Home Arte y Cultura Permanece viva la leyenda y la poesía de Pita Amor, la inolvidable “Undécima Musa”
Arte y Cultura - May 29, 2008

Permanece viva la leyenda y la poesía de Pita Amor, la inolvidable “Undécima Musa”

Pablo Neruda escribió
sobre ella,
'como el canto del agua
cristalina que corre, te
nombro franca e
inmemorial, dulcísima'
Foto: Cortesía 
Lola Álvarez Bravo

Ciudad de México.- 29 de Mayo del 2008.- Controvertida, temperamental, musa de varios intelectuales de su época, Guadalupe Amor, la poetisa rebelde y audaz, quien nació el 30 de mayo de 1918, fue una bella mujer que conmocionó a la gente de su época con su lenguaje altivo e irreverente.

Guadalupe Amor Schmidtlein, su nombre completo, nació en un viejo caserón de la calle de Abraham González, en la Ciudad de México, donde nunca pasó inadvertida, fue una mujer que dejó una huella sensible en el panorama cultural mexicano.

Se dice que era una de las mujeres más bellas de entonces y así debió ser para que el muralista mexicano Diego Rivera la pintara desnuda tres o cuatro veces.

Trabajó en cine y teatro antes de llegar a la literatura, donde cultivó principalmente la décima, con clara influencia de Sor Juana Inés de la Cruz y Francisco de Quevedo.

Fue elogiada por Alfonso Reyes, Albert Camus y Sartre. Compañera de Pablo Neruda durante la época mexicana del poeta, quien llegó a escribirle: "como el canto del agua cristalina que corre, te nombro franca e inmemorial, dulcísima.".

Dentro de su obra, que lo mismo habla de la angustia de vivir, que de Dios o de la nada, incluye dos textos en prosa: "Yo soy mi casa" (1957) y "Galería de títeres" (1959), además de sus famosas décimas.

"Dentro de mis temas poéticos lo que cuenta menos es el mundo exterior y no se diga ya el físico, mucho menos el histórico", decía Amor, cuyos poemas se escribieron siempre en primera persona, tratando de la vida y su experiencia femenina.

Otras obras de Amor son "Puerta obstinada" (1947), "Círculo de angustia" (1948), "Polvo" (1949), "Décimas a Dios" (1953), "Sirviéndole a Dios de hoguera" (1958), "Todos los siglos del mundo" (1959) y "Soy dueña del universo" (1984).

También escribió "Las amargas lágrimas de Beatriz Sheridan", Sonetos y "La manzana de Martha Chapa", que edita justamente 60 años más tarde del que fuera su libro inicial.

El día de su muerte, el 8 de mayo de 2000, los diarios dieron cuenta de su grandeza y reseñaron cómo, en su juventud, se convirtió en el ánima de toda su generación en la escuela de Mascarones, donde entonces la UNAM impartía la carrera de Filosofía y Letras.

"Los que la retrataron a mano o con cámara fotográfica, dejaron constancia de una mujer con mirada y sonrisa cómplices, el rostro diseñado a partir de sus enormes ojos y el cuerpo de modelo, modelado a mano, en un tiempo en que hablar de "aerobics" era tan hilarante", señala un artículo periodístico.

El texto relata como a mitad del patio de Mascarones varios de sus contemporáneos la recuerdan con su grito de guerra, que al paso de pocos años llegaría a ser santo y seña de los cines de tres por una: "Ya llegué, cabrones!".

Reina solitaria de un medido castillo de palabras, sonetista, rigurosa decimera, musa de pintores cuando en el mundo las había, se había limitado a decir, desde el trono que conformaba una silla de madera al centro de la sala de su casa: "La poesía soy yo".

En su juventud, Pita mantuvo estrecha amistad con grandes pintores contemporáneos como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Diego Rivera y Juan Soriano.

Después de la grandeza, refiere, hubo un tiempo en que Amor paseaba por las calles de la Zona Rosa, ya una señora de edad, el pelo recogido en una pañoleta, una bolsa de mano al mejor estilo de los años 50, con un atuendo multicolor, "espantando demonios a paraguazo limpio".

Luego, ella que tantos y tantos amigos tuvo, bajó la cortina de su cotidianidad y se amuralló en su departamento de la colonia Juárez. Hasta ese sitio de regular iluminación trasladó el reino que una vez fue de carne y hueso para convertirlo en un palacio imaginario.

Allí escribiría, como una suerte de presagio, sobre un hecho conocido e inevitable: "No creo en ti, pero te adoro./ Qué torpeza estoy diciendo!/ Tal vez te voy presintiendo/ y por soberbia te ignoro./ Cuando débil soy, te imploro;/ pero si me siento fuerte,/ yo soy quien hace la suerte/ y quien construye la vida./ Pobre de mi, estoy perdida,/ también inventé mi muerte!".

Ese presagio la acompañó hasta el lecho donde sus pulmones, afectados por la neumonía, le provocaran la muerte el 8 de mayo de 2000, sus restos descansan en el Panteón Francés, de la Ciudad de México. (Notimex)

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