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Entrevistas - September 23, 2009

Memorias de un huapanguero: Armando Herrera Silva (1)

”. Como se puede inferir de la lectura, ha dedicado muchos años de su vida a promover este tipo de manifestaciones culturales, ya sea como entusiasta participante o hacedor, editor, investigador y funcionario. Agradezco su paciencia y generosidad, pues, por problemas ajenos a nosotros, tuvimos “enlatadas” sus palabras durante varios meses, como las de otros huapangueros, que aparecerán en Azteca 21 de forma seriada. Helas aquí.

Armando, ¿cómo recuerdas tus primeros contactos con el son mexicano en general? Me refiero al aspecto meramente personal, quizás por la radio o la televisión o algún familiar.

Yo crecí en la huasteca veracruzana, en Tantoyuca, y desde chico escuché huapangos. Vivíamos en un rancho y, por la mañana, a la hora de la ordeña del ganado los vaqueros sintonizaban “Amanecer Huasteco”, luego “Mediodía Huasteco” y “Atardecer Huasteco” como a las seis de la tarde en una radiodifusora de Pánuco. Eran tres emisiones diarias. También en aquella época –te hablo de hace más de cuarenta años–, los bailes de la región se amenizaban con huapangos. Recuerdo mucho a don Chucho del Ángel, quien era la persona que pasaba todo los días a comprar la leche que se producía, era de una comunidad, creo que el nombre es Santa Rosa y su rancho se llamaba “El porhacer”, era muy aficionado al huapango y no perdía oportunidad para invitar a Los Camalotes, sin duda uno de los mejores tríos que he conocido. Ahí entablé amistad con don Artemio Villeda Marín, con quien muchos años después haríamos un libro con sus versos y su historia de vida [se refiere a “Cuaderno de versería de Artemio Villeda. Los tiburones van a comer mucho verso”, Dirección General de Vinculación Cultural y Ciudadanización/CONACULTA, México, 2001]. Por cierto, murió hace como tres años. A mi padre le gustaba mucho la música de huapango, la cual bailaba, así que ése fue mi primer contacto con el son huasteco. Ya en la secundaria me interesé por empezar a tocar primero la guitarra y formamos, junto con otros amigos, un grupo de música latinoamericana. Después me fui a estudiar a la ciudad de México y ahí conocí a los hermanos Eduardo y Ernesto Anaya, y a Lucas Hernández, con quienes formamos el único trío huasteco integrado por cuatro músicos, se llamó Zacamandú. Posteriormente, a este grupo se integraron más compañeros y empezamos a tocar son jarocho con Antonio García de León, Adriana Cao Romero, Leopoldo Novoa, Francisco García Ranz, además de Ernesto y Lucas. Con este grupo grabamos un CD llamado “Zacamandú, antiguos sones jarochos”. Se nos quedó en el tintero un segundo disco, que en realidad era el principal, con sones ya desaparecidos del repertorio actual, recopilados principalmente por Antonio García de León.

Ya pasado ese primer acercamiento, ¿cómo fue siendo parte de tus intereses profesionales?

En realidad, empecé en esto de la música por puro gusto (como suele suceder con todos los músicos). Nunca pensé vivir de ello. Los que integrábamos el grupo Zacamandú nos dedicábamos a otra cosa, ninguno vivía de la música. Bueno, tres de los integrantes eran músicos de carrera, pero tenían otras actividades, aparte del grupo. Yo estudié Economía, pero me dediqué mucho tiempo a labores editoriales. Tuve la oportunidad de publicar varios libros a poetas populares muy importantes, como don Guillermo Cházaro Lagos, de Tlacotalpan; Constantino Blanco Ruiz “Tío Costilla”, don Artemio Villeda, don Andrés Vega Delfín “el Güero Vega”; como parte del trabajo con Zacamandú, hicimos cancioneros con esos sones ya desaparecidos del repertorio actual, que se los regalábamos a los músicos en los encuentros de jaraneros; en fin, años de mucha pasión y mucha actividad. Después de que el grupo Zacamandú se desintegró, seguí haciendo entrevistas a músicos y versadores, que he publicado en varias revistas. En 1996, me invitaron a trabajar en el Instituto de Cultura de San Luis Potosí, al frente de la Dirección de Desarrollo Cultural Regional y, entre otras actividades, tuve a mi cargo la Coordinación Operativa del Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca, que había iniciado unos meses antes. Así que en esa nueva etapa tuve un trabajo que me acercó de lleno a mi región de origen y ahí me contacté de nuevo con muchos amigos entrañables, como Román Güemes, Ramón Chávez, Los Camperos de Valles, David Celestinos, Manuel Álvarez Boada, don Víctor Samuel Martínez Segura –quien también acaba de morir–, en fin, gente muy importante en el estudio y difusión de la cultura huasteca. Posteriormente, me invitaron a trabajar en CONACULTA al frente de un área de nueva creación y que me resultó uno de los trabajos más gratos y apasionantes que he tenido, la Dirección de Vinculación Regional, encargada de desarrollar y consolidar programas en regiones culturales, entre ellas la Huasteca. Ahora trabajo como director del Centro Cultural de la Huasteca Potosina en Ciudad Valles, San Luis Potosí, y soy el coordinador operativo por parte de San Luis Potosí en el Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca.

Cuéntame de tu interés y contacto con el son huasteco ya desde una perspectiva actual y en retrospectiva, es decir, ¿cómo se integró a una parte de tu quehacer profesional?

En parte creo que ya te lo contesté, pero te contaría una anécdota que me hizo entrar de lleno al son. Cuando estudiaba en la Universidad Autónoma Metropolitana, asistí a la presentación de un documental que se llamaba “Soneros”. Era un trabajo de una estudiante de Diseño en el que se planteaba la problemática de la pérdida paulatina del son, especialmente el jarocho, y de cómo algunos músicos y promotores estaban haciendo una labor de revitalización. Yo tenía muy poco tiempo de haber llegado al D.F. y casi no conocía a nadie. El caso es que el trabajo me conmovió, pero más me conmovió el hecho de que al final subió un grupo de soneros a tocar en vivo. Algunos eran veracruzanos y otros defeños. La cuestión es que me sentí medio frustrado al ver a gente que estaba tocando de manera excepcional y yo no había logrado armar nada aún. Ese hecho me hizo conectarme con Ernesto, Eduardo y Lucas, que en ese momento sí eran Trío Zacamandú, y me les uní. Tocábamos a veces a dos huapangueras o a dos jaranas.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Foto: Armando Herrera Silva en Xilitla, San Luis Potosí, en agosto de 2008, durante el XIII Festival de la Huasteca.
Azteca21/Gregorio Martínez M.

 

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