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Ciencia y Tecnología - July 11, 2008

En Dzibanché, QR, podrían hallarse estucos con iconografía teotihuacana y su relación con los mayas

Los mascarones, son rostros
gigantes de estuco
cuyos ojos parecen vigilar
el sitio hacia el poniente,
desde el templo construido
en el lomerío más alto
Foto: Cortesía INAH

Ciudad de México.- 11 de Julio del 2008.- (CONACULTA) El canto del búho está en Dzibanché. Se escucha en toda la Plaza Xibalbá. Sale de un árbol erguido junto al Edificio I y su eco viaja entre las ramas de la selva que resguarda la ciudad maya de la "escritura en madera", al Sur de Quintana Roo.

 

Aquí, en el transcurso de 20 años de trabajo, los arqueólogos han encontrado inscripciones calendáricas en dinteles de madera, de ahí su nombre: Dzibanché ("escritura en madera", en lengua maya); también descubrieron grandes bloques de piedra con los registros más antiguos del área maya relacionados con cautivos de guerra; y en el interior del Edificio I, el Templo del Búho, hallaron una rica ofrenda, compuesta, entre otros objetos, por una concha grabada y con incrustaciones de jade que está considerada uno de los objetos mayas más hermosos del periodo Clásico.

 

A unos meses de iniciar la temporada de campo 2008, aumenta el entusiasmo de los especialistas que la han explorado, porque entonces, podrían descubrir estucos con iconografía teotihuacana en el edificio más alto del sitio.

 

Lo anterior fue informado por Enrique Nalda, uno de los arqueólogos pioneros en las exploraciones del área maya, quien desde 1987 estudia este sitio y a partir de 1992 encabeza el proyecto de investigación Sur de Quintana Roo.

 

Nalda explicó que durante la temporada de excavaciones arqueológicas en 2007 reanudaron la exploración del edificio más alto de Dzibanché, el E-2, y a partir de estos trabajos identificaron elementos que requieren de un estudio más detallado porque tiene rasgos que los vinculan con imágenes de Teotihuacán.

 

“Hay elementos que nos permiten plantear la hipótesis de que en el Edificio II encontraremos figuras de estuco de iconografía teotihuacana, lo que ofrecerá una información novedosa sobre la relación iconográfica entre el área maya y Teotihuacan.”

 

El arqueólogo calcula que durante la próxima temporada de campo, prevista para julio, terminarán de explorar dicha edificación y podrían descubrir los estucos en uno de los costados de la pirámide que se encuentra en muy buen estado de conservación.

 

Así mismo comenta que como resultado de las excavaciones que se han realizado desde 2005, se ha establecido que en Dzibanché se produjo una ocupación relativamente intensa en el Posclásico Tardío (750-1050 a.C.).  “La gente vivió en Dzibanché durante ese periodo, lo cual nos indica que esta ciudad no corresponde con el colapso generalizado de las ciudades mayas durante el Clásico.

           

“Nosotros suponíamos de que Dzibanché había entrado en una depresión, una especie de receso, a partir del Posclásico. Y no. Parece que el Clásico Tardío es una época muy importante en el sitio. Entonces estamos replanteando nuestra estrategia y las zonas a donde vamos a dirigirnos a excavar”. Cabe destacar que Nalda llegó a estudiar la cultura maya buscando la razón del colapso de la cultura maya en el periodo Clásico que los especialistas creían había sido simultánea en todas las ciudades importantes de las Tierras Bajas del sur.

 

Dzibanché, ubicada en la carretera que enlaza Chetumal con Escárcega, fue descubierta en 1927 por el médico militar inglés y arqueólogo Thomas Gann, quien durante la primera mitad del siglo XX se dedicó a recorrer la región en busca de ruinas mayas. Los primeros descubrimientos importantes en el sitio se dieron a partir del Proyecto Sur de Quintana Roo, durante la temporada de campo 1993-1994, cuando iniciaron las exploraciones de los edificios monumentales.

 

En el interior del Edificio de Los Cautivos encontraron 21 bloques de piedra grabados con la escritura más antigua del área maya relacionada con cautivos de guerra que se ha descubierto hasta ahora: 17 de los bloques recrean imágenes de hombres desnudos, atados de pies y manos; despojados de toda investidura que diera señal de su jerarquía: joyas, tocado de plumas. Se trata de individuos convertidos en prisioneros de guerra.

 

En agosto de 1994, las exploraciones en el Templo del Búho condujeron a otro descubrimiento singular: la sepultura de un personaje importante en el interior del edificio. El entierro del Templo del Búho fue localizado en una cámara, al pie de una escalera interior que comunica la parte más alta del edificio con el nivel en que se encuentra la cámara, a la altura de la Plaza Xibalbá.

 

Ahí, ante los ojos de los arqueólogos, quedaron al descubierto los restos de una mujer que portaba un collar de cuentas de concha con tres pendientes de jade, un par de orejeras y otra cuenta acomodada en la boca, elaboradas en la misma piedra. Sus dientes lucían incrustaciones y como pectoral, los deslumbró una bella concha con un par de perlas naturales, grabada y con incrustaciones de  jade, acerina, pirita y concha nácar, considerada una de las piezas mayas del Clásico más bellas que se han encontrado.

 

La ofrenda también contenía vasijas, navajas de obsidiana verde, un collar de 25 caracoles, un disco-espejo y una tablilla de madera estucada con dibujos tipo códice. Una de las vasijas tiene plasmada en su agarradera la figura de un búho con las alas desplegadas. Es el elemento que dio nombre al Edificio I: el Edificio del Búho.

 

Siguiendo la carretera que enlaza Chetumal con Escárcega, a unos kilómetros de Dzibanché, se encuentra oculta entre corozos otra metrópoli antigua singular porque conserva monumentales mascarones, rostros de casi dos metros de altura modelados en estuco alineados a ambos lados de la escalera del templo más importante del sitio: Kohunlich.

 

Asentada en una loma donde abundan las palmeras conocidas como corozos, esta urbe prehispánica fue descubierta por Raymond Merwin, arqueólogo de principios del siglo XX que entre 1909 y 1915 recorrió varios sitios del sur de la península de Yucatán y en 1912 describió Kohunlich. A diferencia de la ciudad anterior, los mascarones motivaron su exploración mucho antes de que Nalda llegara a Dzibanché.

           

En 1968 el arqueólogo Víctor Segovia comenzó a explorar Kohunlich. Intervino varias edificaciones y, por supuesto, el Templo de los mascarones. De hecho su proyecto inicia en ese edificio, explica Nalda.

           

El interés de Segovia era investigar aquellos rostros gigantes de estuco cuyos ojos parecen vigilar el sitio hacia el poniente, desde el templo construido en el lomerío más alto del sitio. Después de los trabajos de Segovia se reanudaron excavaciones a mediados de los 70 y luego hubo un lapso en el que nadie intervino Kohunlich. El equipo de Enrique Nalda llegó en 1994 con la finalidad de dar mantenimiento a los mascarones y terminó haciendo muchas más labores de las previstas. Desde entonces las investigaciones en Kohunlich no paran.

           

Segovia había trabajado la arquitectura monumental, los edificios más grandes centrados en la Plaza de las Estelas y el de Los Mascarones. Eso daba una visión parcial de lo que fue el asentamiento; era necesario trabajar las áreas donde habitó la población para tener el complemento, explica Nalda.

 

“Entonces trabajamos masivamente los complejos habitacionales. Hoy es una de las áreas residenciales de las zonas arqueológicas mayas que más se han estudiado. Existe una labor extensa de unidades residenciales en Copán, Honduras, y en Tikal, Guatemala; quizá Kohunlich sea el equivalente en cuanto a número de cuartos explorados, a lo que se hizo en Copán. Ese trabajo nos dio la oportunidad de entender el sitio desde la perspectiva de la vida cotidiana.”

 

Otro aspecto importante para los arqueólogos que requería de todo su esfuerzo fue la necesidad de conservar los mascarones que por las características de los materiales con que fueron elaborados (cal y arena) y el clima al que están expuestos, desde ese momento implicaron un reto para la restauración mexicana.

 

A partir de que el equipo de Nalda entró a Kohunlich se intensificaron las investigaciones para la conservación de los mascarones de manera permanente. Con esta labor se formaron generaciones de restauradores mexicanos; los más destacados actualmente, pasaron por ahí cuando iniciaban.

 

A través de años de trabajo en el sitio se ha establecido una filosofía de conservación: evitar el uso de productos sintéticos especialmente en los procesos de consolidación. El trabajo de mucha gente ha permitido al cabo de 14 años no solo controlar el deterioro de los rostros gigantes, sino rescatar paulatinamente su iconografía original.

 

Al igual que Dzibanché, la ciudad maya de Kohunlich estuvo habitada en el Posclásico, pero por un período más corto. La arqueóloga Sandra Balanzario, quien ha trabajado el sitio por varios años al lado de Nalda, explica que la ciudad tuvo una ocupación continua desde alrededor de 500 a.C. hasta 1100 d.C.: mucho más larga de lo que se había estimado en un principio.

 

La hipótesis de la arqueóloga indica que Dzibanché, lo mismo que muchos sitios en una gran parte de las Tierras Bajas, no fueron abandonados por completo al cierre del  Clásico y habría que revisar los relatos coloniales que señalan la existencia de una región despoblada en el sur de la península de Yucatán.

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