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Fiestas Populares - April 7, 2009

Crónica al vuelo del cumpleaños 102 de don Leandro Corona, un gran músico michoacano

La música le rindió homenaje a
uno de sus ahijados preferidos
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

A mi hijo Jesús Gregorio, quien ya zapatea con “La media calandria”.

Ciudad de México. 6 de abril de 2009. El viernes 27 de febrero arribé a La Huacana, Michoacán, a las 5:45 de la mañana, pues el conductor del autobús Vía 2000, que salió de la Central Camionera del Poniente a las 23:55 del jueves 26, le metió pata y no entró a Santa Clara del Cobre ni a Ario de Rosales, como lo han hecho en ocasiones anteriores otros choferes. Carajo, tampoco dejó dormir por los vaivenes constantes en el asiento. Aún no clareaba, pero ya había actividad en la terminal huacanense: los taxistas intentaban conseguir pasaje, una mujer barría el andén y otra comenzaba a abrir la cafetería contigua. Una combi ya esperaba pasaje para “La Nueva” (Italia).

Me quedé conversando con otro pasajero fuereño. Nació en Churumuco, pero ya casi nunca regresa a su tierra por cuestiones de trabajo (no hay tiempo) o económica (no hay dinero, qué caro el pasaje). Estudió, creo, hasta la secundaria en La Huacana. Es vendedor de productos veterinarios para ganado y, me asegura, las ventas han caído más de 60 por ciento, tanto que están pensando en despedirlo después de más de veinte años de recorrer el país con esos productos. “Es lo único que sé hacer”, dice, “pero ya en ningún trabajo quieren a alguien de mi edad”, agrega preocupado.

Según le dijeron, una combi pasa a Churumuco entre 6 y 6:30 de la mañana. Decido “hacer” un poco de tiempo y escuchar sus historias, su versión acerca de cómo se ha transformado La Huacana. “Aquí no había nada de esto, ni siquiera tantas combis urbanas. Había que caminar o en bicicleta, los que tenían”. Es moreno, muy moreno, y en sus ojos advierto que la nostalgia ha tendido una capa sobre ellos. Me cuenta que acudió al llamado de una hermana, quien le avisó que su madre casi nonagenaria sufrió una caída y está grave. “Ella debe conocer a don Leandro, o recordarlo. Le gustaba mucho bailar en la tabla, pues antes era casi la única distracción. Y tiene muy buena memoria…”.

Después de más de media hora de espera, se resigna a que ya no pasará esa combi. No acepta la propuesta del taxista que insiste en llevarlo por 200 pesos a Churumuco. “Es casi la mitad del pasaje de regreso al D.F.”, argumenta. “Acabo de regresar del Sureste, no estuvo bueno, se acabó la ganadería en Tabasco con el huracán, y me hermana me acabaló para venir”, añade. Decide irse conmigo en la combi al entronque de Zicuirán. El paisaje es terroso, casi semidesértico, a no ser por los cerros constantes y por un vergel aledaño a la Presa de Zicuirán. Al llegar, nos despedimos con un apretón de manos. Le dejé una tarjeta, el agente de ventas no traía, pero quedó de llamarme al regresar a la ciudad de México. Hablamos de ir a conocer a su mamá en otra fecha, hablar con ella de los fandangos de aquellos años… No lo hizo, no lo ha hecho.

Son las siete de la mañana y ya ha clareado en Zicuirán. A pesar de ser muy temprano, ya comienza a sentirse el calor. No sé qué hacer con mi chamarra. Me dirijo a casa de don Leandro. Un vendedor de uchepos en triciclo se detiene a un lado del camino para despachar varios a una señora que atiende un puesto de comida sobre la carretera. Pido tres y aprovecho para hablar con el vendedor. “No, no conozco a ese señor, ¿cómo se llama? ¿Leandro? No, es que yo vengo de La Nueva”, se justifica. “Pero sí me gusta bailar en la tabla”.

De lejos, veo a don Gaspar Rojas, sobrino político de don Leandro, barriendo el frente de su casa, que da a la carretera. Me detengo un momento en el puesto de la señora. Me bajo con un café con leche los uchepos y fumo. La señora sí conoce a don Leandro, pero no va a su fiesta ni le gusta bailar en la tabla, aunque, dice sin énfasis, que sí le gusta la música de la región, “es bonita”, pero no menciona o no recuerda el nombre de una canción favorita.

Me aproximo a la casa. Don Gaspar me ve llegar y deja de barrer. Me saluda con gusto. En el cumpleaños anterior, el año pasado, nos tomamos unas cervezas mientras me hablaba de cómo organizan la fiesta, de sus hijos en Estados Unidos, de don Leandro, de que, como éste, él tampoco es de Zicuirán, de la Tierra Caliente, pero sí michoacano. Me informa que la noche anterior llegaron Israel y unos amigos. Éste se asoma, somnoliento, por una ventana. Me hace señas de que lo espere.

Israel González es de Puebla, debe de tener unos 26 años. Es músico y acude año tras año al cumpleaños de don Leandro. También va en otras fechas, pues desea aprender a tocar al estilo del viejo violinista. “Pero es muy complejo, difícil”, reconoce. Sale, su pelo crespo despeinado, y nos damos un abrazo. Me dice que llegó la noche anterior junto con otros dos amigos músicos. Me pide que lo espere para bajar juntos a ver a don Leandro, que no tarda en arreglarse.

El terreno de la casa donde vive don Leandro es una media manzana, un solar grande, pues; por un lado da a la carretera, por otro a una calle que desemboca en la carretera, otro a otra calle paralela a la carretera y el otro lado a otro terreno. Al parecer, está seccionado en tres: la parte de don Gaspar, la de don Antonio y la de otra nieta del músico. El cuarto donde habita el violinista está en la intersección de las partes de don Toño y de la nieta.

Israel, ya arreglado y con un estuche de violín al hombro, sale y avisa a sus compañeros que estará con don Leandro. Atravesamos el terreno de don Gaspar y el de don Toño, un poco en pendiente, para llegar al cuarto del anciano. Hace un año aún era de madera; ahora, las paredes son de cemento y, por primera vez, el lecho del viejo está afuera de la construcción. En una pared cuelga el cartel de lona que se utilizó en Morelia en mayo de 2007, cuando, dentro de las actividades por el 466 aniversario de la fundación de esta ciudad, se realizó un homenaje al violinista por sus cien años de vida.

Don Leandro yace al lado de una pared donde están sus cuadros con las fotos familiares, entre las que destaca la de su matrimonio. También están ahí varios de los reconocimientos que ha recibido en los pasados quince años y las imágenes de los santitos y la Guadalupana, pues es muy devoto de ésta. Del techo pende un lazo doble, cuyo extremo llega a pocos centímetros de la cama y el cual sirve para que el violinista se apoye para moverse o para que se incorpore. A un lado de la cama están un bacín y un retrete de madera portátil, podría decirse.

El célebre músico ya está despierto, pero aún se cubre con una cobija café y trae amarrado un paliacate rojo en la cabeza. Comenzamos a platicar con él. Se ve más delgado. Su voz, cascada y apenas audible. Admite que aún le duele la pierna derecha, la que se golpeó en la caída. Llegan los dos amigos de Israel y le avisan que le tocarán “Las mañanitas”. Dos violines y una vihuela. Se aproximan algunos niños, también doña Auditas, nieta de don Leandro, que está de visita desde un día antes para cuidar al músico y ayudar en los preparativos de la fiesta. Ella vive en La Huacana. Los músicos se siguen con otros sones. El viejo continúa acostado.

Luego se aproxima doña Lupe, esposa de don Toño, y le dice al músico que lo cambiarán. Lo incorporan y quedan al descubierto un bóxer y las piernas delgadas del violinista. Le ponen su pantalón negro de dril y su guayabera azul cielo. Lo perfuman, lo peinan y le echan talco en el bajo vientre, “para que no huela mal el murciélago”. Don Leandro se ve guapetón, con un bigotito ralo y blanco, a la espera de la procesión de amigos, familiares y gente que acudirá a felicitarlo.

Don Gaspar nos invita a desayunar; le digo que ya lo hice. Me quedo solo con don Leandro, quien me comparte –como cada año– sus recuerdos. Me habla sobre don Lázaro Cárdenas. “Yo lo conocí, le toqué cuando andaba en campaña por acá. En vano tanto esfuerzo que hizo. Yo vi a mujeres, niños y hombres llorando de hambre; él nos dio las tierras para que las trabajáramos, para matarnos el hambre. Ahora casi nadie las trabaja, se las están dejando a los japoneses…”. El rostro surcado del violinista se ensombrece aún más. “Fue un gran hombre. El mejor presidente de México. Quiso mucho a la Tierra Caliente, hizo mucho por ella… ¿Y todo para qué? Los japoneses se están adueñando de todo…”, se lamenta.

Poco después llega don Joaquín, “El zicuiraneño”, quien abraza al músico: “Felicidades, Leandrito, que viva muchos años más”. Resulta que ese hombre, que debe pasar los setenta años, fue torero. “En una fiesta soltaban toros en el jaripeo y salió uno al que le tenían miedo. Nadie quería montarlo. Entonces mi mamá dijo: ‘Yo parí un hombre, ve a demostrarlo’. Yo estaba chavalo, no quería montarlo. Pero no iba a dejar en vergüenza a mi mamá, ¿verdá? Fui y lo monté; no me pudo tirar. Así me hice torero”, me cuenta con aliento alcohólico ese hombre delgado, menudo, con cicatrices en la panza, pantalón enrollado hasta las rodillas y camisa que algún día fue blanca, sombrero Rocha Hat maltrecho y polvoso, un ojo claro, verdoso; del otro está tuerto. “Lo que no pudo hacer un toro, lo hizo una doctora”, revela encuclillado.

Más tarde empezaron a llegar los parientes de don Leandro; mientras, en el patio de don Toño, se limpiaba un cerdo para las carnitas y comenzaban a llegar “los viajes” de cerveza. El músico se cansó de estar sentado en la orilla de la cama y se recostó. Unas bisnietas llegaron, lo abrazaron y le dieron regalos. Llegó el Mariachi Imperio, de Apatzingán, comenzó con “Las mañanitas” y luego con canciones rancheras.

Don Leandro Corona Bedolla, aunque
olvidado de las autoridades culturales,
es venerado por la gente del pueblo
Foto: Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

El ambiente empezaba a ponerse de fiesta, de fandango. Cada minuto llegaban más personas, como don José Jiménez, el violinista segundero de don Leandro por muchos años, y don Isaías Corona Bedolla, don Chayo, hermano del festejado, quien llegó al filo del mediodía. De 96 años, anda con un bastón metálico en cada mano y vive en La Huacana. Felicitó a su hermano y lo instó a pararse, a echarle ganas, a no cobijar las dolencias. Don Leandro le dijo que pidiera piezas. Don Chayo eso hizo, pero el mariachi de tres que le solicitaba se sabía una. Posteriormente, llegó don Wenceslao Gaspar, de Tumbiscatío, felicitó al cumpleañero y comenzó a tocar sones con su conjunto de arpa “Río Grande”, en el que participaron don José Jiménez en el violín y don Chayo, sentado, tamboreando el arpa, como solía hacerlo hace muchos años en el Conjunto de Arpa Grande de don Antioco Garibay, uno más de los arperos de leyenda en la región.

También llegó don Juan Pérez Morfín y su esposa; al poco rato, este arpero tocó con su grupo, el Conjunto de Arpa Grande “Alma de Apatzingán”, que empezaron a prender la mecha del fandango y a calentar la tabla con los zapateos de bailadores y bailadoras. Se había dicho que iba a haber misa, como el año pasado, pero el padre nunca llegó. Quienes sí llegaron fueron unos niños del catecismo y sus maestras, que le cantaron en coro “Las mañanitas”, detalle que arrancó sonrisas y palabras de agradecimiento del violinista.

Para esos momentos la cerveza apenas mitigaba el calor y la cantidad de gente ya era numerosa. Ya estaban por ahí Jorge Amós Martínez Ayala, el profesor Gerardo Méndez, Martín Dagio, Lalo, que venían de Morelia; lueguito llegaron David Durán y dos de “Los Jilguerillos del Huerto”, Alain y Huber Figueroa Ziranda. Los Hermanos Jiménez continuaron con la chispa de su música versátil, tradicional y actual. Se extrañó la presencia de Alejandro Martínez de la Rosa, investigador y músico, quien recientemente publicó un libro sobre este personaje legendario y la música del área.

La comida comenzó a circular: carnitas, uchepos, arroz, mole, pozole, mojarras fritas… Quién sabe cómo se organicen, pero los familiares del violinista corren con todos los gastos (los músicos no cobran; aunque, supongo, sí lo hizo el mariachi). Pero la música no cesaba. Don Leandro comió caldo de pollo con arroz, sin tortillas, un vaso de agua simple. En la pequeña mesa que serviría de altar había una foto de don Leandro, un crucifijo y flores; ahí colocaron el pastel de cuatro pisos que tenía la leyenda: “Felicidades, Liandro” y unas velas en forma de números: 103 (sic). En el patio, Bernardo Arroyo, cuñado del centenario músico y compositor de varios corridos en su honor, apartado, liaba su cigarrillo de hoja.

Los músicos de Morelia y Puebla improvisaron un conjunto de arpa grande y también pusieron su granito de arena musical al festejo. La tabla era ocupada por varias parejas de bailadores, que se alternaban para zapatear. Una muy buena pareja era la formada por una señora de nombre Mari y un nieto de don Leandro, Armando Corona González, de La Huacana. Ya escasean los bailadores, pues incluso varias parejas fueron integradas por mujeres. El incansable y admirable repartidor de cerveza no paraba ni un instante. Es un señor delgado y chaparrito que cada año recorre todo el patio con una cubeta llena de cerveza, las reparte y recoge envases vacíos acompañado de un niño, quizás su hijo. Es un hombre que cumple una misión callada y eficientemente.

Así fueron pasando las horas. Se partió el pastel. Melina, una bisnieta adolescente de don Leandro, también es festejada este día por su cumpleaños. El músico fue llevado un rato al patio, donde estaba instalada la tabla y los conjuntos se acomodan para tocar bajo la sombra de un tamarindo. Después, al caer la tarde, los músicos y bailadores, junto a otra tabla “portátil”, se colocaron en el cobertizo donde está la cama de don Leandro.

Por todo el patio había grupos de gente bebiendo, conversando y algunos hasta tenían músicos que les tocaban sones, como en un corrillo donde cantaba una canción ranchera un joven de excelente voz, Daniel Avalos Pérez, hijo de un músico local, don Andrés Avalos Lagunas, quien formó parte varios años del “Alma de Apatzingán”, pero ya no puede tocar, pues le dio embolia, sin embargo, acudió al festejo a felicitar a don Leandro, sin duda, decano y patriarca de esta música.

Oriana, la bisnieta de don Leandro de unos once años, por la mañana y por la tarde, al tanto de la hora, le dio sus pastillas. Ella lo atiende. Sus cuidados le serán recompensados, a la muerte del viejo, con el cuarto de éste, pues así lo ha dispuesto él. La noche cae en Zicuirán y la luz de los focos es insuficiente para iluminar el patio y a los animadores del fandango. Apenas caben los bailadores en el pequeño patio bajo el cobertizo, donde está mejor iluminado. Los corrillos poco a poco se van desintegrando.

Veo a don Jesús Rosas, músico y bailador ya algo tomado; me saluda efusivo con un abrazo. “El zicuiraneño” duerme la mona en el patio. El arpero Abel Espinoza y su hermano Perfecto, que es buen bailador, me saludan con gusto y charlo unos minutos con el primero, pescador y “aprendiz de arpero”, como él mismo se define, quien está empeñado en mantener la tradición musical de su familia, pues su padre era un reputado arpero. Les pregunto por don Javier Ramírez, otro gran bailador, pero no saben por qué no acudió al cumpleaños. No obstante, da gusto ver que hay muchos niños y niñas bailadores; lo triste es que ya escasean los músicos como don Leandro, pues, a excepción de don José Jiménez, no hay nadie ya que toque como ellos, a su estilo, al estilo de Churumuco-La Huacana, de Zicuirán, mero.

El ensamble moreliano es el último que permanece tocando a unas cuantas parejas de bailadores, pero finalmente quedan muy pocos invitados o concurrentes. Hubo muchos, incluyendo varias mujeres hermosas, representativas de esta zona michoacana, pero ya no quedan más de veinte personas. No llegó Claudio Naranjo, a quien esperaba de Apatzingán. Casi sin advertirlo, la noche ha tendido su manto estrellado en Zicuirán. Pasan de las 22 horas cuando nos retiramos del cuarto de don Leandro, quien ya se muestra cansado y desea descansar. Y la fiesta concluye hasta que éste lo decide. Don Gaspar nos ofrece pozole para cenar y agua fresca de una olla de barro. El calor aún es una sombra ominosa en el ambiente. Alzo la vista al cielo y la conjunción insólita de Venus y la Luna me brinda un espectáculo maravilloso, como lo es cada cumpleaños de don Leandro Corona Bedolla, el último músico gigante de esta región, quien esta vez, después de muchos, muchos años, no tocó el violín en su aniversario 102.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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