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Libros - October 15, 2008

“Los poemas solares”, de Homero Aridjis, el canto luminoso del poeta hombre

Aridjis es sin duda uno
de los grandes poetas
mexicanos del siglo XX y
comienzos del XXI, cuya
obra poética es luminosa,
poderosa, erótica,
resplandeciente
Foto: Cortesía FCE

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 15 de octubre de 2008. No hay mucho que decir cuando se trata de hablar de la luminosidad en la obra poética de Homero Aridjis: lo es todo, o casi todo. Es decir, la luz nos revela su palabra, su erotismo, su percibir el mundo con los sentidos, con los ojos, con la vista: privilegio del poeta, que se hermana con Carlos Pellicer y también todo lo que toca se llenará de luz, o con Paz, cuyo gran poema solar está revestido de luz.

Esto viene a cuento porque acabo de leer “Los poemas solares” (Fondo de Cultura Económica, México, 2005), del poeta michoacano Homero Aridjis, sin duda uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX y comienzos del XXI, cuya obra poética es luminosa, poderosa, erótica, resplandeciente.

El libro que me ocupa está dividido en cinco apartados (o poemarios independientes): “Los poemas solares”, “Los poemas soñados”, “Los poemas de la luz”, “El ángel de los misterios cotidianos” y “La araña hambrienta del amor profundo”, en los que podemos advertir –aquellos que nos hemos deslumbrado y cimbrado con títulos anteriores de Aridjis, como “Mirándola dormir”, “Perséfone” o “El poeta niño”– que la savia del poeta suena más reposada, más sabia y límpida. El otrora poeta niño es ya un hombre pleno, con toda la luz del mundo en sus ojos y la destila en sus poemas, la comparte para iluminar nuestras tenebrosas actualidades.

En “Poema al sol”, por ejemplo, un diálogo entre un pintor y un poeta, Aridjis logra versos prodigiosos (“Oh, sílaba amarilla,/ oh, girasol vidente…”) y una catarsis poética (“De tanto verlo, mis ojos se han vuelto solares, /de tanto nombrarlo mis palabras fulguran…”), una reiteración de que el acto poético es revelación, pero también es búsqueda incesante, es creación de destellos, de chispas, de interrogantes eternas… porque la poesía del poeta nacido en Contepec en 1940 también explora los misterios de este mundo y sus fantasmas.

Creo que tampoco es casual ese diálogo inicial entre el pintor y el poeta, ambos artistas que trabajan en la luz, se sumergen en ella y con ella paren sus obras (incluso hay varias alusiones a pintores en sus poemas). Aridjis también es un pintor figurativo y abstracto, según su estado de ánimo. Así en este fragmento de “Imágenes solares”: “Allí estaba ella desnuda,/ con su corona blanca/ y su rostro resplandeciente./ Virgen de los ojos encendidos,/ nadie estaba aquí para apreciarte,/ nadie estaba aquí para decirte:/ ‘Eres bella’”. O en este otro, del mismo poema: “Tiempo diferido./ El futuro estaba aquí/ antes de que nosotros/ fuésemos olvido”.

En “Los poemas soñados”, el poeta se reencuentra de algún modo con sus padres –padre él mismo, el reflejo en el espejo– y los rememora con amor, con la luz sencilla y diáfana de los ojos de niño; asimismo, lamenta la pérdida del fiel compañero, su perro, y le dedica un poema (y otros versos en otro apartado del libro), “Soliloquio de Rufus”, que también es el testimonio de la brevedad de la felicidad, del estar juntos, de la vida. En cierto modo, los poemas de este apartado son una especie de exorcismo del dolor, de las pérdidas, de limpiar la pátina del alma.

En “Los poemas de la luz”, Aridjis reúne pocos poemas, que igual y podrían haberse incluido en los solares, son breves, pero de radiación poderosa, como se aprecia en el siguiente “Poema de la luz”: “La luz, palabra del Ojo soñador./ La luz, el universo yo./ La luz, puerta de toda la poesía”, muy cercano al aforismo.

“El ángel de los misterios cotidianos” incluye poemas sueltos, casi misceláneos, en los que el poeta se detiene a intentar descifrar misterios (“El ángel de la inspiración”), a mostrar la otra cara de la realidad (“Antibucólica”) o a capturar momentos (“Terremoto”), como en “Palmera”: “Cuerpo arcaico de diosa,/ con su falda rayada./ O piña coronada/ de penachos verdes./ Cachondeada por vientos,/ no deja de bailar”.

En fin, hay mucha poesía en “Los poemas solares” –cuya ilustración de portada, por cierto, es de Francisco Toledo–, donde Homero Aridjis reflexiona también sobre el tiempo transcurrido, sobre su generación poética y existencial, traza emociones en ruinas arqueológicas, plasma su amor por los animales, pasea de repente por su infancia y, sobre todo, reconfirma que es poeta desde el nombre y que lo será hasta el final de sus días.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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