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Entrevistas - September 10, 2009

Emilio Pons o las vicisitudes de un tenor mexicano en Europa (4)

asuntos culturales. Una visión y experiencia que, sin duda, contribuyen a tratar de entender los problemas de nuestra cultura y las posibilidades de resolverlos. En síntesis, Azteca 21 agradece al doctor Pons su disposición y amplitud para conversar con nosotros y con nuestros lectores. He aquí la parte última de la entrevista que sostuvimos con él.

¿Qué les dice a las personas que ha conocido en el extranjero y le preguntan por México? Quiero decir, en ese mismo sentido y con la perspectiva de los viajes y la distancia, ¿qué es México para usted en todos los sentidos?

No le voy a mentir. La opinión y los sentimientos que tengo respecto de mi país son ambivalentes. Nunca he entendido el nacionalismo exacerbado. Estrictamente hablando, me parece un concepto absurdo. ¿Por qué habría de sentirme orgulloso de ser mexicano si el ser mexicano, americano, chino o de Trinidad y Tobago para el caso es una circunstancia accidental y fuera de nuestro control al nacer? Creo que ese mal entendido orgullo es el mismo factor nefasto que opera tras todo aquel que se siente superior a otro en consideración a su raza, su origen étnico, su sexo, su orientación sexual, su religión o su estatus socioeconómico. Con la sola excepción de estos dos últimos factores, no hay nada que podamos hacer para cambiar las otras cualidades que he mencionado y que no obstante determinan en buena medida quienes somos.
No soy partidario tampoco de posturas como la de mi padre, quien siempre insiste en recordarme que fue México quien me dio de comer. Ese tipo de retórica a nivel familiar extrapolada a una mayor escala conduce a la demagogia política que nos mantiene en el atraso. Fue el arduo trabajo y, ante todo, la suerte que tuvieron mis padres, y no mi país, quien me dio de comer, y corriendo con la misma suerte, lo habrían podido hacer también en muchos otros lugares del mundo. Lo que definitivamente no podemos perder de vista es que en ese mismo México, y a pesar de los vastos y variados recursos naturales de nuestro país, millones de personas viven en condiciones de pobreza extrema, víctimas de la ignorancia, la falta de educación, de cientos de años de corrupción gubernamental y del abuso y la explotación por parte de las clases sociales más privilegiadas. A esos millones de mexicanos, México no tiene ni una vida digna en el presente ni un futuro prometedor que ofrecerles.
Al mismo tiempo, es quizá natural e inevitable sentirnos contentos cuando nuestros compatriotas gozan de un éxito merecido, y yo mismo he señalado anteriormente cuán relevante debiera ser para todos nosotros los logros de los numerosos cantantes mexicanos que han triunfado en el extranjero. Por otra parte, la gente tiende a ser ruin. Aunque yo en el futbol paso de largo, he escuchado en numerosas ocasiones a aficionados a ese deporte proclamar que “somos campeones” cuando la selección nacional parece ir por buen rumbo; apenas es descalificada, el “somos” se convierte en “esa bola de idiotas son…”. Lo mismo sucede por desgracia en nuestra profesión. ¿Cuántos no dudaron en proclamar de forma prematura a Rolando Villazón como sucesor del gran Plácido Domingo? ¿No se encuentran acaso entre ellos muchos de los que hoy día aseguran haber vaticinado los ineluctables problemas que desafortunadamente hoy aquejan al joven tenor mexicano y que amenazan nuevamente con dar un fin prematuro a su hasta ahora tan estrepitosa carrera?
Además, la imagen de México en el extranjero en las últimas décadas se ha visto considerablemente deteriorada por los graves problemas que nos afectan hoy día, comenzando por la inseguridad (asaltos, secuestros, asesinatos a la orden del día) y la mala reputación que nos hemos ganado por nuestro récord de corrupción, impunidad, escandalosamente desigual distribución de la riqueza, ineficaz combate al narcotráfico e incluso nuestro mal desempeño en materia de protección al medio ambiente, por mencionar tan sólo algunos de los ejemplos más destacados. Mucho me temo que la imagen del mexicano amigable, simpático y hospitalario no basta ya para enmendar nuestra imagen a nivel internacional. El primer comentario que escuché a mi llegada al teatro Mariinsky fue sobre cómo su compañía de ballet fue asaltada a las afueras del Auditorio Nacional en la Ciudad de México mientras realizaban una gira por nuestro país. ¿Y cómo olvidar escándalos internacionales como la vergüenza que nos hizo pasar uno de nuestros compatriotas al orinar sobre la flama perpetua de la Tumba al Soldado Desconocido en París durante la celebración de una copa de futbol hace unos años, si mal no recuerdo?
Personalmente, encuentro muy triste el hecho de que quienes nos dedicamos a esta disciplina tengamos necesariamente que abandonar nuestro país para poder aspirar a tener una carrera significativa y próspera. A pesar de que mi hermana estudió también en el extranjero, graduándose, al igual que mi cuñado, de la prestigiosa Universidad de Harvard, en Estados Unidos, como abogados tuvieron al menos la posibilidad de regresar a México para ejercer sus carreras con éxito y así lo hicieron. Hoy día, mis sobrinas pueden crecer teniendo de cerca a sus padres y a sus abuelos. A mí, como músico, no me queda más opción que lejos de mi familia y amigos, con un océano de distancia entre nosotros.

Compártame sus impresiones de los lugares que ha visitado, pues ha dicho que Viena es el lugar del mundo que más le gusta…

No precisamente. El Palacio Belvedere en Viena es mi sitio preferido en el mundo. Viena, en donde pasé dos meses trabajando el año pasado, es una bella ciudad con una intensa vida cultural, pero un aire y actitudes un tanto provincianos, para mi gusto. He tenido la suerte de visitar varias ciudades en muchos países durante los últimos diez años y por ello he podido constatar que, a pesar de mis reservas respecto de México, no existe ningún lugar perfecto en el mundo. Lógicamente, no podemos comparar Noruega con Haití; pretender relativizar las cualidades que hacen del primer país prácticamente un paraíso y del segundo un infierno para sus habitantes es un deshonesto ejercicio de retórica absurda.

De México, lógicamente, no echo de menos ni la inseguridad ni la contaminación, pero sí en cambio extraño la comida –tanto nuestros platillos como la propia calidad y frescura de nuestros ingredientes– y nuestras hermosas y cálidas playas. La comida, particularmente la fruta, tiende a ser insípida en Estados Unidos y en Europa, en comparación con la de México, además de costar al menos cinco veces más que en nuestro país. Si tuviera la posibilidad de adquirir una propiedad en la península de Yucatán, lo haría antes que hacerlo en las costas del Mediterráneo.

Aunque a menudo se traduzca en una tendencia al desorden y el caos, de la sociedad mexicana extraño nuestra espontaneidad, y la importancia que tienen en nuestra cultura la familia y los amigos. Muchos mexicanos e incluso muchos europeos coinciden conmigo en que, por ejemplo, en contraste, a pesar de ser educados para parecer muy amigables a primera instancia, los estadounidenses tienden a ser muy distantes, superficiales y pragmáticos tratándose de sus amistades. Los amigos son como la comida rápida y los recipientes en que se sirven: producidos en masa y desechables. La cultura asiática en ese sentido se me antoja impenetrable. Tras una semana que pasé cantando en Japón el año pasado, comprendí que la socialización de los orientales es diametralmente opuesta a la de los occidentales. En mi experiencia, tan sólo en Europa, particularmente en Rusia, es posible entablar amistades estrechas, aunque ello requiera de una inversión de tiempo y esfuerzo considerablemente mayor a lo que resulta habitual en México.

Emilio, sin duda tiene planes, proyectos, sueños por cumplir, ¿cuáles son?

Mi mayor ambición en la vida es convertirme un día en un gran cantante y, ante todo, un gran artista. El cómo se concretice esa ambición y a lo que ello me conduzca está por verse, prefiero no perder el tiempo con quimeras y concentrarme en cambio en procurar convertirme en un mejor artista y una mejor persona un día a la vez.

Si desea agregar algo que considere importante o de lo que no le haya preguntado, adelante, por favor.

A veces pienso que tras todas las experiencias que he vivido en mi corta vida y en mi aún incipiente carrera podría escribir un libro, pero, francamente, sin haber debutado en el Met, La Scala y Covent Garden, y sin tener al menos un par de discos editados por Deutsche Grammophon, Decca (¡o de perdida Naxos!), ¿quién lo compraría? Espero en algunos años poder tener motivo para dar respuesta a esta pregunta.

Muchas gracias, doctor.

Gracias a ti.
Foto: De visita en el Palacio Belvedere, en Viena, Austria.
Cortesía: de Emilio Pons.
Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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