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El mundo según André - September 17, 2009

Homenaje a México

sus grandes ciudadanos muchos de ellos íntimos amigos míos.
Hoy es un día muy especial.
Especial por un sinnúmero de razones, entre las cuales figuran acontecimientos y hechos acaecidos hace poco
más de doscientos años, producto de la reacción al yugo agobiante y pesado de lo que comprendió en un tiempo
una dominación provisional de una presencia extranjera intolerable.
Especial, porque aquel peso autoritario que aunque intentó hacerlo, no pudo arrodillar jamás a la patria mexicana.
Especial, porque a raíz de la particular valentía de mexicanos ejemplares como Hidalgo y Morelos, el pabellón
verde, blanco y colorado ondea libre y orgulloso bajo un cielo transparente y despejado.
Especial, porque ahora ese sagrado firmamento azul pagado con el precio de la sangre roja, es digno dominio
del águila que con serpiente en pico y posada sobre el tricolor, forma el símbolo universal inconfundible de la
República Mexicana.
Especial, porque es necesario estar pendientes, siempre atentos y alerta, para evitar caer de nuevo en otra
opresión quizás ésta de diferente índole y recordar los sufrimientos y penurias del pasado para poder disfrutar la
paz y el sosiego del futuro.
Celebro hoy también la envidiable posición geográfica de la República Mexicana, la cual vista en un atlas me
recuerda a uno de los músculos principales de la anatomía terráquea el cuál brotando de la Sierra Madre se aferra
fuertemente al Norte y al Sur creando el eslabón que une las Américas.
Celebro los rayos dorados y cálidos del sol, cuyas saetas luminiscentes fecundaron la madre tierra de Tenochtitlán
epicentro insigne de la patria mexica.
Celebro a los antiguos residentes del lago Texcoco, quienes sobre su islote por primera vez prendieron la antorcha
de lo que sería el corazón de la gran herencia mexicana.
Celebro éste día tan singular con uno de mis grandes amigos, Huitzilopochtli, el dios del Sol, fuente universal de
la vida que impulsó por siglos las legendarias civilizaciones de México.
Celebro a mi gran amiga diosa de la Luna, la Coyolxauhqui, cuyo descuartizado cuerpo yace esculpido para
siempre sobre la piedra circular del Templo Mayor.
Celebro a mi amigo Tlaloc, dios de la lluvia, quién nos recordó de su presencia en el chaparrón de la semana
pasada.
Celebro el Tzompantli, aquel muro de calaveras labradas en barro que me sonríen si las observo detalladamente.
Celebro a Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, cuyas contorsiones angulares delinean los escalones en las
esquinas de las pirámides aztecas.
Celebro a Motecuhzoma Xocoyotzin, quién se atrevió a enfrentarse y luchar hasta la muerte ante la presencia del
invasor europeo, porque su filosofía, ésa que dice que es mejor morir de pié que vivir arrodillado, retumba hasta
hoy en día en las silentes gargantas de los defuntos revolucionarios mexicanos.
Rindo homenaje al zarape que hace años vengo tejiendo, con las hebras variopintas de las amistades mexicanas
que me rodean, siendo éste indudablemente una de las prendas que más valoro.
Rindo homenaje a dicho zarape, prueba contundente del estrecho vínculo que tengo con mis amigos mexicanos
cuya presencia honro hoy, no solamente aquí sino en las regiones más recónditas del mundo donde se encuentren.
Rindo homenaje a tan especial atuendo polícromo, el cual sin la materia prima del afecto mexicano sería
simplemente otro trapo más de tantos.
Rindo homenaje a aquellos que nacieron mexicanos, ya que no todos gozamos de tal privilegio.Yo no soy mexicano.
Yo no tengo ningun familiar mexicano, pero aún así continuamente descubro nuevos familiares instantáneos de fórmula
muy fácil para su preparación. Simplemente conozco a uno, le añado una sonrisa y listo: ¡familiar instantáneo!
Nuevos hermanos y hermanas, como los aquí presentes, que de manera desinteresada y afable me han ofrecido
su amistad, su cariño, su afecto, su hospitalidad y el acogimiento en su seno hogareño.
Rindo homenaje a su desbordante generosidad, la que sin un íngrimo centavo, me ha hecho millonario.
Rindo homenaje de manera especial al gran valor de la mujer mexicana, quien curtida por las adversidades y los
embates de la agitada historia de México, ha resistido humillaciones e indecibles dificultades, haciéndola digna
contrincante en cualquier batalla: ¡sinceramente considero al que se atreva a enfrentarla bajo esas condiciones!
Honro la grandeza, magnificencia y majestuosidad del águila, ave única, ícono universal de la potencia venerada por
todas las etnias principales, que tras haber completado peligrosas pruebas de valor, se otorgaban como galardón una
de sus plumas: ¡qué excelente selección como símbolo máximo para representar a la Republica Mexicana!
Honro el pensamiento que abriga algún día ver al águila del Norte revoloteando conjuntamente con la del Sur
bajo aquella inmensidad cerúlea, unidas en tan anhelada armonía fraternal entre las dos naciones.
Honro también el prospecto de la creación de puentes unificantes en vez de muros divisorios y abrigo esperanzas
de algun día ver la erradicación de los prejuicios que hoy nos azotan.
Honro la posibilidad eterna de tender la mano abierta y sincera, lista para ayudar como los buenos vecinos y
compañeros deberían hacerlo.
Honro y abrigo esperanzas de una ecuanimidad internacional que supere lo burdo y lo áspero y desarrolle
amplias vías de comunicación para que las palabras “hermano” y “paisano” valgan su significado.
Honro el momento en el que finalmente los grandes capitanes tengan la lucidez de guiar las naves de sus respectivos
estados, lejos de las tormentas y borrascas generadas por la discordia, hacia un puerto seguro y amistoso entregando
así su carga de promesas hechas hace tanto tiempo a los pueblos que tanto claman hoy por ellas.
Honro a mis amigos mexicanos y…
honro a México.

 

*Nota de la redacción: André Csihas, nació en París, Francia y tiene por sus ancestros raíces franco-húngaras, pero como el lector podrá adivinar, tiene un corazón más mexicano que muchos otros nacidos en tierra azteca.

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