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Libros - June 13, 2008

“Artesanía prohibida”, de Gabriel Angelotti Pasteur, historia de la la pólvora y de la pirotecnia

El autor recibió el
'Premio Fray Bernardino
de Sahagún' a la
mejor tesis de
licenciatura en
antropología social
que otorga el INAH
Foto: Cortesía INAH

Ciudad de México.- 13 de Junio del 2008.- (CONACULTA) En su libro Artesanía prohibida, Gabriel Angelotti Pasteur cuenta que la pólvora fue descubierta de manera casual dentro de la práctica empírica de un alquimista chino del siglo VI (580) que buscaba la ambrosía, “el tan ansiado elixir de la inmortalidad, que además serviría para la obtención de oro y plata”.

Su descubridor, o por lo menos quien registró la fórmula, fue el farmacólogo Sun Simiao, que para hacer pólvora mezclaba en un cuenco de barro, sepultado a ras de tierra, salitre pulverizado (nitrato de sodio), carbón vegetal y azufre, utilizado éste como combustible y agente de reacción libre.

El uso militar de la pólvora fue inmediato y en el siglo X China fabricaba ya bombas, granadas, cañones, lanzallamas y armas incendiarias. Su aplicación lúdica comenzó en los siglos XII y XIII (1127-1279). Los primeros en importar esta tecnología fueron los árabes entre los siglos XVIII y IX.

Los árabes llevan el nuevo artilugio a España y de ahí pasa a Europa. La referencia más remota del nuevo artefacto en este continente se halla en un manuscrito inglés, que alude a un pequeño cañón de 32 centímetros de largo, diámetro de 18 mm y un peso de 1,2 kg denominado Tannenberg gun.

“”La pólvora, la brújula y la imprenta integran la tríada de objetos que, según sir Francis Bacon, constituyeron la fuente de los cambios experimentados en la Europa renacentista y que desencadenaron una era de modernidad en Occidente, provocando una revolución en la literatura, la guerra y la navegación”, escribe Angelotti al citar a Basalla y reivindicar las tres invenciones a la antigua China.

Artesanía prohibida, publicado en coedición por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), El Colegio de Michoacán y la Universidad Autónoma de Yucatán, recibió el Premio Fray Bernardino de Sahagún a la mejor tesis de licenciatura en antropología social que otorga el INAH. La presea fue recibida por Angelotti en 2001.

El volumen está conformado con una introducción, los capítulos La pirotecnia, una artesanía tradicional, La pirotecnia de Halachó, Comercio y consumo de pirotecnia en Yucatán, Pirotecnia, legislación y clandestinidad y Conclusiones; un glosario de términos técnicos, toponímicos, expresiones coloquiales y otras voces mayas; una bibliografía, heremografía, reglamentos y leyes (relacionados con el uso de la pólvora) y un índice temático.

Angelotti reporta la presencia de la pólvora en América desde el arribo de Cristóbal Colón a América en octubre de 1492, y en México a partir de la llegada de Hernán Cortés a Veracruz en 1519 –su ejército la fabricaba con carbón de árboles del Matlacueyetl (La Malinche), los salitres que abundaban en el Altiplano y el azufre el Popocatépetl-, pero su uso para juegos de pirotecnia habría de iniciarse hasta finales del siglo XVI o principios del XVII.

“Con el transcurrir de los años –y de las fiestas- la pirotecnia logró arraigarse como una práctica cotidiana para el pueblo novohispano, como un producto indispensable en todo acto o celebración pública, tanto de carácter civil como religioso. Por medio de los diarios del siglo XVII y las gacetas del siglo XVIII se constata dicha afición: no existió fiesta religiosa que llegara a la noche sin que hubieran fuegos de artificio o celebración profana”, escribe el autor yucateco.

En otro apartado del volumen, Angelotti escribe que los cohetes y otros fuegos de artificio no sólo cumplen una función lúdica para entretener y divertir a la gente, sino que, como agentes sonoros y transmisores de mensajes y señales entre la colectividad, “son portadores de mensajes cifrados, de claves rituales, necesarias y favorables para la continuidad de la fiesta”.

Circunscrito el estudio antropológico al municipio de Halachó, una de las poblaciones de Yucatán con mayor tradición pirotécnica, el autor de Artesanía prohibida brinda información detallada de los insumos y las herramientas de trabajo (puyas, atacadores, cucharas, bancas de hilados de caña y dados) para elaborar los diferentes productos pirotécnicos.

La lista de éstos alcanza casi la treintena: cañas, crucetas, dados, largueros, luces de bengala, velas romanas, mariposas, pastillas de colores, petardos, puyones, silbatos, torbellinos, verticales, batería de luces, cascada, ciprés, hiladas, hiladitas, morteros, paracaídas con luces y con rosario, toritos, voladores, voladorcitos, bombitas y triquitrac.

En México hay 49 mil coheteros cuyos principales centros de producción se localizan en 90 municipios de 16 estados de la República. El libro incluye una lista de los accidentes ocurridos en el último cuarto de siglo, entre ellos los de Tultepec y Celaya, cuyos efectos sociales provocaron la imposición de severas restricciones en el uso de la pólvora y los fuegos de artificio en el país.

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