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Libros - March 20, 2008

León-Portilla, Miguel. “México: Muchas lenguas y culturas”

El conocimiento que
desarrollaron las culturas
prehispánicas en México
es sorprendente y aún en
nuestros días, no del
todo reconocido y divulgado
Foto: Internet

Pilar Máynez. Es doctora en Lingüística por la UNAM. Está adscrita al Programa de Investigación de la Facultad de Estudios Superiores de Acatlán donde imparte las materias de Teorías Lingüísticas I y II para la licenciatura de Letras Hispánicas. Algunos de sus libros son: Fray Diego Durán. Una interpretación mexica (1997), Ángel María Garibay. En torno al español hablado en México (1997), Lenguas y literaturas indígenas en el México contemporáneo (2003).Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores desde 1993. En 1998 obtuvo la “Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Investigadores en el área de Humanidades”.En 2003, el INAH le otorgó el Premio “Wigberto Jiménez Moreno” por la mejor investigación en el área de Lingüística con su libro El calepino de Sahagún. Un acercamiento. Durante dos años consecutivos (2001-2003) ocupó la Cátedra Especial Miguel León-Portilla en el Instituto de Investigaciones Históricas.Actualmente es Presidenta de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística.

Ciudad de México.- 19 de Marzo del 2008.- (destiempos.com) México, país de enormes contrastes en el que los caudalosos ríos que albergan a un sinfín de especies acuáticas limitan con la aridez de las barrancas y cañones y con la exuberante región selvática en la que conviven un sinnúmero de coníferas, está poblado, igualmente, por una gran variedad de grupos humanos, herederos de culturas  ancestrales. Como la riqueza de su biodiversidad, la de sus etnias confluye en un intenso diálogo con esa naturaleza que impone a sus habitantes su forma de vivir, su forma de pensar y su forma de expresarse lingüísticamente.

                    En el atractivo volumen, México: Muchas lenguas y culturas publicado por Santillana, Miguel León-Portilla, su autor, explica las actividades que dentro de su ecosistema y modo de sustento lleva a cabo cada una de las sociedades que pueblan el extenso mosaico que compone la República Mexicana; entre ellas figuran los purépechas de Michoacán, artífices del metal, la madera y las lacas; los totonacos, ocupados en el cultivo de la vainilla, y los otomíes y mazahuas en la ganadería en pequeña escala y en los trabajos de la construcción y del servicio doméstico; dignas de mención son también la pequeña comunidad ixcateca, actualmente en peligro de extinción, que se dedica a la fabricación de huipiles y vistosos rebozos así como a la recolección de plantas medicinales, y la mazateca, que constituye un grupo  relativamente más amplio, y que se encarga de la siembra del café, maíz, ajonjolí, cacahuate y tabaco. No obstante, las tareas que realizan estas y otras colectividades que habitan en diferentes partes del territorio nacional no les reportan los mínimos satisfactores requeridos para una digna subsistencia, por lo que se han visto en la necesidad de emigrar de su región nativa a centros urbanos, como es el caso de los cuicatecos,  triques y mixtecos; estos últimos se han establecido en Puebla y Oaxaca, en tanto que los mazatecos, originarios de la zona occidental del Alto Papaloapan, han tenido que reubicarse al norte de Oaxaca y al sur de Veracruz.

                    Destaca Miguel León-Portilla en este libro, así mismo, el relieve que en el ámbito cultural han logrado a lo largo de su historia algunos pueblos originarios de México, como los mayas quienes descubrieron el concepto del cero, que representaron  a manera de pequeña concha en su sistema de numeración vigesimal y llegaron a alcanzar una mayor precisión de su cómputo calendárico respecto al europeo, después del ajuste gregoriano. Por su parte, los zapotecos fundaron importantes centros de población como Monte Albán, Zaachila, Dainzú y Mitla que hoy afortunadamente todavía podemos visitar y establecieron los primeros caracteres de representación escritural, los cuales quedaron plasmados en estelas, piezas de cerámica y otros materiales.

                    Pueblos de muy diversa procedencia étnica y lingüística, que han podido sobrevivir ante los embates de políticas sociales y educativas orientadas más a su asimilación con el grupo mayoritario de la población y no al respeto de sus peculiaridades, son, sin embargo, el rostro de México. Sus costumbres ancestrales y la riqueza y variedad tipológica de sus lenguas, espejos de sus formas propias de concebir el universo, siguen siendo, objeto de admiración y estudio. Desde los contactos iniciales entre los del viejo y nuevo mundos, dice el autor del volumen que en esta ocasión nos ocupa, sus lenguas y culturas fueron registradas en impresionantes obras gramaticales y antropológicas. El idioma mexicano, que constituye junto con el huichol, cora, tarahumara y yaqui el amplio grupo yutoazteca y que llegó a convertirse en lingua franca por ser el medio de expresión empleado por el pueblo más poderoso, recibió una descripción gramatical gracias al empeño del franciscano Andrés de Olmos. Valiéndose de los modelos de la tradición grecolatina retomados, por el sevillano Antonio de Nebrija en sus Artes, Olmos dotó, por primera vez, a una lengua indígena del continente americano, gracias al alfabeto importado de Europa, de una codificación fonológica y morfosintáctica; las consecuencias que tal hecho entrañó van más allá de una aportación lingüística sin precedentes, pues se reconocía que la expresión de ese “otro” portaba elementos equivalentes con la propia, y que esa manifestación de la forma de su pensamiento a través de peculiares sonidos y estructuras era susceptible de ser analizada de la misma manera que lo habían apenas comenzado a ser con otros idiomas vulgares en el viejo mundo.  Los misioneros humanistas descubrieron, además, que los contenidos semánticos, revestidos con significantes de no siempre fácil pronunciación para ellos, reflejaban el modo de parcelar y jerarquizar su ecosistema y cultura, adelantándose con esto a la formulación que siglos después plantearían Sapir y Whorf sobre el “relativismo lingüístico”. Al respecto resultan ilustrativas las palabras de Dorotea Leighton extraídas de su monografía sobre el navajo:

        Lo que los hombres piensan y sienten, y cómo comunican aquello que piensan y sienten, viene determinado, sin duda alguna, por su situación psicológica individual, su historia personal y aquello que ocurre de hecho en el mundo exterior. Pero, además también viene determinado por otro factor que a menudo se pasa por alto a saber, por la estructura de las costumbres lingüísticas que han adoptado los hombres como miembros de una sociedad particular…Cada lenguaje ejerce su influencia sobre aquello que ven los hombres que lo emplean, sobre lo que sienten, la forma en que piensan, las cosas de que puedan hablar.

        La íntima relación entre lenguaje y pensamiento fue una preocupación que se intensificó entre los pensadores del siglo XVIII hasta el extremo de instituir un premio para aquél que pudiera explicarla con mayor claridad. Se intentaba dilucidar, así, las interrogantes: ¿Puede existir pensamiento sin lenguaje? ¿Es el lenguaje el que modela el pensamiento? ¿Puede encontrarse una simétrica correlación entre los conceptos y la forma lingüística que los recubre?

                    Sin duda las diversas realidades que circundan el universo de los pueblos y sus posibles imaginarios determinan el modo de su denominación; un ejemplo de ello, como lo advierte Miguel León-Portilla en este espléndido libro, es el diverso repertorio acuñado por los huaves establecidos en las lagunas cercanas al Golfo de Tehuantepec para designar el particular mundo marítimo que los rodea; también los purépechas y los nahuas han dejado huella de los objetos propios de su medio ambiente y sociedad en el español que se habla en nuestro país; de los primeros provienen: chacuaco “horno pequeño”, corunda “tamal” , guarache “cierta clase de calzado” y tambache “hato en que se llevan diversas cosas”; mientras que a los segundos pertenece el más nutrido número de voces indoamexicanas que continúan empleándose en México. Ese es el caso de los sustantivos aguacate, atole, jitomate, tepache, machote, pilote, mezcalero, milpa, mecapal, mecate, papalote, piocha, coyote, escuincle y tlacuache; de los adjetivos chamagoso y tatemado, y de los verbos pepenar y petatearse, por mencionar sólo algunos.

                    A algunos misioneros y conquistadores españoles que fueron testigos de aquel violento encuentro que cambió el rumbo de la historia corresponden también pormenorizados relatos sobre los anales y las costumbres de los antiguos mexicanos, y  sobre los embates y las consecuencias de las luchas que tuvieron que entablar hasta ser sometidos. Un ejemplo emblemático al respecto, como asegura Miguel León-Portilla, lo representa el franciscano Bernardino de Sahagún, quien con sus colaboradores indígenas realizó, por espacio de treinta años, la que ha sido calificada como “enciclopedia de los nahuas del altiplano central” debido a su diversidad temática y  estructura. El método utilizado por el fraile humanista en la recopilación de materiales orales y pictóricos lo ha hecho ser considerado como el “Padre de la Antropología del nuevo mundo”, aunque los fines de la empresa deban enmarcarse necesariamente, pues no podía ser de otro modo, en el ámbito de la misión evangelizadora.

                    León-Portilla hace referencia, así mismo, a los importantes estudios antropológicos sobre los pueblos indios efectuados hace ya varias décadas. Destaca al insigne investigador Manuel Gamio, quien consideró que estos trabajos deben contemplar tanto los diversos rasgos culturales como aquellos componentes relativos al entorno natural que los rodea.  Menciona el autor en su repaso, igualmente, a Alfonso Caso, Ricardo Pozas, Gonzalo Aguirre Beltrán y Alfonso Villa Rojas quienes fomentaron el desarrollo de las comunicaciones, educación, economía y salud, respetando su idiosincrasia, pero sin promover, como hoy en día lo hacen los defensores indigenistas, el reconocimiento jurídico de las autonomías en el régimen interno de sus comunidades.

                    Pero Miguel León-Portilla no sólo hace referencia en este volumen a la minoría de pueblos indomexicanos que, cabe señalar, resulta comparable por sí misma a la totalidad de los habitantes de países como Cuba y Portugal; también alude a los africanos quienes desde fechas tempranas de la Colonia llegaron a las Indias Occidentales. Advierte el notable incremento de los afromestizos a mediados del siglo XVIII y señala la pervivencia de sus cantos y bailes, así como de sus formas propias de vivienda y comida. En cuanto a su relación con los indígenas tenemos, por ejemplo, que en algunas zonas de la Costa Chica de Guerrero y otras cercanas de Oaxaca hasta Pinotepa Nacional, “los mulatos”, quienes se distinguen claramente por sus rasgos físicos, han establecido contactos comerciales con grupos mixtecos, aunque viven separados de ellos; han asimilado algunas creencias de los pueblos indios como la relativa al nahual, brujo que tiene la facultad de transformarse en diferentes animales,  y aseguran profesar la religión cristiana, pero conservan ciertas creencias de origen africano.

                    México debe concebirse como una nación multicultural, rica por su biodiversidad y portadora todavía de más de sesenta lenguas originarias procedentes, a su vez, de milenarias protolenguas que son, como ya se ha dicho, reflejos de muy particulares realidades naturales y étnicas. Su conservación y cultivo en la actualidad quedan garantizados hasta cierto punto con los convenios celebrados en Río de Janeiro y en Barcelona en los años de 1992 y 1996, respectivamente; en ambos se declaró que es inalienable, como bien personal y colectivo, el derecho a preservar y emplear su lengua nativa, y a ser educado y atendido en los contextos jurídicos y sociales en ella. Queda, sin embargo, la difícil tarea de articular, con mayor eficacia de lo que hasta ahora se ha logrado, las acciones conducentes para que estos mexicanos, que integran también nuestra nación, vivan y se desarrollen en toda su plenitud, otorgándoles los beneficios del progreso, pero respetando sus raíces y singularidades.

        El libro que aquí hemos comentado de Miguel León-Portilla nos permite conocer más a este México plural y privilegiado de forma ilustrativa y amena.

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