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Libros - March 7, 2008

Héctor Anaya, un apasionado de la ludolinguística, abrió el ciclo “Los escritores y sus lecturas”

Anaya aclaró que todo
escritor siempre tiene
influencia de otros del pasado,
aun cuando algunos digan
que sólo se sientan a escribir
y dejan volar la imaginación
Foto: Cortesía
Fco. Segura/CONACULTA

Ciudad de México.- 7 de Marzo del 2008.- (Alfredo Camacho/CONACULTA)  Si uno no enseña a leer por contagio a los niños, es difícil que por sí solos tomen el hábito de la lectura; desde temprana edad hay que acercarlos a los clásicos, pero primero hay que explicárselos, afirmó el periodista y escritor Héctor Anaya, al iniciar el ciclo Los escritores y sus lecturas, en el Centro de Lectura Condesa.

 

En el marco de su conferencia titulada No hay hijo sin padre. De lector a escritor, el promotor cultural aclaró que todo escritor siempre tiene influencia de otros del pasado, aun cuando algunos afirmen que sólo se sientan a escribir y dejan volar la imaginación.

 

“Creo que todos tenemos un punto de partida motivados por una lectura, un comentario o una frase leída en algún periódico o cualquier otra publicación. En lo personal, debo admitir que comencé a escribir a los ocho años de edad plagiando unas frases filosóficas, humorísticas e históricas que aparecían al pie de cada página de un periódico que mi papá llevaba diariamente a casa”, confesó el autor de El suicida y Cuenta cuenta.

 

En ese sentido, Héctor Anaya abundó que aquellas frases que copiaba del periódico las llevaba a su escuela primaria para enseñárselas a sus compañeros y maestros. “Obviamente, sabían que yo no las había escrito, pero desde entonces se me quedó la idea de querer ser escritor y entonces me di a la tarea de leer y leer libros”.

 

Sentada en una butaca de la sala, Anaya presentó a su nieta Delanie Almazán Anaya, de quien dijo ser “una devoradora de libros a su corta edad y estoy seguro que los lee con placer, porque siempre me está pidiendo que le cuente más de los autores y sus obras”.

 

Apasionado de la ludolingüística, ese juego con palabras que revelan su signo y contenido a través de la permanente relación con el lenguaje, Anaya contó que al no provenir de una familia de lectores ni contar con una biblioteca llena de grandes títulos que presumir, “tuve que ir conformando mi propia biblioteca, comprando libro por libro en las librerías de viejo del rumbo de La Villa”.

 

Héctor Anaya se dio tiempo para evocar a su “abuela desalmada”, que de niño le pegó y lo tiró sobre las macetas del patio de su casa, porque le comentó que andaba buscando un libro “donde comprobara que Dios no existe”, quizá influido por la famosa frase de un mural del maestro Diego Rivera. “Craso error, mi familia era mocha a decir basta. Por cualquier motivo se la pasaban en la iglesia, ya fuera por bodas, bautizos, XV años o porque alguien se moría, en la casa los rezos estaban a la orden del día”.

 

Para castigarlo por su comentario, la abuela se pasó varios días contándole por las noches, antes de dormir, cuentos de espantos. “Por eso les digo que fue una abuela desalmada que, además, no se cansaba de repetirme que la educación se abrevaba –más allá de escuelas, libros y universidades– de la sabiduría ancestral de la gente mayor”.

           

Alma Columba, del Centro de Lectura Condesa, exhortó al escritor a que hablará de aforismos, del juego de palabras que bautizó como ludolinguística y a que recitara poesía de sus autores predilectos.

 

El maestro Anaya complació la petición y luego de leer aforismos que aprendió con su abuela, recitó de memoria a Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Rubén Darío y un pasaje de El brindis de un bohemio.

 

Acto seguido, ennumeró los autores que comenzó a leer a los doce años: Homero, Cervantes, James Joyce, Chéjov, Tolstoi, Dostoievski, de los cuales reconoce influencias. Y de buen humor redondeó: “El que copia a uno es plagiador, pero el que copia a muchos es un genio”.  

 

Finalmente, aseguró que aunque el hecho de conocer a los autores de cerca “suele causar frustraciones en algunos casos, el intercambio de impresiones entre escritores y lectores es muy enriquecedor. Arreola no quería que de su taller literario salieran aureolitas, y yo tampoco deseo formar anayitas, sino promover el gusto por la lectura, la literatura y la cultura en general entre las nuevas generaciones que así lo deseen”.

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