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Arte y Cultura - June 22, 2008

José Emilio Pacheco leyó poemas en “Letras en San Luis”

Cuando Pacheco concluyó
la lectura de sus poemas,
estallaron los aplausos
en reconocimiento
a su sencillez, humildad
y generosidad
Foto: Cortesía Sitio Oficial

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

San Luis Potosí, S.L.P. 18 de junio de 2008. Esta tarde, pasadas las 19 horas, se llevó a cabo la segunda lectura del Cuarto Festival Internacional “Letras en San Luis” en la que participaron Octavio César, Jorge Humberto Chávez, Francisco Hinojosa, Iván Oñate y José Emilio Pacheco en el patio central del Palacio Municipal ante una nutrida asistencia.

La escritora mexicana de origen colombiano Ana María Jaramillo fue la moderadora de esta lectura, por lo que presentó al primer escritor participante, el poeta Octavio César, quien nació en San Luis Potosí, el 31 de mayo de 1974, y es autor de “Loba para principiantes”, “El oscuro linaje del milagro”, “Áreas de esparcimiento” y “Colibrí Reversa”. César leyó varios poemas de su autoría, en los que demostró tener una voz propia y una madurez en su lenguaje poético.

Octavio César leyó varios
poemas de su autoría,
en los que demostró
tener una voz propia y
una madurez en
su lenguaje poético
Foto: Benjamín Solís/Azteca 21

Posteriormente, Jaramillo presentó a Jorge Humberto Chávez, quien coordinó durante 12 años el Taller Literario del Museo de Arte del INBA de Ciudad Juárez. En 1981 obtuvo mención en el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, y el Premio Nacional de Poesía Colima, otorgado por un jurado formado por Alí Chumacero, Víctor Sandoval, Juan Bañuelos, Jaime Labastida y Carlos Montemayor. Entre sus libros se encuentran “De 5 a 7 PM”, “La otra cara del vidrio”, “Nunca será la medianoche”, y “Bar Papillón”. Recibió el Premio Manuel José Othón de Poesía en 1998.

Después, Francisco Hinojosa, nacido en el Distrito Federal y cuya obra ha sido traducida al inglés, portugués, italiano, polaco y lituano, participó con un cuento donde hizo una parodia de la relación seudomística y seudoespiritual que se da entre los sacerdotes y las monjas, incluso de la religión, todo en un tono jocoso e irónico, en el que también aludió al poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza, cuya lectura fue muy aplaudida por el público y los escritores presentes, que durante varios pasajes no pudieron evitar reír ante la maestría narrativa del autor de “ Léperas contra mocosos”.

Luego tocó el turno al poeta ecuatoriano Iván Oñate, quien nació en Ambato, el 17 de marzo de 1948. Cursó estudios universitarios en su país, Argentina y España. Actualmente es profesor de Semiótica y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Central del Ecuador. Parte de su obra ha sido traducida al alemán, francés, inglés, portugués, griego, rumano e italiano. Krystyna Rodowska, traductora de Borges, Proust y Octavio Paz, tradujo su poesía al polaco, y Fabienne Prat, de la Sorbona de París, tradujo al francés los cuentos de “El hacha enterrada”.

Oñate agradeció la generosidad de “esta gran patria, gigante patria mexicana, y ahora se particulariza mi gratitud con San Luis Potosí. México me ha dado unas coincidencias muy entrañables, como que ‘El país de las tinieblas’ se publica justamente en Zacatecas, gracias a la generosidad de Juan José Macías, en Zacatecas, donde descubrí que fue fundada por un Oñate, Cristóbal de Oñate, y ahora otra feliz coincidencia, pues me toca leer con uno de los grandes maestros de la literatura de la poesía hispanoamericana, como es José Emilio Pacheco, que es la más feliz coincidencia, y obviamente estoy feliz también por compartir la lectura con Francisco, con Jorge Humberto y Octavio César… Para no salirme del tema de los templos y de Dios, leeré ‘La caída’”. Luego leyó otros dos poemas.

Al concluir la lectura de Oñate, Ana María Jaramillo invitó a los presentes a visitar la feria del libro de poesía, pues, dijo, la mejor manera de apoyar a un escritor y a las editoriales era adquiriendo un libro. Luego leyó la semblanza de José Emilio Pacheco, escritor nacido en 1939 en el Distrito Federal, habitante de la emblemática colonia Condesa, chilango, pues, y cultivador de todos los géneros literarios.

“Muchas gracias, buenas noches. Siento una gratitud inexpresable por todo lo que me está ocurriendo en San Luis, no quiero adelantar mis palabras de agradecimiento, pero de veras estoy muy conmovido. Yo quería darles algo más o menos nuevo y más o menos original para corresponder mínimamente a tanta generosidad y pensé en un libro que terminé después de nueve años, nunca había tardado tanto en un libro, me imagino que la razón es un tanto melancólica, que no quiero acabar porque ya dudo mucho que pueda haber más… Entonces es un libro muy grande, no por su poesía, sino por sus páginas, y tiene unos poemas sumamente extensos, otros de menor tamaño, otros que podrían ser parte de otro libro, pero que son muy difíciles de leer, bueno…”, inició el autor de “Alta traición”.

Después leyó algunos poemas breves, quizás una decena, durante diez minutos –el plazo estipulado era doce–, que era complicado escuchar, pues su voz se aproximaba y alejaba por intervalos del micrófono. De aquéllos pude anotar unos versos de uno, aunque no el título: “Te hice mía, le dije al agua de lluvia, y el agua se rió de mí y se me fue entre los dedos…”.

También uno titulado “Consejera del aire”: “Cada vez que me creo importante, llega la mosca y me dice no eres nada…”. Y “Andén”: “Mientras derriban la estación, me duele el andén donde tantas parejas se despidieron y no volvieron a verse…”. Aquí aprovechó este poeta señero de nuestras letras para lamentar la desaparición del tren en varias ciudades de México.

Otros fueron: “Después”: “Para nosotros sólo existe el después, el instante aquí está, se va, se fue, y nada pudo asirlo, todo es amar [¿?] para siempre…”. Y “Fracaso”: “Miseria incurable, incurable miseria de la poesía, intentar un poema que describa a qué sabe el sabor del agua…”. José Emilio Pacheco preguntó al público si podía leer otro, la respuesta fue afirmativa y leyó otros dos, que cumplieron la máxima de Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Cuando concluyó la lectura de sus poemas, estallaron los aplausos en reconocimiento a su sencillez y humildad, a su generosidad, a su grandeza como ser humano, que eso hizo José Emilio Pacheco: dar una lección de que la poesía es producto del hombre, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Y eso lo sublima, lo magnifica, como poeta y como hombre de piel, huesos, sangre y sudor, como todos.

Luego se abrió una sesión de preguntas, en las que Pacheco y Oñate respondieron las inquietudes de algunas personas. Así, el poeta mexicano comentó que había tenido fracasos monumentales con la escritura dramática y que tenía una novela que se le había ido de las manos.

Por último, entre el público estaba el periodista, investigador, fotógrafo y editor local Alexandro Roque, quien me obsequió su más reciente libro: “Jorge Ferretis (1902-1962): la literatura quema”, publicado en 2007 por la editorial potosina Ponciano Arriaga, bello, de formato pequeño, que incita a la lectura, como todos los que conozco de esta editorial.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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