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Toros y Deportes - February 1, 2009

Ochoa impresionante, dos orejas, Pizarro medroso y Manzanares con los lunares del encierro de Xajay

Fernando paró, mandó y templó con
 el capote por verónicas, chicuelinas
 y una larga de escultura
Foto: Archivo

Por Paco Prieto
Cronista taurino Azteca 21

Ciudad de México.- 1º de febrero de 2009.- No se merecía el encierro de Xajay la tarde de viento furioso y mucho frío que fue la del primer domingo de febrero. No es que el encierro de la ganadería queretana fuera excepcional, como podría pensarse ya que los corridos en primer y segundo lugar merecieron arrastre lento, pero fue un buen encierro: los seis toros en tipo de la ganadería, con una presencia aceptable, ninguno bobo, o sea, todos más que medidos de raza. Los seis toros tuvieron que ser picados y la mitad del encierro combatió con la cabalgadura, aunque de una manera discreta, sin fiereza y con un solo tumbo.

La tarde comenzó bien pues Federico Pizarro, que había vuelto a la vida en lo que parecía una carrera acabada, lanceó con propiedad, eficacia y buen gusto pero, en la faena de muleta se desdibujó ante un toro que embestía y que tenía recorrido, que no era, sin embargo, un toro de dulce, o sea, había que lidiarlo, pues se mostró distante y aséptico. Por momentos logró muletazos de calidad pero tardó en confiarse y como el público ya se había dado cuenta que el toro era para lucimiento, no le perdonó al torero el desperdicio y lo despidió con música de viento a pesar de haber matado con eficacia. El toro fue ovacionado y el juez le concedió los honores del arrastre lento, lo que, a juicio de este cronista, fue un exceso. El de Xajay era un buen toro a secas.

Con el cuarto de la tarde, Pizarro estuvo de nuevo bien con el capote pero sin acoplarse plenamente porque ya el viento hacía sentir su incómoda presencia; en el tercio de muleta, toreó con muchas precauciones y como en un momento dado, al percatarse de las bondades de su enemigo, acortó distancias para lograr una serie bonita de derechazos, larga y lucida, el público ya no le perdonó que volviese a torear a más distancia, sin más decisión que cubrir decorosamente las formas y asegurarse de regresar sano y salvo a casa. Breve con la espada, hubo división de opiniones, en realidad más pitos que aplausos, y un fuerte aplauso al toro. 

Fernando Ochoa venía no sólo de haber triunfado fuerte en esa misma plaza México, sino de haberlo hecho en grande el día anterior, en Juriquilla, al lado de Julián López “EL Juli”. Ante su primer enemigo, el mejor del encierro porque era noble y bravo y tenía harto recorrido tanto por el lado izquierdo como por el derecho, el michoacano paró, mandó y templó con el capote por verónicas, chicuelinas y una larga de escultura. Con la derecha, excelentes pases de castigo y en redondo para acabar de someter al toro y luego hilvanó derechazos y naturales en una cátedra de toreo clásico. Los pases de pecho haciendo pasar al toro en torno a su cintura fueron magníficos y sacaron a las gentes de sus asientos. El toro se agotó pronto y Ochoa lo despachó con la misma prontitud para cortar una oreja pedida unánimemente por el público. Este toro tuvo también arrastre lento asimismo un tanto injustificado.

Ante su segundo enemigo, y en pleno vendaval, poco pudo hacer Fernando Ochoa con el capote, pero con la muleta se puso en la cara misma del toro procurando no quitarle el engaño de los hocicos para poder ligar los derechazos luchando de esa manera contra el viento y contra el toro a costa de una posible cornada que no se dio, pero no se dio no por la buena fortuna del torero sino por el ejercicio que éste hizo de eso que se llama mandar, a saber, que el toro iba por donde él le ordenaba. La estocada fue ligeramente caída y pulmonera pero fue de efectos rápidos; la mayoría, entonces, pidió una oreja que el juez concedió y que una minoría protestó. 

Jose María Manzanares regresaba a la México después de dos años de ausencia por una enfermedad tropical que pescó en Colombia y que lo alejó no sólo de nuestros ruedos sino de una parte importante de la temporada española. Este torero no imita a su padre, es radicalmente distinto a él y sólo podemos establecer una comparación en el hecho de que es, también, un diestro de buen gusto. Siempre me ha parecido más un torero mexicano que un torero español, acaso por su radical carencia de teatralidad, una sobriedad no afectada, por lancear y muletear embraguetándose con el toro sin hacer alarde de ello. Y ayer salió como ha salido siempre a las arenas mexicanas, a torear bien, pero le tocaron en desgracia dos marrajos de Xajay que sólo tenían la presencia de toros bravos y con edad pero que eran sosos, sobre todo el que cerró plaza, un toro parado agarrado al piso con el que ya fue mucho mérito no verse mal.

Y así transcurrieron las lidias de sus dos toros, lidiando más al viento que al toro, pasándose animales sin emoción  por más que el alicantino procuró torear a la mínima distancia. Con el que cerró plaza, el toro abucheado a pleno pulmón por la concurrencia, no faltaron voces que le pedían a Manzanares que regalara un toro lo que, a Dios gracias, no hizo pues si el frío calaba el viento no permitía ya mantener la muleta mínimamente quieta. 

El público ha salido con la alegría de que ahora sí puede decirse que Ochoa está dispuesto a recuperar el tiempo perdido y ser, tarde a tarde, el buen torero que, en potencia, siempre fue pero, también, con la tristeza de que las cosas no se le dieran a Manzanares, un torero tan connatural con las inclinaciones estéticas del público de la plaza de toros México.

Comentarios a esta nota: paco.prieto@azteca21.com

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