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Arte y Cultura - July 18, 2008

Cuarto Festival Internacional Letras en San Luis, una apreciación personal

El autor de esta nota acompañado
de uno de los poetas más
importantes del siglo XX
mexicano, José Emilio Pacheco
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Luis Paniagua
Colaboración especial para Azteca 21

 

Luis Paniagua nació en 1979, en San Pablo Pejo, en el municipio de Salvatierra, Guanajuato. Estudió Arquitectura, y Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Máxima Casa de Estudios. Es poeta, ensayista y colaborador del “Periódico de Poesía” (www.periodicodepoesia.unam.mx) de la UNAM. Ha obtenido los premios de poesía “José Emilio Pacheco” (2000) y el Punto de Partida (2004). “Los pasos del visitante” (Ediciones Punto de Partida, UNAM, 2006) es su primer poemario publicado. Cuestionado, como otros escritores, sobre el acontecer del Festival Internacional “Letras en San Luis”, en el que estuvo presente, decidió escribir una crónica, que a continuación publicamos íntegra.

Ciudad de México. 16 de julio de 2008. El pasado mes de junio, durante los días 18 al 21, se llevó a cabo la cuarta edición del Festival Internacional “Letras en San Luis”, un evento que reunía desde un encuentro de escritores hispanoparlantes hasta homenajes nacionales, pasando por exposiciones artísticas y feria del libro. El festival reunió a grandes personalidades de las letras y homenajeó a tres grandes: Félix Dauajare, José de Jesús Sampedro y José Emilio Pacheco. Esto fue lo más importante, quizá, en lo concerniente a un evento político, pues no olvidemos que un evento de tal naturaleza siempre guarda un trasfondo político. Aunque yo preferiría quedarme con el concepto de encuentro, ya que, para mí, ante todo eso representó el festival: la coincidencia con una o más personas en un determinado momento.

Arribé a la ciudad de San Luis Potosí el jueves 19 por la tarde y llegué a instalarme en el Hotel Concordia, lugar designado para que la prensa pernoctara. Llegué ahí enviado por el editor del “Periódico de Poesía” de la UNAM para que cubriera el evento. Aunque mi pericia en cuanto al trabajo periodístico era nula hasta ese momento, hice lo mejor que pude para mantenerme constante en las mesas que se desarrollaron en el patio del Palacio Municipal, edificio colonial de exquisita construcción que albergó todas las actividades del encuentro. Aunque la acústica por momentos no era muy buena, el edificio brindó calidez a los que ahí estuvimos escuchando las disertaciones sobre editoriales independientes, poesía o narrativa.

El nivel de las actividades fue por momentos engañoso. La inclusión de algunos poetas fue un tanto arbitraria, pero dejaba mejor parada a la organización. No todos los participantes estuvieron a la altura de las circunstancias, ya que uno esperaría de un festival como éste una gran calidad, la cual no se presentó siempre. Un ejemplo fue la Feria del Libro de Poesía “Manuel José Othón”. Había libros excelentes, aunque, también, nunca faltan los malos, como en cualquier feria. Eso no es lo que critico, sino la pretensión de la Feria Nacional. La verdad es que era un local pequeñísimo. Siendo generosos, quizás era un espacio de cuatro por seis metros, a menos de que me engañen las dimensiones.

No obstante, lo anterior fue opacado por la lucidez de algunos escritores, su pericia con la pluma, su gratísima inspiración que hacía que el público pidiera más de su obra. Lo mejor de todo, a pesar de los altibajos, fue el encuentro literario, así, como encuentro: coincidir en el mismo espacio con desconocidos para algunos de los asistentes y reencontrarnos con otros ya conocidos fue un toque humano que siempre se agradece en este tipo de actividades. Aunque, como digo, nunca había hecho trabajo de prensa, fue una nueva experiencia para mí, ya que siempre había sido invitado a esta clase de eventos a leer literatura y no a estar del lado de los que sí van a trabajar.

Otra cosa disfrutable del festival fue el tras bambalinas, es decir, el recorrer lo que había del otro lado del evento: la ciudad, a todas luces bellísima, con sus templos barrocos que dejan petrificada la mirada y aun la memoria, sus plazas soleadas o por momentos con ligeras lloviznas, sus habitantes tan amables (como los organizadores, en verdad).

Luego el desayuno con José Emilio Pacheco, todo un caballero, todo lucidez y generosidad. A pesar de ser uno de los poetas más importantes del siglo XX mexicano, nunca ha perdido la sencillez y el azoro del joven poeta que siempre ha sido. Con amabilidad y buen humor respondía las preguntas de los que lo acompañábamos en el desayuno. Nunca lo vi poner una mala cara o despreciar alguna pregunta o comentario. Un gran ejemplo para las nuevas generaciones que creen que está primero la figura del poeta y luego la poesía.

Y terminando aquellas actividades que enmarcaban el festival, una vez más se presentó el evento político en forma de una cena de gala en un exclusivo salón de eventos sociales, ofrecida por el alcalde de la ciudad en honor de los homenajeados y asistentes. El menú fue excelso y las bebidas no escasearon. Una vez más el evento tomó matices cálidos con la presencia, casi a manera de agradecimiento, de José Emilio Pacheco, quien iba de mesa en mesa compartiendo charla con los comensales y expresando su contento. La verdad es que daba muestras de una gran calidad humana y una lección de cortesía.

Por último, el encuentro de la noche gozosa y las buenas compañías, los amigos de Azteca 21 y el buen José Antonio Parga, quien amablemente nos ofreció su estudio de grabación para continuar la amena charla comenzada en la cena, donde se habló de poesía, de música y, sobre todo, de camaradería.

La madrugada de San Luis nos abrió los brazos con pleno maratón, para el cual los corredores se preparaban. Una despedida bastante sui géneris para una estancia bastante original.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com
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