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Cine - September 18, 2009

“La dulce vida” o un golpe de felicidad a los sentidos

la Cineteca Nacional intitulado “Happy-Go-Lucky”, traducido en algunos países como “La felicidad trae suerte” o en México como “La dulce vida”, haciendo una equívoca referencia a una de las obras maestras del cine italiano, de Fellini, “La dolce vita” de 1960 (como es costumbre al cambiarle los títulos a las películas).

El trabajo de Leigh en esta obra se caracteriza por manejar un guión bien estructurado, pero flexible a la improvisación, llegando al grado de hacer que sirva meramente como una pauta, valiéndose esencialmente de la capacidad de despliegue de los intérpretes. Al hacer uso de este tipo de técnicas, Leigh hace que sus actores se expongan a todo un proceso de inmersión previa, es decir, se someten a un ambiente muy similar al que posteriormente será filmado, creando una atmósfera natural y creíble, donde los actores parecen personas comunes y los supuestos errores de actuación o grabación llegan a mezclarse de una forma tan sutil que el espectador no distingue entre los yerros premeditados o los repentinos (haciendo notar la influencia de John Cassavetes en su obra o por lo menos recordando la intención prima del cinema verité).

El escenario se sitúa al norte de Londres con una profesora de edad mediana llamada Pauline (Sally Hawkins), presentándose a sí misma como “Poppy”, una mujer de carácter intensamente positivo que goza de todos los momentos de su vida con una personalidad un tanto infantil y contagiosamente alegre. Poppy vive con su mejor amiga, Zoe (Alexis Zegerman), y su hermana Suzy (Kate O’Flynn), una joven británica un poco desaliñada. Sin hacer uso de una trama elaborada, Mike Leigh nos brinda la agradable historia de una mujer feliz en un breve momento de su vida, viviendo cosas cotidianas, pero con una visión alegre.

El filme comienza con la pérdida del único medio de transporte de Poppy, su bicicleta, forzándola de alguna forma a tomar clases de manejo, con un instructor de nombre Scott (Eddie Marsan), quien resultara ser el completo opuesto a la protagonista, un amargado paranoico que reniega de cada momento de su vida, a quien ni siquiera la Poppy puede hacer sonreír en ningún momento.

La historia puede ser predecible e incluso comparada con una película hollywoodense –o una versión más realista de “Amélie” (2001)–, pero sin caer en la exageración de los papeles o las situaciones, haciendo énfasis una vez más en la credibilidad que logran los actores, obteniendo como resultado un trabajo sublime, donde Hawkins y Marsan se sumergen en sus respectivos personajes con una naturalidad impresionante, convirtiéndose en una de las actuaciones con más presencia de los últimos años en este género.

El filme goza de tomas en ambientes con iluminación natural y tonos muy característicos del cine británico contemporáneo o de los trabajos previos de Leigh, usando muchas tomas en primer plano, pero de igual forma haciendo tomas abiertas con la ayuda de música incidental resultante de una mezcla de jazz peculiarmente feliz.

Una película que cambiará las caras largas de todos los Ebenezer Scrooge y nos hará recordar lo bello que resulta vivir la vida con una sonrisa.

Duración: 118 minutos. Clasificación: B

Comentarios a esta nota: reportero@azteca21.com

Foto: Cortesía de la Cineteca Nacional.

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