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Espectáculos - October 21, 2008

Sonora hace vibrar a Tamaulipas con danza y música yaqui y mestiza

Sudorosos y agitados, agradeciendo
los aplausos y el cariño de la gente,
mientras unas mujeres gritaban
'Viva Sonora' con inconfundible
amor por su tierra
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21
A Gabriela, Tania y Jesús; a toda mi familia de Sonora

 

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad Victoria, Tamaulipas. 21 de octubre de 2008. Al salir del teatro “Amalia González Caballero de Castillo Ledón”, del Centro Cultural Tamaulipas, me esperaba una gratísima sorpresa en la aledaña Plaza Juárez: la riqueza cultural de México llegó a mis oídos a través de las notas de un violín que interpretaba música de una danza de matachines. Irresistible el influjo, indescriptible la belleza y la carga simbólica; fascinado, me dirigí a la plaza, a ver con mis ojos lo que a mis oídos causaba tanto gozo.

Pronto me enteré de que era un grupo folclórico sonorense, “Tradición mestiza”, de la Universidad Autónoma de Sonora. Me tocó ver gran parte de la danza, seguida de otras de pascola y de venado. ¿Cómo describir un universo cuyas referencias cosmogónicas nos son ajenas? ¿Cómo describir la lluvia bienhechora, cómo intentar capturar el paso de la luz por nuestros ojos, cómo aproximarse a un fenómeno estético? ¿Cómo?

Yo lo hice embelesado, fascinado por la sapiencia y la claridad de las notas plenas de reminiscencias ancestrales de un viejo violinista yaqui acompañado por otros dos hombres jóvenes en la guitarra. Había mucha gente en la plaza, pero pude llegar hasta el borde del escenario, a unos metros de los músicos, mientras los danzantes hacían de las suyas en la tarima del escenario y, después, entre el público.

El tiempo transcurrió y se detuvo, pero el trance duró lo suficiente como para poder inferir la magistral destreza del viejo músico yaqui. Concluyeron las piezas indígenas y el ballet siguió con un bellísimo montaje al que llamaron “Sonora bronco”, ejecutado con vigor y entusiasmo por hermosas jóvenes y muchachos garbosos con música grabada. La gente aplaudía sin cesar y festejaba a los muchachos que bailaban fragmentos de polcas y chotises… ¡Ay, Sonora querida…!

Fue un espectáculo formidable, una extraña y poderosa mezcla de lo indígena puro y lo mestizo urbano. Cuando terminaron (creo que ya pasada la medianoche o muy próxima, por lo menos), el público los aplaudió efusivamente. La gente comenzaba a levantarse de sus sillas, cuando se anunció que “Marino quiere tocarles una pieza final”. El prodigioso músico yaqui. Como si fuera tan fácil establecer contacto con sus dioses a través de la música interpretó a la guitarra “La yaquecita”, acompañado de otro guitarrista, y la cantó a intervalos en yaqui y en español. Vaya, esa noche lo vi tocar violín, raspador de madera y guitarra con singular virtuosismo e incomparable alegría. Así es, bastaba verlo a los ojos para saber que su espíritu resplandecía, algo de él se elevaba muy alto, lejos de nosotros, los mortales que simplemente nos sometíamos a sus acordes y disfrutábamos su hechizo.

Les dieron reconocimiento, y el director del grupo, sudoroso y agitado, agradeció los aplausos y el cariño de la gente. Dos mujeres gritaban “Viva Sonora” con inconfundible amor por su tierra. Varias personas subieron expresamente a felicitar al músico, al director del grupo. Finalmente, a pesar del ajetreo imperante, éste accedió amablemente a charlar unos minutos, y más aún al enterarse de mi raigambre sonorense.

Lo aguardé unos minutos, en los que atendía asuntos varios y se vestía. Su nombre es Abel Román Amador Rodríguez, debe andar por los treintaitantos, supongo. “Mi abuelo era yaqui, yo soy mestizo”, me explicó. Le pedí que me contara su impresión de esta noche triunfal y de él. “Para empezar, nunca habíamos venido aquí, bueno tenemos amigos a los que conocemos desde hace unos 18 o 20 años, hace unos meses nos volvimos a encontrar y nos invitaron a venir a este festival. Ayer, cuando llegamos, primero que nada fue una sorpresa muy bonita, pues la gente de Ciudad Victoria es muy cálida, nos recibieron con unas mantas en las que decía que Sonora y Tamaulipas éramos hermanos por el folclor, algo así, algo muy bonito que no nos había pasado en otros lugares a los que hemos ido. Además, en la noche, nos hicieron una cena y una huapangueada, que tampoco la esperábamos, fue muy emotivo, sobre todo esta manera en que nos recibieron: una cena, nos bailó el grupo folclórico Xitzahuil del Ayuntamiento, que dirige el maestro Jorge Piña, y, para cerrar con broche de oro, nos tocó la maestra Soraima y sus huastecos, que estuvieron tocando huapangos. Fue una experiencia única, la maestra estuvo ahí hasta que nosotros dijimos ya porque era tarde y estábamos muy cansados después de más de 30 horas de viaje; todo muy bonito, la gente, el clima, el ambiente de este festival, muchísima gente en este evento… Finalmente, tú viste cómo estuvo aplaudiendo la gente de pie al grupo.

“Soy bailador de venado y pascola en la comunidad yaqui, nosotros bailamos en las tradiciones, en la fiesta de Semana Santa, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, en donde nos llamen, vamos y bailamos. Ya conociste a los músicos: Carlos y José Cazares, a Marino Ontiveros, Rafael Lozano y Germán Ayala, a David, según toque Marino pascola o venado, al profesor Enrique, que nos juntamos en la comunidad y bailamos con ellos, te digo, nos gusta esto, nos acercamos a la tradición, y ahí estamos con ellos ¿no? Somos bailadores de tradición con ellos, que nos han aceptado dentro de sus celebraciones, y pues bailarines aparte ya con una formación más académica, folclórica, pues soy licenciado en Artes, con especialidad en Danza Folclórica en la Universidad de Chihuahua, y tomé varios diplomados, también terminé hace poco una maestría en Promoción y Desarrollo de la Cultura, ésa es la formación que tengo, pero dentro de la danza estoy como bailarín, director y coreógrafo”, concluye este hombre con una sonrisa de oreja a oreja, feliz, que se despide de mí con un abrazo fraternal, después de invitarme a Hermosillo, al barrio yaqui, cuando vaya a visitar a mi familia sonorense. “Allá nos vemos, con el favor de Dios”, le dije, y me retiré de la plaza solitaria con el alma alborozada y el corazón lleno de dicha.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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