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Arte y Cultura - July 22, 2008

“Las Quince Letras”, un espacio cultural “sui géneris” en Zacatecas

Vista de una cantina sinigual
en la que cada rincón y
cada cuadro son testigos
mudos de historias 
de amor y desamor 
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 22 de julio de 2008. A pocas cuadras del Centro o, lo que es casi lo mismo, de la Plaza de Armas de Zacatecas se encuentra un lugar fantástico, mágico y cordial. Está en la calle Mártires de Chicago, pasando el majestuoso templo de San Agustín, a una cuadra del Congreso local. Se trata de “Las Quince Letras”, quizás la cantina más antigua del estado y sin duda una de las más añejas del país –”El Nivel”, que estaba a un costado de Palacio Nacional, en la capital de la república, databa del siglo XIX–, pues fue abierta en 1906. Hace pocos años, en 2004, el Ayuntamiento de la ciudad le otorgó, justamente, en mi opinión, el permiso de operar bajo el giro de Galería Cantina.

En agosto de 2007 estuve en esa ciudad y, después de concluir las actividades culturales que fui a cubrir, tuve la oportunidad de volver a concurrir a esa legendaria cantina, pues ya había estado en anteriores ocasiones. Ah, parafraseando a Renato Leduc, pocos lugares como “Las Quince Letras” para gozar de la dicha inicua de matar el tiempo, de saborearlo, de darle otro sentido.

En efecto, esta cantina –pletórica de cuadros colgantes del techo y de las paredes, en su mayoría de artistas locales– brinda la ocasión de disfrutar un buen trago, ya sea de mezcal zacatecano o una cerveza helada, y de escuchar buena música norteña en vivo –bueno, si se tiene la suerte de que estén Tadeo y Poncho, acordeón y guitarra, mejor conocidos como “Los Rurales de Zacatecas”–. Amén, por supuesto, de conversar animadamente con los amigos.

En una de esas noches de agosto de 2007, acudí a “Las Quince Letras” con la esperanza de encontrar a algún amigo periodista, pintor o escritor zacatecano, pues esta cantina es sitio de reunión de artistas locales y de visita de muchos turistas nacionales y extranjeros. No tuve suerte, pero igual me quedé a beber algo espirituoso.

Mientras se sucedían las canciones de “Los Rurales”, que tocaban a un grupo de personas que juntaron varias mesas, tales como “La Martina”, “Lámpara sin luz”, “Flor de capomo”, entre otras, observé un cuadro: sentado Diego Rivera, a su espalda, de pie, Frida Kahlo, a un lado “El Santo”, atrás una luchadora o vedette; al centro, una imagen de la Guadalupana, a los pies de “El cara de sapo”, unas “Catrinas”, a los de “El Santo”, tres calaveras; colores un tanto psicodélicos. En una esquina, sobresale una pintura de Pedro Coronel; en otra, cerca de la entrada, hay un altarcito, discreto, en honor de Jesús Malverde.

De las vigas del techo penden, quizás, cientos de cuadros de pequeño formato; en la pared del fondo, encima de un minúsculo baño de puertas abatibles, un mural inconcluso de un artista alcohólico muerto prematuramente; al centro, un vitral que dice “Las Quince Letras Cantina 1906”; en un rincón, una tele apagada. Hay tres cantineros detrás de la barra, aunque uno de ellos es el que cobra, “Aníbal”, lo nombran; dos meseros, uno en cada extremo de la barra, surten los pedidos de los clientes. Un detalle: no es cara, a pesar de lo bien que se lo pasa uno ahí: una “paloma”, 35; la chela, 15 pesos.

Yo, como en la canción “Tu recuerdo y yo”, de mi paisano José Alfredo Jiménez, estaba en el rincón de la cantina bebiendo una paloma con un mezcal zacatecano tipo tequila, el “Huitzila”. El mesero, que se llama Luis Abraham Aguilar y estudia Ingeniería en Sistemas en la UAZ, me atiende amablemente y hace plática en los breves instantes que lo dejan quieto los parroquianos.

–Siempre está así, hay gente que incluso ve que está hasta la madre y así se mete…Usted es del DF, ¿verdad? Se le oye el acento en la voz…
–Ahí vivo –le respondo, pero soy de Guanajuato.
–Aquí cantan, gritan, literalmente cada quien está en su pedo… Pero apenas así usted se relaja del DF, ¿no? Aquí no hay tanto desmadre…
–No te creas, le digo.

“Los Rurales” siguen brindando un concierto de altura: “La media vuelta”, “La cama de piedra”, “Me caí de la nube”, “La que se fue”; “Cielo rojo”, “Un mundo raro”y hasta “De rodillas te pido”, sin faltar el “Corrido de Las Quince Letras”.

–Oye, Luis, la de “El carrito”, ¿ya no la tocan?
–No, casi no, ya está muy usada…

El pintor y el músico

Se va Luis y se aproxima a mi lugar en la barra un parroquiano, joven, achispado, a solicitar otra cerveza. Se la dan y se queda ahí, a mi lado. No tarda en conversar conmigo. Blanco, delgado, pelo largo y frente amplia, posee una risa sonora, casi estruendosa. Dice que es pintor, crítico del arte mediocre y defensor del arte popular; añade que desea dibujar a “Los Rurales”.

Además, prosigue el remedo de pintor maldito, señala que tiene una niña de tres años, tomó diplomados en San Carlos de grabado y pintura, trabajó en el Museo Manuel Felguérez, habla de Duchamp, Dalí y se autodefine como editor, grabador, impresor para un taller y que ha hecho trabajos de serigrafía para José Luis Cuevas, Vicente Rojo. Entre burlas veras, sonriendo siempre y bebiendo pura chela, musita que se llama Jorge, todo mezclado con el rumor vital de cantina. Para terminar de asombrarme, me habla de literatura francesa, rusa, argentina: Proust, Tolstoi, Dostoievski, Borges, Bioy…

Luego se agrega a la barra y a la charla un hombre joven, moreno, enjuto, amable, correcto, que también se tutea con Aníbal. Y resulta que se conoce con Jorge, de una exposición de fotógrafos ciegos en el Hotel Quinta Real. Por el estuche que carga, no es difícil conjeturar su profesión: músico, requintista, para más señas, del “Trío Cristal”.

–Bohemio, ¿eh?, se me ocurrió decir.

Antonio Gaytán, que así se llama el músico con cierto aire larista, me suelta tremenda lista de tríos admirados: “Los Panchos”, “Los Diamantes”, “Los Tres Ases”, “Los Dandys”, “Los Caballeros”, “Los Delfines”, “Los Soberanos”, “Los Montejo”, “Los Calavera”, “Los Tecolines”, “Los Duendes”… Uff, es casi una enciclopedia ambulante de la música romántica o bolerística. “Me encanta ‘Nuestro juramento’, de Julio Jaramillo, con requintazo al estilo Chamín Correa, con “Los Tres Caballeros”. “Los Tres Ases” es mi trío favorito: Juan Neri, primera voz y requinto; segunda voz y guitarra, Héctor González, percusiones y tercera voz, Marco Antonio Muñiz, y éste de repente brincó a la primera, ‘El Lujo de México, los originales “Tres Ases”… “Los Panchos” fueron internacionales, Hernán Avilés, Chucho Navarro y el Güero Gil, los originales, y por ahí andan los nuevos Panchos, José Ferreira, Martín González y Ernesto Caballero. Había un dueto que se llamaba Martínez Gil, parientes de El Güero; muchos siguen trabajando. “Los Panchos” trabajaron hasta en China, fueron los que mandaron el bolero a sonar por todo el mundo. “Los Tres Caballeros”, Leonel Gálvez, primera voz y guitarra, Roberto Cantoral, segunda voz y guitarra, Chamín Correa, tercera voz y requinto”, me suelta como si recitara el Padre Nuestro.

–Antonio, ¿debes de tener una buena colección de discos, eh?

–No te miento, pero más o menos tengo unos trescientos. No, no estudié, soy lírico; todos los jueves, viernes y sábados estamos en el bar del Hotel Quinta Real, de las nueve de la noche a la una o dos de la mañana; tocamos ranchera, norteña, balada… pues tratamos de complacer a la gente. Llevo como cuatro años de músico, no, no nada más tocamos en el “Quinta Real”, también en el “Don Miguel”, en el Emporio; es un trabajo muy mal pagado, ya que nos pagan por hora, 400 pesos por cinco horas, las tandas siempre son mal pagadas, pero es segurito. Afuera nos va mejor en eventos particulares, por ejemplo, mañana tenemos una fiesta, 900 la hora, pero somos tres, después una serenata y en la mañana al Seguro Social, ya que también trabajo en el Seguro Social, soy empleado en la lavandería; hago malabares para cumplir con eventos particulares, en el “Quinta Real”… Mira mis dedos [me los muestra y las huellas digitales están casi borradas por la marca que le dejan las cuerdas de la guitarra], me dicen mis camaradas, ‘Andas bien rayado’, pero de los dedos, les digo. Sí, tengo dedos de requintista, los tengo muy madreados, sí uso uña, pero para pisar lo hago con estos dedos y no puedes ponerte nada, tienes que aguantar la pinche presión. Aparte me gusta este pinche pedo, es mi vida, me gusta… Fíjate, todavía llego contento a mi casa y le digo a mi vieja, ‘Quiero cantarte esta canción…’, a veces se enoja, pero se contenta después…

A esas horas de la noche, “Los Rurales” ya se aventaron “La puerta negra”, “Fallaste corazón”, “Cartas marcadas”, “De qué manera te olvido”, “Tristes recuerdos” y otras rolas que alientan o apaciguan la pasión o los recuerdos de los concurrentes. Jorge termina su chela y se despide; veo el reloj: las 2 a.m. Al salir, me quedo pensando en que le da un llegue a “El guasón” (je je je). Poco después, se retiran “Los Rurales” –que se despiden de mano de casi todos los presentes– y la rocola empieza a sonar, con canciones de Javier Solís: “Si Dios me quita la vida”…

El contador

Casi en seguida un hombre se acoda sobre la barra, a nuestro lado, y le pide a Aníbal una cerveza, le da un trago y poco después se aletarga. El cantinero lo mueve: “Ánimo, don, no se me duerma”. Antonio, amable y alegre, le da dice al borracho: “No se agüite, no se agüite”, al tiempo que me pregunta de dónde soy. Al responder su pregunta,  exclama: “¡De donde es José Alfredo Jiménez, mi ídolo!”, entonces me cuenta del viaje que hizo a Dolores Hidalgo, con el trío, pero también se llevó a su familia, y fueron al panteón a visitar el mausoleo del autor de “Caminos de Guanajuato” en forma de sombrero, con los sarapes en que están escritos los nombres de las canciones, “¡más de mil!”, afirma eufórico, quizás producto de su insólita forma de beber: una chela, un “Huitzila” derecho, uno tras otro.

De pronto, el ebrio comienza a hablar, a decir su nombre y su cargo, realmente a portarse enfadoso. “Ya está pedo mi camarada”, diagnostica el músico.

–Yo soy contador, licenciado en Contaduría, soy el contador C… del M…, soy bien chingón, CP, jefazo del almacén general de la Secretaría de Salud a nivel estatal…

–Sabes, no importa, te veo como eres y me pareces buena persona, eso es lo que vale –, le dice Antonio, intentando callarlo, luego voltea a verme y me comenta: “Esta gente me da pa’ bajo. Ah, aparte de Guanajuato hemos ido a tocar a Fresnillo, Jerez, Guadalupe, Pinos, Sombrerete, Huejúcar…”.

Pero el borracho no lo deja terminar su recorrido: “Soy bien chingón, pero me he partido la madre…”.

Entonces Antonio, el músico, comienza un diálogo simultáneo con distinto interlocutor: “Me extraña que siendo contador público no nos dejes platicar… A Guanajuato, como te decía, me llevé a mi mujer y a mis hijos, y nos la pasamos lindo… Nomás la estás cagando… En el trío somos guitarra y primera voz; yo, segunda voz y requinto; tercera voz y contrabajo; sí, contrabajo, suena parecido, don Juan Beltrán es la primera; y Eduardo Lamas, tololoche… Que Dios me lo ayude, realmente le hace falta algo en su vida… Además, le hemos tocado a mucha gente importante aquí en Zacatecas…”.

El contador se ha puesto impertinente y, como todo impertinente, echar a perder la charla. Me levanto y me dirijo al baño. Aprovecho la ocasión para apreciar los cuadros que están sobre la barra. Abundan “Las catrinas”. En tanto, José Alfredo Jiménez se escucha desde la rocola con “El rey”. Regreso y Antonio ya está solo. “Cagué a ese cabrón y hasta feliz se fue”, me explica con una sonrisa.

“Ya vamos a cerrar”, nos dice Aníbal. Mientras nos tomamos la del estribo, le preguntó a Antonio cuál es su correo electrónico. “No uso correo electrónico, soy muy pendejo para la pinche computadora, y no traigo tarjetas, pero te doy mi número de celular”, acota.

Antes de salir, Luis me indica el horario de “Las Quince Letras”: “Abrimos todos los días, menos el domingo, de la una de la tarde a las tres de la mañana, todo el año”. Afuera, en la fachada de cantera hay dos placas, una señala la fecha de fundación, otra, el reconocimiento del Ayuntamiento. El frío de la madrugada refresca nuestras mentes. Antonio me asegura que vive a dos cuadras de la Galería Cantina. Nos despedimos con un abrazo. Lo veo alejarse con su estuche al hombro mientras enciendo un cigarro y en la rocola Javier Solís interpreta “Llorarás, llorarás…”. El sonido de la canción reverbera en la calle solitaria. Desciendo hacia el centro, pero a media calle me sale al paso un parroquiano, un tipo grandote. Le obsequio un cigarro y unas monedas para curársela. “Me llamo Jesús, pero me dicen ‘El bola’, aquí todos me conocen…”, me explica. Le dejo otros dos cigarros y me despido. “Gracias, amigo, que le vaya bien”, me desea, sin saber que ya esa noche zacatecana, en ese trozo de ciudad, me lo había concedido.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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