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Arte y Cultura - September 21, 2009

La literatura no es realidad, sino el sueño del soñador que transforma las frases en ensoñaciones: Beatriz Espejo

le organizó este domingo Conaculta, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

 

El galardón se lo entregó Sergio Ramírez Cárdenas, subdirector general del INBA, y con éste se dio reconocimiento a sus más de 50 años de creación narrativa, a sus aportaciones a las letras mexicanas y por sus 70 años de vida.

Acompañada por Juan Domingo Argüelles, Miguel Sabido, Vicente Quirarte, Hernán Lara Zavala e Ignacio Solares, tras recibir la Medalla de Oro, la autora de Muros de azogue, El cantar del pecador y Alta costura, entre otros títulos, dijo “tengo muchas ganas de llorar de alegría y me doy cuenta de que tengo amigos maravillosos, algo en lo que he sí he sido muy inteligente, porque los he sabido escoger, baste ver a quienes están aquí”.

Por su parte, Beatriz Espejo apuntó que desde su primer libro de cuentos ha arrastrado como “cola de un vestido de novia”, un gran número de retratos de personas que hoy se han ido, “dejándome un imbatible sentimiento de orfandad”.

Y agregó que casi nadie sabe que es una observadora capaz de guardar un recuerdo para desenterrarlo en el proceso necesario y entonces sí, aprovecharlo de la mejor manera “porque en literatura querer no es poder, interviene de manera determinante el segundo de inspiración, una carga eléctrica, las capacidades personales y la voluntad de seguir adelante con lo propuesto a pesar de fracasos y tropiezos naturales asociados a un oficio tan complicado”.

Al concluir su intervención, reconoció que más que nada en el mundo le habría gustado ser poeta, pero que los eternos dioses no le dieron el don de esa síntesis perpetua que con un temblor del espíritu nos deja temblando para siempre sin actos reflejo. Sin embargo, aseguró estar contenta con su carrera, “no tanto por mis pequeños aciertos, sino por lo placentero de dedicarse a la belleza y a la admiración hacia seres que vinieron y se fueron dejando al mundo más hermoso que como lo encontraron”.

En su oportunidad, Ignacio Solares manifestó que si a Julio Torri, Antonio Caso lo llamo “cuentagotas” por la brevedad de sus obras, a Beatriz Espejo también se le podría considerar una escritora de cuentagotas, “pero en su caso de perfume, pues de cada uno de sus libros se desprende el aroma característico de la gran literatura pulida con gran cuidado, con amor, que seduce, conmueve y compromete a su lector”.

El novelista y director de la Revista de la Universidad, afirmó que Beatriz Espejo es autora de una obra concisa, compacta, de gran belleza y rigor. Y recordó que la literatura ha sido su vocación desde que tenía 17 años, una vocación indeclinable que ha ejercido a través de la narrativa, el periodismo, el ensayo, la docencia y la investigación académica.

Al hablar del conjunto de su obra, expresó que ofrece una mirada literaria a su vida familiar que toma como punto de partida para contar las historias de esa declinante burguesía mexicana que le parece un pez fuera del agua que está dando las últimas bocanadas, una burguesía en proceso de extinción y una clase media en proceso de transformación. Y observó que aunque la mayoría de sus personajes son femeninos, eso no significa que su obra sea feminista sino más bien, permite identificar que fue escrita por una mujer con una particular sensibilidad femenina.

Por su parte, Hernán Lara Zavala manifestó que al igual que en el caso de su maestro Juan José Arreola, para Beatriz Espejo el pecado es el motor de su escritura y que otro punto de unión entre ellos tiene que ver con la sacralidad, “misma que en los cuentos de Beatriz está representada por el honor, la dignidad y una cierta nostalgia que es su manera femenina de observar el mundo que yace en el pasado y de una felicidad perdida para siempre”.

“Los pecados de Beatriz como ella misma lo ha confesado, son la ira y la soberbia; los de Arreola eran de una índole muy diferente, la lujuria, la pereza y la soberbia. Uno y otro han combatido sus pecados más que a través de las virtudes teologales, a través del arte del cuento, de la literatura, que es un excelente antídoto no sólo contra el pecado sino contra cualquier tipo de mal humano y descontento frente al mundo”, destacó el escritor.

Para cerrar su intervención, Lara Zavala indicó que la metáfora que ha Beatriz Espejo ha adoptado como parangón de su literatura y que le da título a uno de sus libros, “es la de ser una alta costurera que trata de reflejar la alta costura de Dios y se identifica a sí misma como una especie de bordadora de la vida humana”.

Vicente Quirarte resaltó la cercanía literaria de Beatriz Espejo con Catherine Mansfield, a quienes dijo, hermana esa aparente tersura, suavidad, la alta costura de sus personajes que lo mismo pueden acariciar una taza de porcelana que clavar un puñal, lo mismo pueden hacer un gran bordado que desear el mal del prójimo.

Quirarte definió a la homenajeada como un ser profundamente preocupado por el prójimo y, como corresponde a todo gran escritor, un ser con grandes torturas, con grandes elevaciones y grandes caídas, con problemáticas que resuelve a través de su literatura.

Para concluir, comentó que al cuentista siempre se le considera el hijo menor del novelista y que hay pocos cuentistas perdurables, uno de los cuales es Beatriz Espejo. “En su obra, hay un conocimiento profundo del alma femenina y que el gran secreto de sus cuentos, su gran eficacia y permanencia está en que ella logra lo que quería Augusto Monterroso, el ensayo del cuento, del poema de la vida. Cada uno de sus textos reúne las exigencias de los tres géneros”.

Finalmente, el poeta y crítico Juan Domingo Argüelles, quien fungió como moderador de la mesa, calificó a Beatriz Espejo de escritora culta, perteneciente a la estirpe de Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández e Inés Arredondo, una mujer que no se amilana ante nada ni ante nadie.

“Aguda observadora de las pasiones, los orgullos y los prejuicios que pueblan el medio literario, ha dicho en labios de uno de sus personajes que nada entretiene tanto como ocuparse de uno mismo, por eso hay tantos escritores ocupados en sí mismos, puesto que nadie quiere ocuparse de ellos”, expresó Argüelles.

Para concluir, Juan Domingo Argüelles remató: “creo que en ella hay principios morales y vitales dignos de admirarse, pues piensa que lo ideal son la alegría y el contento, la satisfacción de la existencia complementada con escribir buena literatura”.

AMS

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