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Arte y Cultura - May 7, 2009

La poetisa Guadalupe “Pita” Amor fue musa de grandes artistas de su época

Este desnudo es el cuadro
de Diego que más relaciona
a Pita con la cuestión
literaria porque la
representa no sólo
desnuda, sino escribiendo
con una vara
Foto: Cortesía Catálogo
de la obra de caballete
del muralista mexicano

Ciudad de México.- 7 de Mayo del 2009.- La poetisa mexicana Guadalupe "Pita" Amor, fallecida el 8 de mayo de 2000, forjó en su obra los temas metafísicos caracterizándose por sus expresiones directas y desencadenadas, siempre en primera persona.

Guadalupe Amor Schmidtlein, por su nombre completo, nació el 30 de mayo de 1920 en un viejo caserón de la calle Abraham González, en la Ciudad de México, donde nunca pasó inadvertida como una mujer que dejó huella sensible en el panorama cultural mexicano.

Fue una de las damas más bellas de la época y así debió ser para que el muralista mexicano Diego Rivera la pintara desnuda en tres o cuatro ocasiones.

"Pita" Amor trabajó en cine y teatro antes de llegar a la literatura, donde cultivó principalmente la décima, con clara influencia de Sor Juana Inés de la Cruz y Francisco de Quevedo.

Fue elogiada por Alfonso Reyes, Albert Camus y Jean Paul Sartre, compañera de Pablo Neruda durante la época mexicana del poeta, quien llegó a escribirle: "como el canto del agua cristalina que corre, te nombro franca e inmemorial, dulcísima.".

Dentro de su obra, que lo mismo habla de la angustia de vivir, que de Dios o de la nada, incluye dos textos en prosa: "Yo soy mi casa" (1957) y "Galería de títeres" (1959), además de sus famosas décimas.

"Dentro de mis temas poéticos lo que cuenta menos es el mundo exterior y no se diga ya el físico, mucho menos el histórico", decía Amor.

Otras obras suyas son "Puerta obstinada" (1947), "Círculo de angustia" (1948), "Polvo" (1949), "Décimas a Dios" (1953), "Sirviéndole a Dios de hoguera" (1958), "Todos los siglos del mundo" (1959) y "Soy dueña del universo" (1984).

También escribió "Las amargas lágrimas de Beatriz Sheridan", Sonetos y "La manzana de Martha Chapa", que edita justamente 60 años más tarde del que fuera su libro inicial.

El día de su muerte, los diarios dieron cuenta de su grandeza y reseñaron como en su juventud se convirtió en el ánima de toda su generación en la Escuela de Mascarones, donde entonces la UNAM impartía la carrera de Filosofía y Letras.

"Los que la retrataron a mano o con cámara fotográfica, dejaron constancia de una mujer con mirada y sonrisa cómplices, el rostro diseñado a partir de sus enormes ojos y el cuerpo de modelo, modelado a mano, en un tiempo en que hablar de `aerobics" era tan hilarante", señala un artículo periodístico.

El texto relata como a mitad del patio de Mascarones varios de sus contemporáneos la recuerdan con su grito de guerra, que al paso de pocos años llegaría a ser santo y seña de los cines de tres por una: "Ya llegué, cabrones!".

Reina solitaria de un medido castillo de palabras, sonetista, rigurosa decimera y musa de pintores, se limitó a decir, desde el trono que conformaba una silla de madera al centro de la sala de su casa: "La poesía soy yo".

En su juventud, "Pita" Amor mantuvo estrecha amistad con grandes pintores contemporáneos como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Diego Rivera y Juan Soriano.

Después de la grandeza hubo un tiempo en que Amor paseaba por las calles de la Zona Rosa, ya una señora de edad, el pelo recogido en una pañoleta, una bolsa de mano al mejor estilo de los años 50, con un atuendo multicolor, "espantando demonios a paraguazo limpio".

Luego, ella que tantos y tantos amigos tuvo, bajó la cortina de su cotidianidad y se amuralló en su departamento de la colonia Juárez. Hasta ese sitio de regular iluminación trasladó el reino que una vez fue de carne y hueso para convertirlo en un palacio imaginario.

Allí escribiría, como una suerte de presagio, sobre un hecho conocido e inevitable: "No creo en ti, pero te adoro./ Qué torpeza estoy diciendo!/ Tal vez te voy presintiendo/ y por soberbia te ignoro/ Cuando débil soy, te imploro;/ pero si me siento fuerte,/ yo soy quien hace la suerte/ y quien construye la vida/ Pobre de mí, estoy perdida,/ también inventé mi muerte!".

Ese presagio la acompañó hasta el lecho donde sus pulmones afectados por la neumonía le provocaran la muerte. Sus restos descansan en el Panteón Francés, de la Ciudad de México.(Notimex)

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