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Libros - March 20, 2008

La cantina como ambiente terapeútico en “Lontananza” de David Toscana

Elsa Levy. Colima, México. Lic. en Psicología, Maestría es Creación literaria; hoy  cursa la maestría en Literaturas comparadas. Premio Colima,”Longinos Banda”, 1992; Premio nacional de cuento  “Criaturas de la noche”, Coahuila,1999; Premio nacional de cuento “Juegos florales de Lagos de Moreno” 2005. Publicaciones: El vuelo de la iguana, 1991; Bajo la piel, 1ª edición, 1993, 2ª 1997, 3ª 2005; Los cuentos de Tati,  1995; Pre-textos de inverecundia,1995; Otras sombras de la luz, 1996; Tinta fresca ,1996; La cabaña de el Moro,1998; De amores,2000; El Misterio de la casa de citas en el barrio galante, y otros cuentos, 2003. Antologadora de Erótica, 43 narradores en Jalisco,1998, y de Amatoria, el cuento amoroso en Jalisco,2005. El porqué del silencio, 2005; Trece cuentos indómitos, 2006. Ha participado en numerosas antologías y publicaciones colectivas.

                 ¿Qué vida es la de aquel a quien falta el vino ?

                                                                                                                                      Eclesiástico 31, 33.

Toscana ha logrado un
sitio importante no
sólo en la literatura
mexicana, sino también
a nivel internacional,
dada la calidad de su narrativa
Foto:
Cortesía culturamazatlan.com

Ciudad de México.- 20 de Marzo del 2008.- (destiempos.com) Lontananza[1], palabra que evoca lo lejano, la nostalgia, es el nombre de una cantina, alrededor de la cual David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961) teje una serie de relatos independientes pero con elementos unificadores, como ciertos aires de novela y el espacio común de una cantina. A esa cantina acuden a saciar la sed y compartir sus nostalgias personajes diversos: desempleados, oficinistas, pequeños comerciantes, poetas locales y muchos otros, todos marcados por la frustración de sueños y esperanzas fallidas. La cantina, el cantinero Odilón y el tema del fracaso y la esperanza fallida, forman la  “triple unidad” que va apareciendo en el desarrollo de los textos y que logra su encadenamiento.

    En mi búsqueda por Internet encontré que el restaurante bar Lontananza se localiza en la zona del centro de la ciudad de Monterrey, y deduzco que en tiempos pasados honraba su nombre porque debía estar a las afueras, en lejanía, pero el Lontananza literario de Toscana  está ubicado en uno y, a la vez, en varios lugares del norte del país.

    

    ¿Cuál es el origen de la palabra  cantina? La Casa Pedro Domecq, en su constante afán de impulsar los estudios y la cultura en México, ha proyectado, en acuerdo con una Unión Gremial de Propietarios de Cantinas, A. C., el estudio histórico sobre las cantinas en la Ciudad de México. De ese estudio extraje la siguiente información:

    

    La palabra "cantina" es un término que se usó en México desde el siglo XIX con el significado que actualmente se le ha impuesto. A esta le precedió la taberna, el tendejón y la vinatería, establecimientos que tuvieron vida robusta en la época colonial (1521-1821)

    El terminó "cantina" deriva, según el Diccionario latino, de la palabra cella que significa: despensa, gabinete o cuarto pequeño donde se ordenan y se ubican los vinos. La palabra specus-us nos conduce también a este concepto, pues significa: sótano, despacho de bebidas, taberna y vinatería.

    El cronista Salvador Novo afirma que el término aparece en 1847 cuando entraron a México los soldados norteamericanos invasores del país. Estos demandaban los licores y las bebidas mezcladas a las que estaban acostumbrados y esto fue lo que motivó la oferta de tales bebidas en sitios que llevaron el nombre de cantinas. El mismo Salvador Novo afirma que a la mitad del siglo XIX funcionaban oficialmente en México once de estos establecimientos.

    Otro cronista de la Ciudad de México, don Artemio del Valle Arizpe, afirmó: "las cantinas o bares a la manera americana sobria y pulcra no proceden en México sino de la era en que gobernaba el general Porfirio Díaz. Antes de esos pacíficos años no eran conocidos tales establecimientos para la bebida , sino que funcionaban las típicas vinaterías y tradicionales pulquerías procedentes del viejo tiempo de la Colonia. Se acepte una u otra idea, lo cierto es que el término cantina aparece en México en el siglo XIX.[2]

    

    Todos los personajes que acuden al Lontananza son hombres: Amaro, Hildebrando, Rubén, Alberto, Carlos, Héctor, Parra, Víctor, Amílcar, Felipe,  sólo “existen” en la narración que les corresponde, los personajes que se repiten son: Odilón, el dueño de la cantina y cantinero desde hace 40 años, quien interactúa con los clientes, el “Güero” su ayudante y, por supuesto, el Lontananza como el principal personaje de estos textos sin nombre, que se encadenan en su espacio al que yo llamo terapéutico.

             ¿Por qué terapéutico? Porque la cantina, espacio de refugio, de espera, lugar de huida, de ilusión, de angustia, de alegría, de amistad y de muchas otras cosas más, es una entidad social que juega un papel definido en la zona socioeconómica en la que está enclavada.

    Es también un jardín heterogéneo donde florece la interrelación humana al calor de la camaradería que manifiesta un deseo grato de que todo problema humano, sea político, social o religioso, se resuelva con facilidad y prontitud. Significa sociabilidad, calor humano, conversación amena, distante de todo problema que aqueja a la humanidad. Es lugar donde se acrisola la voluntad en el uso o abuso del libre albedrío. Las cantinas son lugares para bebedores, no para enfermos alcohólicos.           

    

    Ocho de los nueve cuentos que conforman “Lontananza”están narrados en tercera persona, por un narrador omnisciente, el último está narrado en primera persona por un narrador personaje.

    

    Después de la lectura de Lontananza queda la impresión de que predomina la desesperanza. Más que la desesperanza, diría yo la esperanza fallida, porque en un momento dado los personajes sí tienen esperanzas, proyectos, pero eventualmente se  desploman

    

    Veamos la desesperanza de Amaro que ese día fue despedido de su trabajo, y la terapia que encuentra en el Lontananza: llega a su casa y en lugar de contarle lo sucedido a su esposa, calla y espera a que llegue la noche para ir al Lontananza a contárselo a sus amigos, ellos sí lo entenderán. “Para Amaro la felicidad era una falacia aprendía en las telenovela. Nadie podía ser feliz porque la alegría era algo momentáneo que de pronto aparecía en una risa, con una buena noticia, con un buen trago, pero igual se esfumaba en un momento  y tardaba en volver […] Amaro forzó la respiración. Ansiaba el humo del cigarro, las palmadas en la espalda, las frases imbricadas en busca de una risa, de un gesto de aprobación. Allá dentro del Lontananza estaba la vida […] Encontró a sus amigos. Amaro sonrió. Todos estaban con él en su noche […] Esa noche el Lontananza  era un paraíso donde el fracaso no existía”.

    

    Vayamos ahora con Odilón, él había heredado el Lontananza de su padre quién le guió y aconsejó de la forma en que debía dirigir la cantina: “Eres el jefe. Nunca te sientes a beber con nadie porque te faltarán al respeto”. Durante cuarenta años siguió la indicaciones de su padre, hasta que leyó un libro: Manual del bartender,  y quiso poner en práctica lo leído con sus clientes, aquellos que nunca le habían interesado  como personas. Siguió las instrucciones del manual y fracasó: “Le vino un sentimiento de desolación. Pensó que tal vez, sólo tal vez, él había sido creado para ocuparse de asuntos más grandes que atender una cantina […] Quizá su padre lo había engañado. Por primera vez se sentaba a hablar con un cliente y, de pronto, se sentía otro, o al menos quería ser otro”.  Se sirvió un trago y llenó de esperanza decidió ponerse a prueba con su última lectura; intentó formular una frase clave, poderosa, que trasmitiría de mesa en mesa, sentado con sus clientes. Pensó en varias, ninguna lo convenció, luego, con desesperanza “Negó con la cabeza, tapó la botella y volvió a la barra. Se puso a atender sin ánimo a los clientes, con la sensación de que aquel hombre (el primer cliente con el que habló) le había encendido la luz por un instante, sólo por un instante”.

    

    Otra historia de desesperanza y fracaso es la de Rubén, dueño de “La brocha gorda”, tlapalería que vendía pinturas. El negocio se había convertido en un fracaso. Rubén esperaba todo el día la llegada de los clientes que no acudían, y uno que otro que llegaban no encontraban lo que buscaban; la tienda estaba vacía, su único empleado había renunciado por falta de pago a sus honorarios. Una tarde, después de esperar sin resultados, lleno de frustración decide que: “Se vayan al demonio, que me dejen en paz”. Rubén, después de colocar en la puerta de su negocio un letrero que decía “ vuelvo al rato”, acude al Lontananza: “Entró en el Lotananza, se sentó en la barra y pidió una cerveza. Mientras la bebía observó con envidia a Odilón. Él sí tenía un negocio próspero y con clientes a cualquier hora y con libertad de vender las marcas que quisiera […] ¿Por qué carajos, se preguntó Rubén, fui a poner una tlapalería y no una cantina?”. Sale de la cantina, y regresa a su negocio, recibe una llamada de su esposa diciéndole que tiene  una mala noticia, que se la dirá en casa. Terminada la tarde Rubén sale de “La brocha gorda” y camina rumbo a su casa, en el trayecto juega con juegos imaginarios, retardando el momento de llegar a su casa. Decide hacer una escala en el Lontananza, con seguridad para llenarse de valor: “Nada le sería tan reconfortante como gastar el último dinero en un trago que le diera paciencia necesaria para enfrentarse a la mala noticia de Clara, al teléfono que no suena, al muestrario de doce colores”.

    

    Siguen desfilando por el Lontananza, Alberto, vendedor de enciclopedias, Carlos, desempleado desde hacía un año, hombre hipocondriaco y deprimido, ambos conversan sobre un billete de lotería que podrían haber comprado, y que Carlos intuye será el premiado. Carlos sale de la cantina para buscar el mencionado billete y encuentra el lugar cerrado; comienza a llover y regresa al Lontananza. “Entró en el Lontananza con una sensación de vacío similar a la que le vino cuando cerraron la ensambladora. ¡Y ahora qué?, era la pregunta sin respuesta”.  Carlos que había memorizado el número del billete de lotería, va a su casa, no puede dormir, sale y se sentó en una banca de la plaza a esperar la llegada del periódico, para comparar el número con los resultados de la lotería, y así estar seguro de su mala suerte. Llega el periódico, lo compra pero no se atreve a buscar la noticia, regresa a casa y se acuesta junto a su mujer. “ Carlos pensó, que a su edad, sin empleo, con dolor en la vejiga y sin ánimo para abrir el periódico, por mucha Adelina de calzones blancos que tuviera a su lado, alguien tendría que  enseñarle a diferenciar entre la buena y la mala suerte”.

    

    Ahora, son Héctor y Parra, dos amigos que estudiaron juntos y nunca terminaron su carrera de leyes. Ambos están en el Lontananza bebiendo y conversando, es su plática tan natural, tan coloquial que al lector le parece estar presente, ahí, sentado en la mesa con ellos, frente a la sinfonola que sólo toca una  canción, al ventilador descompuesto, a los posters de la rubia Superior, y al Güero sirviendo las copas, y Héctor diciéndole a Parra que mañana comenzará una nueva vida. Su diálogo llano bien podría ser el diálogo de un paciente con su terapeuta.

    

    La narración en la que el Güero es el personaje principal, se enlaza con la narración  final. Odilón había estado enfermo: “Un día Odilón se precipitó al suelo, sin oportunidad siguiera de poner las manos”. Cuando, un mes después regresó del hospital llegó convertido en un viejo de pasos cortos, pendiente del reloj para tomar a sus horas píldoras para la circulación, la acidez, los gases, las piernas entumecidas.

    La enfermedad de Odilón había impuesto una mayor carga  de trabajo sobre el Gúero, él aceptaba esta carga a cambio de cierta esperanza. El negocio no marchaba viento en popa y algunas veces Odilón le preguntaba al Güero: “¿Qué podemos hacer para que sea como antes?” No, sé, respondía el Güero, pero él se guardaba muy bien sus planes. Odilón tenía un sobrino, al que nunca se veía por el Lontananza, el Güero intuía que este sería el heredero de Odilón, pero en su interior guardaba la esperanza de ser él el propietario de la cantina: “Colocaría una televisión en cada esquina para ver el box y el futbol, una buena mano de pintura, mesas de billar, otras marcas de cerveza, aire acondicionado y, sobre todo, un cambio de nombre. Compraría un letrero luminoso que prendiera y apagara toda la noche. Bar El Güero. La palabra cantina era del pasado. O mejor aún: Güero’s Bar”.

    El Güero era el bastón de Odilón, todas las noches lo acompañaba a su casa. Arrastraba un pie, daba otro paso y el muchacho decía, sí, sí, sí, asqueado de sentir el temblor de las manos sobre sus hombros y convencido de que todo era una prueba, sin duda, porque Odilón no iba a creer que tanta lealtad, tanto sacrificio, era por el sueldo de cada semana. El Güero tenía una novia llamada Consuelo a la que decía repetidamente: “ Vas a ver, Consuelo, cómo al rato me va ir mejor”.

     En la última narración, narrada en primera persona, son tres amigos, uno de ellos, Amílcar, que viene desde Tejas a visitar su  pueblo natal (sin nombre);  guiados por éste, y dentro de su flamante automóvil, recorren el pueblo mientras Almícar  extrae recuerdos desde su nacimiento hasta que se fue de “mojado” a los Estados Unidos. Termina invitándolos a tomar una cerveza. Aquí es, dijo Almícar. “En la esquina contraria se distinguía un local con un letrero luminoso que decía Lontananza. Un cúmulo de zancudos y palomillas revoloteaban en torno de la luz”. ¿Qué es Lontananza?, preguntó Felipe. Es un bar, respondió Almícar. Pregunto por la palabra, ¿qué quiere decir? No sé. Vamos adentro, ahí le preguntaremos al encargado.

      “El local estaba casi vacío, sólo un par de hombres junto a la barra […] Bastó ver la actitud del cantinero  para darse cuenta de que el negocio andaba mal”. Los tres pidieron Tecates,  Almícar les habló de su primera cerveza cuando apenas tenía siete años , se la había dado un tal Odilón,. Había ido al Lontananza a acompañar a su padre que era fontanero y debía destapar un caño. Almícar niño quedó sentado en el bar solitario de las mañanas, Odilón le llevó una cerveza y lo motivó a beberla. El niño se embriagó. “De  vuelta a su casa su padre le dio una tunda y dijo que, aunque sentía más rabia contra Odilón, a él no le reclamaba porque era su mejor cliente”.

     El cantinero (no sabemos su nombre) atendía a los tres clientes con demasiada amabilidad. Almícar le preguntó: “—Y Odilón? —Odilón ya no está dijo. Y en su boca no estar era sinónimo de haberse muerto”. Es aquí en donde el lector comienza a deducir que el cantinero es el Güero., y que la cantina ahora es de él: hay afuera un anuncio luminoso, hay una televisión, el local está recién pintado. De súbito, sin haberlo pedido, el cantinero, acompañado de su esposa, (primera mujer que en todas las narraciones figura en el Lontananza, y que el lector deduce que es Consuelo) les pone sobre la mesa tres platos con crepas de cajeta, y les dice que es regalo de la casa y que las hizo su mujer. El narrador personaje narra: “Yo empecé a ponerme demasiado triste, Uno no va a un bar a comer crepas con cajeta, y menos que a uno lo vean comer crepas con cajeta. Además resultaba patético lo que esto implicaba: el hombre y su mujer sabían que estaban al borde de la quiebra. No sé si querían agradecer nuestra presencia con las crepas o si suponían que sirviendo crepas el lugar se les iba a llenar de gente. Cualquiera de las dos opciones me  entristecía igual”.

     Pidieron la cuenta, y ya afuera, antes de subirse al automóvil, el narrador personaje, se regresa al Lontananza: “Sólo quería ver a la mujer por última vez. Agradecerle las crepas. Decirle algo de mí, aunque fuera algo mínimo, superficial; mi nombre, mi edad, que cuando era niño pensaba que si mis papás no se hubieran casado yo de cualquier forma había nacido, aunque fuera en otro país, pero con mi misma cara, mismas ideas, mismo sexo. Pero explicarle esto a Felipe y Almíclar era tanto como escuchar el hervidero convertirse en metralla”. Una vez más el ambiente terapéutico de una cantina.

    

    Comentario aparte, el humor es otro ingrediente importante de estás narraciones de David Toscana, pero muchas veces aparece en forma de sarcasmo, de acidez, de negrura, inclusive es un humor, salvo en el texto sobre el poeta, más explícito, en el que tiene que participar el lector y, según su sensibilidad, encontrar un motivo para sonreír.

    Igual sucede con la nostalgia, otro elemento de estos cuentos, pues al evocarse el pasado se le da un sentido sublime o apologético, aunque se trate de algo ordinario.

    

    Finalmente, concluyo que David Toscana en este libro de cuentos, idealizó a la cantina, vendiendo al lector la idea de que la  cantina no es un lugar de borrachos ni un sitio donde proliferan los vicios ni tampoco es un lugar malo.

    En cuanto a lo terapéutico, en lo personal estoy de acuerdo en que la cantina es un espacio de interrelación humana donde se conjuga el beber con lo íntimo del vivir. No hay que olvidar que la medida del beber y del comer la marca el hombre.

    La cantina es el lugar donde el mundo de ilusiones del hombre cobra vida, y donde las esperanzas se hacen presentes, cuando en la mente del cliente se agolpan las claras soluciones a sus problemas personales, surgidos en la sociedad, en el trabajo o en el mismo hogar. Sí, la cantina es un lugar donde se comercializa la bebida acompañada por la comida, pero también es un sitio para la reflexión y el diálogo.

    

    [1] Toscana, David,  Lontananza, Buenos Aires, Edit Sudamericana, 2003, 1ª edición, 1991

    [2]“Las cantinas de la Ciudad de México”

    www.mexico-tenoch/cantina/presentación.html.

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