotivas cuando el maestro Kohn, alistó la batuta, alineó con una sola mirada a los instrumentistas, elevó los brazos y sin más, retumbó “La boda de Luis Alonso”, de la inspiración de Gerónimo Giménez, que el público tarareó y siguió con acompasadas pisadas.

“Maravilla”, “El barberillo de Lavapiés” y “La tabernera del puerto” en la voz de Plácido Domingo-Virginia Tola-Plácido Domingo fueron las tres obras que cerrarían el concierto organizado por el gobierno tamaulipeco a beneficio del DIF estatal que preside Adriana González de Hernández.

Pero el concierto, en realidad, no terminó ahí. Plácido Domingo lo mencionó el lunes pasado, durante una conferencia de prensa ofrecida en esta ciudad y puerto: “Habrá sorpresas, como algo del repertorio popular mexicano y acaso algo de la región_”. Y a Tamaulipas se le han compuestos infinidad de obras.

Así, a dueto con la soprano dio como ancore “El día que me quieras”, tema que lució la voz sublime de ambos y permitió que la sección de cuerdas de la sinfónica universitaria. Luego, él interpretó “Bésame mucho”, “una canción que todos ustedes se saben y hasta van a cantar”. Y, en efecto, todos cantaron.

“Muñequita linda” en la voz de ella y “Granada” en la de él, se añadieron al enorme ancore. Emocionado, Plácido Domingo quiso regalar, al público que ya lo había escuchado durante dos horas y media “La libertad”, un poema del Papa Juan Pablo II, musicalizado, para que el tenor lo cantara en italiano.

Llegó el mariachi y con “El son de la negra”, parecía que el festín musical había terminado, pero no. Con el más puro estilo mexicano, bravío, Plácido Domingo entonó “Paloma querida”, del inmortal José Alfredo Jiménez, pieza que el público cantó, desinhibido, en un coro monumental, como una sola voz.

Alejado paulatinamente de las letras exquisitas y las partituras cultas, y ya instalado en el terreno de la bohemia, siguió con “Ella”, del mismo José Alfredo guanajuatense. El mariachi de trompetas chillonas y violines melosos mostró la diversidad de su arte al acompañar al tenor de prestigio mundial.

Nacido en enero de 1941, Plácido Domingo conserva la vitalidad de sus años mozos, de cuando era un chiquillo a quien en su casa llamaban “El granado”, por cantar recurrentemente la canción “Granada” de Agustín Lara. Con ese ánimo es supo mantener atentos y al filo de la silla a ocho mil personas.

El ancore incluyó una canción que se podía adivinar desde que se programó y anunció el concierto, “El mil amores”, tema que compusiera Cuco Sánchez al municipio tamaulipeco de Altamira en su época gloriosa. Vino “La cama de piedra”, del mismo autor, con lo que aquello se tornó fiesta de mil gargantas.

Finalmente, “El rey”, también de José Alfredo, compositor de parranda por antonomasia. Plácido Domingo se despidió contento, orgulloso de haberse presentado ante los tamaulipecos y de haberlos conquistado en una sola noche.

Fuente: (Notimex)

 

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