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Música - December 5, 2008

“De son a son” con Jaime Yáñez, un artista popular multifacético

Bella viñeta que encierra en su
mensaje la alegría que se
siente y expresa con el son
Foto: Cortesía Jaime Yáñez
Para mis hermanos José Antonio Montero Monjaraz y Martín Acosta Garnica, por la amistad y su cumpleaños

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 5 de diciembre de 2008. Es un hombre frondoso, lleno de savia y de secretos, como la antigua ceiba mesoamericana. Es trovador, poeta, artista gráfico, músico, laudero y, añade, escultor. Todo esto se reúne en la persona de un hombre generoso y amable, amigo: Jaime Yáñez, a quien tuve el gusto de conocer y tratar en septiembre de 2008, en el pueblo de Palmar Chico, municipio de Amatepec, Estado de México, durante el “III Encuentro de Músicos, Bailadores y Versadores de Tierra Caliente”, donde impartió un curso de versificación –junto a José Samuel Aguilera– y participó musicalmente, tocando el arpa, con el grupo "Cal y Canto" y en las tertulias musicales posteriores con su amigo Nemesio Reyes.

Jaime proviene de una familia del occidente de México, en la que el arte es una presencia casi natural. Así, no es fortuito el parecido físico con su hermano Ricardo, el poeta creador de “Ni lo que digo” y otros libros, a pesar de la diferencia de edades y de complexión. Jaime me obsequió algunas postales aquella ocasión, que forman parte de su “De son a son. Alegoría gráfica del son jarocho”, una serie de dibujos en tinta que reflejan su visión acerca de este universo sonoro, mágico y en constante metamorfosis. Como el que ilustra esta entrevista, de un jaranero trovador que también representa al bailador, al zapateador que puede iniciar su ritual comunitario desde el mediodía, a pleno Sol, y acompañar despierto y fandangueando a la Luna en su tránsito hacia el alba. Así, pues, de esa obra gráfica y de otros sones platicamos en seguida.

Nemesio Reyes, Jaime Yáñez y
José Samuel Aguilera, culpables
principales del jolgorio
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Jaime, llevas muchos años ya dentro del son jarocho, no obstante, me gustaría que me contaras, "grosso modo", cómo fue que arribaste a él.

Yo llegué a Tuxtepec con la intención de estudiar la prepa en 1977 porque mi anhelo era estudiar en Jalapa, Veracruz, arquitectura y/o música, cosa que nunca pude hacer porque me casé a los 19 años y hubo que responsabilizarse. Renté una casita y justo en frente vivía Pedro Reyes, cuñado de Chico Hernández, los dos muy amigos, amigos de toda la vida, de Elías Meléndez. Pedro tenía un grupo de son jarocho que igual amenizaba una reunión que “charoleaba” por los bares de la ciudad. En sus ratos libres se ponía a fabricar instrumentos. Por ese tiempo yo andaba con la onda de la música folclórica o latinoamericana, así que todo lo que oliera a son me llamaba mucho la atención. Entonces, junto con un gran amigo, Alberto Díaz Cardoza y Félix alias “el Pelón”, ya andábamos en la fabricación de instrumentos como las quenas, los charangos, bombos y zampoñas, entre otros. Además, por mi parte, entendía bien el uso de las herramientas por mi padre, que siempre tuvo talleres… Un día entró mi esposa y me dice: “El señor de la tiendita está haciendo un arpa”, salí a verlo y de inmediato nos hicimos buenos amigos; él todo lo hacía a mano, así que le enseñé a usar herramientas que le facilitaran su trabajo, le mostré las cosas que yo hacía y ese día dejó en mis manos un arpa para que aprendiera. Empecé a tocar el son con la ayuda de Pedro y, siendo vecinos, convivíamos todo el tiempo. Con él aprendí a hacer los instrumentos de la región y nos hicimos compadres, después de esto sus amigos se hicieron mis amigos y mis amigos, amigos de él. No había un día en que no se armara el bochinche.

Eres trovador, poeta, artista gráfico, músico, laudero… ¿De qué manera te brotaron estas vetas artísticas y cómo las cultivas, pues todas exigen ese valioso factor que es el tiempo?

Te faltó escultor… Creo que es un mal de familia, la dispersión, no el arte. Yo veía que mi padre hacía tantas cosas y era muy bueno en todo; mi madre igual, se dedicaba a la costura, pero la veía siempre laboriosa como una hormiguita incansable, le amanecía y anochecía con el trabajo y en muchos de esos ratos la oía cantar muy alegre las canciones de Las Jilguerillas. Supongo que el más centrado era Ricardo, el poeta, pues nunca lo he visto hacer otra cosa que no tenga que ver con las letras, aunque le encanta la música y canta; me parecen actividades inherentes. En cuanto al tiempo, trato de hacer siempre lo más que puedo, cuando tengo algún dinerito lo invierto en eso que me encanta hacer, y cuando no, escribo. Siempre encuentro o hay algo que hacer, espero corregirme algún día, que llegue.

Háblame de tu participación en el grupo Cal y Canto, de José Samuel Aguilera, de Nemesio, de tu vida en Tuxtepec…

El grupo Cal y Canto lo formamos entre Samuel y yo con el deseo de hacer algo y además involucrar a nuestras familias, por lo que, al hacerlo bajo ese formato, en todos los lugares donde nos presentábamos no faltaba alguien que se sumara al grupo y participara. La familia atraía el gusto de familiarizarse y, más que amigos, nos hemos visto con todos como hermanos. No era el interés del grupo hacer de nuestro trabajo un boom, nada más nos divertíamos y convivíamos con lo que entendíamos; nunca ha dejado de ser lo nuestro.

Cuéntame de algunas experiencias que te haya dejado el III Festival de Tierra Caliente desde el punto de vista como músico (dentro de su participación como grupo), como impartidor del taller de versificación y, por supuesto, el personal.

La verdad es que en esto de los encuentros no hay oportunidad de convivir con los compañeros músicos como quisiera uno, andamos todos atareados con lo que se tiene que hacer… Lo bueno es que podemos relacionarnos y admirar el trabajo conjunto para luego, gracias a esto de la cibernética, permanecer comunicados. El taller me dejó satisfecho porque siempre algo enciende la mecha para alcanzar alguna idea importante, que cambia hasta la propia versión que uno arma de las cosas y, finalmente, todos salimos aprendiendo algo, aplicable o no a la vida y sus dichosas y bienhechoras circunstancias.

Jaime, ¿podrías comentarme algo acerca de tu alegoría gráfica "De son a son"? Es decir, me gustaría que me hablaras de su origen, de su proceso creativo –que, al parecer, abarca finales de 2002 y principios de 2003–, del reto de unir la palabra con la imagen, en fin, mejor cuéntame de ella, por favor.

La alegoría gráfica del son jarocho de Jaime Yáñez nace con el deseo de hablar del son desde el norte de Oaxaca porque hace 30 años nadie entendía por qué Tuxtepec disfrutaba y hacía suyo el son jarocho. Por aquel entonces escribí: “Así como el agua va/ de aquí para allá, mi hermano/ todo el canto de este llano/ nace de aquí y va pa' allá/ sin ninguna identidá/ ni cosa que la acredite/ por más que le ponga o quite/ uno al límite de estado/ lo que solito se ha dado/ no hay nada que lo limite”. Volviendo al tema también tenía la inquietud de promover un taller de la gráfica, que a la fecha seguimos gestando. A la técnica, a un amigo español, al que le decimos “el Tío”, se le ocurrió llamarla Vil Bic, porque todas las imágenes se hicieron con un vil lapicero Bic sobre cartulina por carecer de los elementos propios para la gráfica. Se expusieron primeramente en el 2003 en Tlacotalpan, en el marco de las Fiestas de la Candelaria, después en el Festival del Papaloapan, en Oaxaca en la galería El Sol y la Luna y en el museo del Palacio, en Durango, durante el Primer Encuentro Internacional del Arpa, y por ahí se han ido moviendo, aunque la colección original ya va incompleta por los que se han quedado en el camino. Cuando hacíamos la edición postal, Adán Zamudio me la solicito así: “Yo quiero ser un valiente/ de ésos que tú andas buscando/ por favor, veme anotando/ en tu lista pertinente/ yo quiero ese pan caliente/ que en Oaxaca se cocina/ sé que tiene buena harina/ azúcar sal y canela/ y, como decía mi abuela/, vale el pago y la propina”. Por otra parte, Mauro Domínguez, otro gran decimero, hizo una décima enumerativa con los títulos de las veinte imágenes: “Cantando de son a son/ María Azucena es matiz/ mi canto tiene raíz/ si baila Pilar Rincón/ hombre pájaro ilusión/ es del Martín Pescador/ y aunque chiquitito soy/ por el canto hago derroche/ buenos días, tardes, noches…/ les dice este valedor/. En el recorrido rapto/ al diablo de la jarana/ y la Negra Santa inflama/ al trovador y su canto/ en un día de toros santos/ y en febrero trasnochados/ van hombre y Luna atrapados/ por todos los que no están/ esto y más encontrarán/ en mi pecho apretujado./ Que la jarana es mujer/ idilio del jaranero/ la pareja con esmero/ mudanzas nos da a saber/ cazando moscas al ver/ en los fandangos a los/ trovadores que en su voz/ se va durmiendo la tarde/ págame con un son, compadre/ y adiós, morenita, adiós.

¿Deseas agregar algo más?

Bueno, gracias, mi hermano.

Gracias a ti, maestro.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Libros sobre Veracruz: www.vialibros.net

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