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Arte y Cultura - September 14, 2008

Rebeliones encabezadas por Jacinto Canek, el Negro Yanga y el indio Mariano, antecedieron la de 1810

Los españoles obligaban a
indígenas y negros a realizar
trabajos en condiciones
infrahumanas, actos que
desembocaron en acciones
libertarias posteriores
Foto: Cortesía INAH

Ciudad de México.- 15 de Septiembre del 2008.- (CONACULTA) Aquel silencio no era común en la Hacienda La Concepción, ubicada en algún lugar de Veracruz. Esa noche era la más oscura de los últimos años y entre el viento caliente que soplaba se alcanzaban a escuchar murmullos.

 

Algunas antorchas se encendieron iluminando el negro panorama. De pronto gritos e indicaciones de rodear los campamentos donde los terratenientes españoles dormían. Una voz grave dio la orden de prenderles fuego.

 

Era Gaspar Yanga, esclavo perteneciente a la familia real de Gabón, conocido también como Negro Yanga, líder de los esclavos insurrectos que pelearon por su libertad en 1570, hartos de las condiciones infrahumanas a las que fueron sometidos durante las largas jornadas de trabajo en los cañaverales.

 

Fue esa noche, cuando armados con palos, cuchillos improvisados y piedras, lograron escapar con destino a las montañas del Cofre de Perote, la Sierra de Zongolica y el Pico de Orizaba.

 

Adaptados a las características de la zona, pasaron varias décadas robando ganado y asaltando diligencias para sobrevivir. Cautivos en la clandestinidad, los ex esclavos encabezados por Yanga estaban conscientes de su vulnerabilidad, por lo que decidieron establecer negociaciones con la Corona. El líder ofreció deponer las armas a cambio de territorio libre para fundar un pueblo de ex esclavos.

 

Sin darse cuenta, con la insurrección rompieron un régimen legal, político y jurídico basado en el sometimiento y la represión. Propusieron uno nuevo, al cual adaptaron algunas obligaciones que la Corona Española exigía. Inicialmente adoptó el nombre de San Lorenzo de los Negros y desde 1932 se conoce con el apelativo del libertador.

 

Los nuevos habitantes libres se comprometieron a ser leales a la Corona, colaborar en caso de guerras, pagar impuestos, admitir a los evangelizadores y no aceptar a los negros que huyeran después de la fundación e, incluso, entregarlos a las autoridades. A lo anterior, se adhirieron nuevas leyes y reglamentos que regirían al lugar.

 

Además del episodio anterior, a lo largo y ancho del territorio nacional las huestes españolas sometieron a innumerables grupos indígenas y de negros para realizar trabajos forzados en condiciones infrahumanas, actos que sembraron el descontento general, lo cual se convirtió en “caldo de cultivo” para acciones libertarias posteriores.

 

El aire rebelde permeaba el territorio nacional. A oídos de otros grupos esclavizados llegaban las noticias de los movimientos registrados en otras latitudes, por lo que, armados principalmente con su valor y dignidad, organizaron nuevas acciones.

 

Paulatinamente se sucedieron brotes de violencia en contra de los españoles. Otro de estos episodios que ayudaron a configurar el camino independentista de México fue el abanderado por Jacinto Canek, indígena maya que encabezó la rebelión en la ciudad de Mérida, el 20 de noviembre de 1761.

 

Conocida entonces como la Ciudad Blanca, se caracterizaba por sus altos índices de racismo y represión. El mote se origina, precisamente, de la intención que tenían las autoridades de entonces por convertirla en un lugar donde únicamente vivieran personas de raza blanca.

 
    
Motivado por esta situación y al ser protagonista de las condiciones en que miles de sus compañeros vivían, Canek organizó a un numeroso grupo de indígenas, quienes a pesar de su no contar con los recursos necesarios para un enfrentamiento, obtuvieron su libertad.

 

Otros movimientos se verificaron en lugares como Zacatecas, entre esclavos negros e indígenas; la Ciudad de México; Pachuca, Hidalgo, y uno más encabezado por el Indio Mariano, en Tepic, Nayarit –región conocida en esa época como Nueva Galicia–, en el año de 1801.

 
    
Todos y cada uno de los movimientos revolucionarios o independentistas se consideran el origen de un nuevo status quo, y se convirtieron en punta de lanza de procesos políticos, sociales y, sobre todo, jurídicos.

 

Éste es el tema de estudio que aborda José Luis Vargas, investigador de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), en su trabajo Aportaciones jurídico-políticas de los primeros movimientos de independencia en México, presentado en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

 

Su investigación forma parte de los ciclos de conferencias organizados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en torno a la conmemoración del Segundo Centenario del Inicio de la Lucha por las Independencias, el cual se celebra este año.

 

Si bien el referente histórico de la Independencia de México es 1810, se debe subrayar que dos años antes, en 1808, se comenzaron a gestar las acciones para iniciar ese movimiento.

 

“Todos estos acontecimientos, junto con el de 1810, tuvieron un antecedente pacífico basado en cuestiones jurídicas que se vieron interrumpidas sin obtener resultados favorables para los interesados. Al ver frustrados los intentos políticos por alcanzar tratos justos y reconocimiento, los respectivos grupos decidieron pasar a las acciones sangrientas y bélicas”, mencionó Vargas.

 

El especialista concluyó al señalar una serie de acuerdos, decretos y planes que se redactaron tras la conclusión de las revueltas. El Plan de Iguala, el Decreto Abolicionista de la Esclavitud y el Plan de Guadalupe, entre otros, son claros ejemplos de las aportaciones jurídico-políticas, y de las nuevas configuraciones sociales que tomaban forma tras los hechos.

 

Otro ejemplo es la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que rige actualmente a la sociedad de nuestro país, la cual se constituyó en 1917 como resultado de la Revolución de 1910. Sin duda, uno de los grandes aportes jurídicos que un movimiento ha dado a un país.

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