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Música - September 23, 2008

Azteca 21 entrevista a Reynaldo Mota Molina, autor de “Galería huapanguera. Esencia de una tradición

Junípero Cabrera Berrones,
Director del Museo Histórico de
la Sierra Gorda, Don Lupe Reyes,
afamado cantor queretano,
el autor y Luis Castrejón Durán del IQC
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. El domingo 31 de agosto, durante el último día de actividades del XIII Festival de la Huasteca, efectuado en Xilitla, San Luis Potosí, tuve la oportunidad de conocer personalmente a un hombre con el que, hace un par de años, había intercambiado eventualmente mensajes por correo electrónico debido a que compartimos algunos intereses sobre música tradicional mexicana. Con este antecedente, le escribí para comentarle de la posibilidad de vernos en Xilitla con el propósito de realizarle una entrevista acerca de un libro suyo que iba a ser presentado en la fecha susodicha; accedió con amabilidad y disposición.

Por fortuna, pude ir a Xilitla y él salió bien librado –de acuerdo con las circunstancias– de un accidente carretero que sufrió ese mismo domingo en compañía de su familia cuando se dirigía a la presentación de “Galería huapanguera. Esencia de una tradición” (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, Al Rescate de Nuestras Tradiciones, Museo Histórico de la Sierra Gorda, y los gobiernos municipales queretanos de Arroyo Seco, San Joaquín, Landa de Matamoros y Pinal de Amoles, México, 2008), que, según me comentó, apenas había recibido un día antes a las 18 horas.

Esa tarde xilitlense lo acompañaron en la presentación Junípero Cabrera Berrones, director del Museo Histórico de la Sierra Gorda, y Luis Castrejón Durán, del Instituto Queretano de la Cultura y las Artes; a los pocos minutos se agregó, con su simbólica presencia, don Lupe Reyes, el afamado cantor queretano, quien acudió a apoyar a su amigo. Al concluir, Reynaldo, sereno, pero aún con las secuelas del susto en su rostro, atendía a las personas que se acercaban a adquirir su libro y le pedían un autógrafo. Así las cosas, acordamos vernos más tarde, pero, como es entendible, ya no hubo tiempo para la entrevista, la cual realizamos mediante correo electrónico. En seguida, el testimonio de una vocación, de la pasión de un hombre por sus raíces culturales, Reynaldo Mota Molina, quien, dicho sea de paso, reside en Jalpan de Serra, Querétaro.

Reynaldo, independientemente de lo que señala en el prólogo, me gustaría que me contara qué momento o suceso recuerda en su infancia o adolescencia o en otro momento de su vida como el que lo ligó al gusto por la música mexicana, tradicional o no, pues, siendo oriundo de la capital de la República, me parece que estuvo marcado por múltiples influencias o gustos musicales…

Desde que tenía entre dos y dos años y medio de edad, según mi madre, manifestaba clara afición a la música. De esa edad, el primer recuerdo que registro es la canción “El amor de mi bohío”, que escuchaba por la radio, único medio de comunicación masiva de aquella época. Con el tiempo, investigué que el autor es el maestro Rafael Hernández, el intérprete don Pedro Vargas, la grabación en la RCA Victor en el año 1937, que coincide perfectamente con mi edad; nací en 1935 en la colonia Álamos de la ciudad de México. Los discos de entonces eran de pasta de 78 rpm y tengo un disco original con esa grabación. En casa escuchábamos la XEW, la XEB, la XEQ, en las que se transmitía mucha música mexicana con artistas en vivo como Lucha Reyes, la Orquesta Típica de Miguel Lerdo de Tejada, los hermanos Domínguez, un dueto de jovencitas hermanas —no recuerdo su nombre— que patrocinaba la “Crema de Almendras de Ibáñez”, que con el tiempo tuve la oportunidad de conocer a una de ellas, esposa de un gran amigo, en fin. Más adelante a Los Trovadores Chinacos, Los Plateados –de quienes me encantaban sus huapangos, especialmente el floreo del violín del “Viejo” Elpidio, a quien muchos años después tuve el privilegio de acompañar con la guitarra sexta en una reunión informal–, Toño Santillán y sus Caimanes y el trío Los Calaveras, que en su repertorio incluían huapangos —me los aprendía todos—, como “El arreo”, “La rosita”, “El pastor”… Otras influencias iniciales definitivas, entre muchas, fue el Trío Tariácuri y Luis Pérez Meza, el “Trovador del Campo”. Las canciones campiranas siempre despertaron en mí, desde entonces, un sentimiento especial de mi patria. La música en mi gusto se diversificó ampliamente y entre las preferencias, además de la tradicional y la mexicana en general, están el jazz, bossa-nova, clásica, instrumental, etcétera, con la que he integrado, sin proponérmelo, una fonoteca que consta de más de cuatro mil volúmenes entre cilindros de cera (Edison), discos de pasta, Larga Duración (LD), cartuchos, casetes y cintas magnetofónicas, hasta discos compactos (CD). Además de los reproductores respectivos, cuento con un fonógrafo Edison 1894 y un fonógrafo Víctor 1902.

Cuénteme un poco más de sus proyectos y programas radiofónicos en la Sierra Gorda, como “Al rescate de nuestras raíces” y otros, de su misión –así la quiero ver– como promotor cultural.

Cuando llegué a la sierra queretana, hace más de veinte años, me percaté de que el patrimonio cultural de la región era muy valioso, y poco conocido en ese entonces, incluyendo el huapango. Poco se hablaba de la misiones franciscanas que construyó fray Junípero Serra; la gesta heroica de los chichimecas-jonaces que habitaron la región era prácticamente desconocida —aún lo sigue siendo—; la etnia Xi’ui (pame) establecida en territorio queretano era despreciada por los lugareños de Tancoyol; los cuisillos diseminados en varios sitios eran maltratados o destruidos, en fin, muchos otros aspectos. Desde mi perspectiva, el patrimonio cultural requería atención y, por tanto, investigación, difusión y promoción en varios órdenes. Con esta idea, diseñé el Programa Cultural “Al rescate de nuestras raíces” (D.R.). Lo prioritario fue abocarse a la revitalización del huapango en sus dos vertientes en la región serrana, huasteco y arribeño, dado que el primero se encontraba decaído —el único trío consolidado y reconocido en ese entonces era Fortunato y sus Cometas, pero en general los músicos padecían marginación y falta de trabajo— y el segundo se encontraba en punto de extinción —don Lupe Reyes, único poeta decimista de calidad, era prácticamente desconocido—. El vehículo fue el programa radiofónico dominical —único tiempo que me permitían mis actividades profesionales— que con ese epígrafe realicé en la radiodifusora local, Radio Felicidad. El éxito del programa radiofónico me llevó a realizar, en compañía de muchas personas, los festivales de huapango con el mismo epígrafe, “Al rescate de nuestras raíces”, durante los años que señalo en el libro [1995-1997, 2004], con la satisfacción de haber alcanzado grandes logros para la región serrana, cuyos testimonios están a la vista. Al mismo tiempo, se abordaron los aspectos de investigación y difusión de rubros como la etnohistoria de la región, que luego se ampliaron al ámbito nacional. Los temas han sido difundidos a través de la prensa escrita, principalmente en el periódico “Mensajero Querétaro”, en la televisión cultural y por cable, en radiodifusoras de Querétaro y la ciudad de México y a través de Internet, además de otros foros de participación directa. El proyecto editorial “Galería Huapanguera” es parte integrante del programa cultural mencionado y tengo en puerta nuevos proyectos editoriales que desarrollaré a partir de 2009. El programa cultural incluye la promoción y difusión de la gastronomía de la sierra queretana y la realización de programas de radio vía Internet, así como la creación de la página web.

Reynaldo, déme su visión, un instante inolvidable del homenaje que le organizaron ustedes a don Heliodoro Copado y que usted reseña en su libro, así como su opinión acerca de ese gran violinista queretano…

Hablar de don Heliodoro Copado me significa un honor. La admiración y el respeto que me merece su memoria son inefables. La absoluta disposición de él y su familia, principalmente doña Vicky, su esposa, para aceptar el homenaje que se realizó en Ahuacatlán de Guadalupe, municipio de Pinal de Amoles, cuando aún estaba muy reciente la crisis de la embolia que lo afectó en Los Ángeles, Estados Unidos, fue verdaderamente admirable. Más aún, cuando en un despliegue de entusiasmo y fortaleza de espíritu —como gran hombre que fue—, él mismo ofreció tocar un son huasteco: escogió “El caimán”, del que todos sabemos su grado de dificultad, y todavía otro más, ante la respuesta y entrega del auditorio. Fueron momentos inolvidables que quedan inmarcesibles en la memoria. Lo acompañaron en esta histórica ocasión otros entrañables amigos, Los Brujos de Huejutla. Otro suceso que pinta de cuerpo entero la grandeza del hombre-artista se dio en San Joaquín, durante un concurso de baile de huapango, no recuerdo el año con precisión, pero aconteció que la mayoría del público no estuvo de acuerdo con el veredicto del jurado calificador que, en la categoría de campeón de campeones, dio el primer lugar a una pareja de Tamaulipas, cuando ese público opinaba abiertamente que lo merecía una pareja de Veracruz. Se armó tal escándalo y rechifla —la más grande que yo haya presenciado en San Joaquín— que los ánimos estaban a punto de desbordarse. En ese momento, don Heliodoro y Los Camperos de Valles comenzaron a tocar “La Dardanela” —entiendo que es una danza zíngara— con tal maestría que, poco a poco, se fueron calmando los ánimos hasta quedar en absoluto silencio admirando el virtuosismo de don Heliodoro, y las cosas retomaron su curso en completa calma. Ése era el tamaño del gran maestro.

Algo llama mi atención de su libro, eminentemente periodístico, hay una nota fechada en 1994, creo que es la única de esa década, y las demás, fechadas en esta primera década del siglo XXI, ¿qué sucedió en ese lapso, por qué no hay más notas de los noventa?

El periodo que, en términos generales, abarca la edición de “Galería Huapanguera” es de 2003 a 2006. El artículo al que se refiere lo escribí originalmente en 1994 para el periódico que edita el Patronato Pro Huapango y Cultura Huasteca de Amatlán-Naranjos, Veracruz; los editores de las otras publicaciones mencionadas me lo solicitaron para sendas revistas culturales. Yo lo utilicé para el contexto del capítulo 6 [“Huasteca queretana”] de mi libro. “Galería Huapanguera” es una columna que nació en junio de 2003 en el periódico “Mensajero de la Sierra Gorda” (hoy “Mensajero Querétaro”); tuvo un receso de seis meses en 2007 y a partir de entonces se publica ininterrumpidamente. Sin embargo, desde 1988 escribo sobre tópicos del huapango conforme el desarrollo de mis actividades periodísticas y culturales de esa época, primero en el periódico regional “La Voz de la Sierra”, temporalmente en “Tribuna” de la Universidad Autónoma de Querétaro y después en el mencionado “Mensajero”, sin que la columna tuviera un nombre específico de identidad. En esas épocas, el título del artículo en cada ocasión indicaba el tema correspondiente. Fue en 2003 cuando la columna tomó el formato actual aglutinando los aconteceres que menciona el libro, que se remontan hasta el año 1984-85 en que pisé la sierra queretana.

La inclusión del disco compacto multimedia es un aporte valioso, ¿cómo surgió la idea, Reynaldo, y cómo fue el trabajo, la talacha, pues, de imbricar el disco y el libro?

El concepto de galería fue concebido desde el inicio de la columna “Galería Huapanguera”; siempre he ilustrado con imágenes los textos que escribo con la intención de fortalecer el contenido y mostrar gráficamente los aspectos esenciales de los temas abordados, en este caso, con tres imágenes invariablemente. Trasladar al libro este esquema no era práctico, de modo que la forma de enriquecerlo fue, precisamente, incluir un CD que mostrara visual y auditivamente las características del huapango y de su entorno. Así, las imágenes fijas, es decir, la galería, se seleccionó entre las impresas en el libro y las que se muestran en el CD debidamente ordenadas; el video es el testimonio vivo de algunos personajes del huapango y el audio enmarca perfectamente el concepto editorial integral.

¿Cuál es la importancia, a su modo de ver, de la selección de sus trabajos periodísticos en “El Mensajero de la Sierra Gorda” reunidos en este libro?

Debo decir que la importancia del trabajo periodístico no la determino yo; con frecuencia recibo comentarios del público, siendo la mayoría alentadores —también los hay negativos—, incluso me han solicitado artículos para otras publicaciones y para algunas instituciones educativas y culturales. Prácticamente todos los artículos publicados en el “Mensajero”, durante el periodo que nos ocupa, están incluidos en el libro, salvo los que, de alguna manera, resultaban repetitivos debido a la temporalidad en que fueron escritos, aun así, los aspectos no repetitivos de esos artículos están contenidos en la edición.

Usted titula su libro de manera elocuente, pero abunde un poco más, por favor, acerca del subtítulo: “Esencia de una tradición”.

El trabajo de promotoría cultural que me he autoimpuesto ha seguido una línea a través de todos estos años: lo genuino, tanto en lo que se refiere al canto, al verso, a la música, al baile, al atuendo, al contexto mismo del huapango, como en los foros en que ha sido presentado y los medios en que se ha abordado. La razón es que la esencia de la patria mexicana emana a través de su cultura y de sus tradiciones; es lo que da sustento, fuerza y valor a nuestro ser. Por esto, nos merece el mayor respeto realizar el trabajo de transmitir fielmente la esencia de una tradición tan importante como lo es el huapango y tratamos de hacerlo con la mayor responsabilidad.

¿Hay alguna nota o algún personaje –músico, trovador, bailador…– que no pudo entrar o que no pudo entrevistar o elaborar, es decir, qué se le quedó en el tintero?

Naturalmente, hay, por fortuna, muchísimos personajes más tanto del huapango huasteco como del arribeño que no solamente no entraron en el libro, sino que hasta ahora no ha sido posible contactarlos debido al tiempo y la distancia, y que merecen ser conocidos y reconocidos por su labor dentro del ámbito del huapango. Las notas sobre ellos están esperando. El tiempo de vida propia y la de ellos no será suficiente.

Me enteré de que tuvo un accidente antes de llegar a Xilitla, precisamente para la presentación de “Galería huapanguera”. Por favor, ¿podría hablarnos un poco de eso?

El desafortunado percance, a unos cuantos kilómetros de Xilitla, se debió al pavimento mojado y resbaloso. El carro comenzó a zigzaguear y, antes de que se tornara incontrolable, preferí dirigirlo hacia la pared de tierra para detenerlo, de otra forma no sé dónde hubiéramos parado. Afortunadamente, los daños fueron menores; mi hija Liliana resultó la más lastimada —a la fecha usa collarín—; de los daños materiales vamos saliendo. Lo importante es que, a pesar de esto, estuvimos a tiempo en el foro del festival para presentar el libro.

De esta manera, Reynaldo Mota Molina ha recopilado su trabajo periodístico dedicado, fundamentalmente, al huapango huasteco y arribeño, en “Galería Huapanguera”, un libro apoyado por el PACMYC (Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias), en el que nos entrega, de forma amena y enterada, sus encuentros, investigaciones y conocimientos con y de nuestras tradiciones, ilustrado con abundantes fotografías, complementado lo anterior con útiles glosario e índices geográfico, musical y onomástico, además del disco compacto multimedia ya comentado. En suma, un libro que enriquece el acervo sobre nuestras tradiciones.

PD. El miércoles 24 de septiembre, dentro de las actividades del Séptimo Encuentro de Culturas Populares e Indígenas, se presentará “Galería Huapanguera. Esencia de una tradición” en el cineteatro “Rosalío Solano”, sito en 16 de septiembre Poniente 44, Centro Histórico de Querétaro.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Libros sobre Querétaro: www.vialibros.net

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