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Arte y Cultura - August 1, 2008

El sentido de trascendencia en la obra fotográfica de “Tenpach”

Bella fotografía donde el
contraste entre la mujer
y la naturaleza se combinan
de manera esplendorosa
Foto:
Cortesía Nicolás Reyes Cárdenas

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 31 de julio de 2008. La mayoría de los artistas pasan por escuelas para formar su bagaje cultural y depurar sus herramientas expresivas, así como también para aquilatar su talento y aumentarlo de manera exponencial. Otros, simplemente tienen el germen del arte y, desafortunadamente, nunca lo desarrollan por diversos motivos; algunos más, en cambio, tienen a veces la oportunidad de desarrollarlo, se les revela, les crece y se convierte en el motor vital de su existencia. Este último caso es el de Nicolás Reyes Cárdenas, “Tenpach”, quien en los años recientes pasó del registro en video de festivales y encuentros huastecos a la inquietud de captar para la posteridad imágenes que le salían al paso en sus andanzas y que sólo la fotografía le permitiría registrar. Nicolás tuvo, a partir de un suceso que puso en riesgo su vida, una especie de anagnórisis, que, a su vez, lo impulsó a concentrarse en la fotografía para trascender la vida.

Nicolás nació en Temapache, Veracruz, en la década de la expropiación petrolera, y durante muchos años trabajó en PEMEX, dependencia de la que ahora es jubilado. Viajero empedernido, ha recorrido gran parte de la República y realizado varios viajes al extranjero. Amante de las tradiciones mexicanas, lleva varios años recorriendo la Huasteca, sobre todo la de su estado natal, la poblana, la hidalguense y la queretana. Actualmente, reside en el municipio de Cuautitlán Izcalli, Estado de México.

Ya va para dos años que la fotografía se ha vuelto para él algo más que la captura de imágenes, en que ha hecho de ella el pathos de su existencia, es decir, la pasión que lo alienta a recorrer caminos, lugares y paisajes, a vislumbrar rostros, detalles que parecen esperar su paso para mostrarse, para revelarle los murmullos que los habitan. Porque en estos aspectos radica la fuerza de las imágenes de Nicolás: estar en el lugar y momentos adecuados y su capacidad –en pleno desarrollo– de descodificar esas señales secretas que permiten al artista penetrar en los arcanos de la creación, esenciales a todo fotógrafo, complementados por la técnica, por lo que se puede aprender y adquirir con el estudio, con los amigos fotógrafos.

Así, en mayo de 2006 montó su primera exposición fotográfica en Citlaltépec, Veracruz, durante la “Segunda Fiesta Huasteca”. Posteriormente, en 2007 exhibió su trabajo en Querétaro, luego, creo, hubo otras dos; en abril de 2008 expuso por primera vez en el Distrito Federal, en el interior del edificio delegacional en Xochimilco, durante el “Segundo Festival Musical Cultural”. Con esta última muestra tuve oportunidad de apreciar mejor su trabajo, pues ahí, de un modo u otro, era una especie de retrospectiva.

La destreza artística de las manos
y pies mágicos de un artesano
que teje la palma
Foto:
Cortesía Nicolás Reyes Cárdenas

Con el paso de los años y de las exposiciones, ya podemos identificar los intereses que mueven la lente de Nicolás: artesanos, bailadores, gastronomía, músicos, lugares y rostros. Por supuesto, se ha enfocado en unos más que en otros, y esto es evidente, lo que también se puede advertir en los resultados obtenidos.

En el caso de los artesanos, la mirada de Nicolás se posó sobre un tejedor de palma y una tejedora; aquí logró una imagen plena de luz, en la que el hombre –metáfora de su dominio sobre la materia– parece domeñar al sol. Los bailadores, como anoté en otro artículo sobre el trabajo audiovisual de “Tenpach”, parecen ejercer un influjo especial sobre sus ojos. A pesar de ser numerosas sus tomas, pocas valen la pena desde el punto de vista estético, ya que este tipo de fotografías exige más al fotógrafo. Sí, ha logrado muchas hermosas, pero con el inevitable sello de postal o posadas. Hay dos o tres que se salvan, cuando capta a solistas o parejas en movimiento, como la de la hija del músico Jorge Morenos o la pareja que simula ser un par de tórtolos. Sin duda, la más valiosa, a mi parecer, es la del bailador tradicional Alfredo Meléndez Macías, hombre que rebasaba los noventa años y seguía ejecutando la danza de “Los negritos” el año pasado en Huauchinango, donde fue homenajeado; no lo he podido confirmar, pero creo que ya partió, inadvertidamente, de este mundo. En ésta, el hombre parece compartir el deseo de “Tenpach” y logra transmitirle su paz y templanza, un momento de eternidad. O sea: el anhelo de trascender.

Respecto de la gastronomía, Nicolás no se ha resistido al encanto del zacahuil, pero no ha conseguido elevarlo –fotográficamente– a la altura del arte. En cambio, tiene un acierto en la toma de la mujer que hace tortillas en un comal calentado por leña, seguramente en la Sierra Norte de Puebla. La magia del instante hace desear saborear una de esas tortillas, no obstante no estar hechas “a mano”, sino con ayuda de “la máquina”, como lo delata el plástico redondo. Pero en términos de composición, como en todas las otras tomas maestras, no hay ninguna objeción.

La música no está exenta de la mirada atenta de “Tenpach” y aquí mostró en Xochimilco buenos resultados, incluso unos excelentes. Así resalta un anónimo y colorido violinista rarámuri –¿o huichol?– sobre un fondo negro, que da la impresión de estar aislado del mundo, como si sólo contarán él, el violín y su diálogo musical con su divinidad o sus ancestros… Luego don Lupe Reyes con su quinta huapanguera, también sobre fondo negro, como si con su guitarra fuera saliendo de las tinieblas y llevara la luz que acompaña a la música. Entre otras lecturas posibles y válidas, el viejo cantor queretano transmutado en un armado Prometeo moderno. Luego hay otras regulares, una de un violinista, que presumo huasteco, pero al que no conozco o recuerdo, y una de Perfecto López y "Tradición Serrana". Por cierto, no estaría nada mal una ficha o tarjeta que, mínimamente, informara del nombre de los músicos, fecha y el lugar en que fue tomada cada foto. También había una sin mayor mérito que el registro del momento: es en Citlaltépec y están un trovador (¿se apellida Mar?), Miguel Compeán, Lázaro López y Arturo Castillo Tristán.

En cuanto a lugares, destaca el gusto del fotógrafo por el paisaje, explicable naturalmente porque ha convivido muchos años con él, lo ha vivido. Hay dos de lugares de la Sierra Norte, supongo, en que, como es normal allá, la tierra se confunde con el cielo y la neblina pareciera ser el hilo que los une, en una simbiosis casi perpetua. En este mismo rubro podemos incluir a cuatro buenas fotos de detalles de lugares, como una rueda que parece transitar por una vía descarrilada, una ventana abierta que muestra la luz: una cruz y la sierra próxima (quizás en la Sierra Gorda queretana), un par de formaciones rocosas difíciles de ubicar, pero que nos hablan en su lenguaje pétreo de la belleza del mundo.

Por último, mas no por ello menos importante, podríamos denominar “Rostros” el otro posible grupo temático de fotografías. Quizás aquí se ubica la mejor toma de “Tenpach” y que posiblemente solita bastara para ayudarlo a trascender ahora y más allá: una anciana con la cara surcada de incontables arrugas y una expresión de indiferencia mundana es bañada por un haz luminoso que le confiere una belleza extrema, evidente y difícil de explicar, salvo por la magia de la luz. Hay otra muy buena, es de una anciana en la que su expresión y el contexto (que nos ayuda a considerarla como curandera en Huauchinango, 2007) le otorgan su significación plena, incluso preñada de sarcasmo. Otra buena es de una anciana que carga ramos de flores blancas, emergiendo de la verdura del monte, casi como si flotara o se deslizara por el aire (esto, infiero, podría situarse en la Sierra Norte de Puebla). Otra de menor interés, muestra a tres niños chamagosos en distinta actitud y mirando a diferentes puntos.

De esta manera, podemos concluir que los logros más notables de “Tenpach” están en lo que podrían ser “Rostros”, “Lugares” y “Músicos” y reforzar las otras áreas de su interés, especialmente en la de bailadores, pues dada la cantidad de intentos, valdría la pena continuar el esfuerzo, pues es un rubro que exige más al artista en todos los sentidos. Así las cosas, “Tenpach” tiene el ojo y el tiempo del cazador de imágenes, amén del talento para ser un gran fotógrafo, sólo le faltan más rigor, autocrítica y pasar más tiempo con la cámara fotográfica en la mano. Pero tres o cinco de sus imágenes podrían incluirse fácilmente en una exposición nacional o extranjera sin dificultad o en un libro sobre determinado tema, lo que es indicio de que, efectivamente, late en él el pathos del artista.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

Libros sobre fotografía: www.vialibros.net

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