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Libros - February 15, 2008

Presentaron en Tlacotalpan el libro “Ariles y más ariles. Los animales en el son jarocho”

El libro contiene textos de
Caterina Camastra, ilustraciones
de Julio Torres Lara y
música de 'Son de Madera',
pues incluye un disco compacto
Foto: Cortesía 'Ediciones El Naranjo'

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 15 de febrero de 2008. La noche del 2 de febrero, día de la Virgen de la Candelaria, Tlacotalpan era una fiesta, toda la ciudad vibraba de puro espíritu festivo. Fandangos aquí y allá. El son jarocho, vital, alegre y poderoso, resonaba en sus calles y plazas, en todos sus recovecos. Cerca de la medianoche –¿o ya había pasado?– arribé al fandango “alternativo”, al que se hace en el Café Luz de Noche, antigua casa del excelente amigo y decimero Diego de Jesús Cruz Lara, en la calle de Juan Enríquez, próximo a la Biblioteca Municipal, a pocas cuadras del Centro de esa bella ciudad, que el Flaco de Oro tanto quería. La noche anterior, el grupo tlacotalpeño Estanzuela había armado ahí mismo un fandango de antología, que duró hasta la mañana del 2, como el del sábado, que llegó hasta bien entrado el sol del domingo 3.

Ahí, decía, la noche del sábado 2, Mono Blanco presentó “Matanga”, su más reciente producción discográfica, y durante algunas horas encabezó el fandango. Ahí mismo alguien me presentó a Julio Torres Lara [en realidad fue nuestro mutuo amigo, el periodista Sergio Raúl López, me recuerda Julio], artista visual que traía un libro en sus manos, su libro: “Ariles y más ariles. Los animales en el son jarocho” (Ediciones El Naranjo, México, 2007), con textos de Caterina Camastra, ilustraciones de Julio y música de Son de Madera, pues incluye un disco compacto. Dato curioso: el libro se imprimió en China.

Precisamente afuera de la casa de don Guillermo Cházaro Lagos, platicamos unos momentos y acordamos realizar una entrevista mediante correo electrónico, ya que hubiera leído y gozado el libro, y dado que Julio reside en el puerto de Veracruz. Ah, porque hay que anticipar que es un libro bello, atrayente, seductor, como deberían ser casi todos los libros, sobre todo uno como este, que está dirigido a los niños. He aquí las palabras de Julio, un artista joven y un apasionado conocedor del son jarocho.

Julio en Tlacotalpan, con
su libro y una quijada de
burro, instrumento
musical de son jarocho
Foto:
Gregorio Martínez M./Azteca 21

“El proyecto surgió de la necesidad de establecer un reconocimiento de las diferentes culturas del país entre los infantes mexicanos, de hacer de ese reconocimiento de las diferencias la principal virtud de las futuras generaciones, algo que las instituciones oficiales no han trabajado a fondo. Desde un punto de vista personal, la clave está en trabajar con los niños la consciencia de su pluralidad, para poder aspirar a una sociedad madura; y en esto, una cultura popular como el son jarocho juega un papel importante, debido a su polifacética forma de lectura. Por otro lado, todo esto no hubiera sido posible sin el apoyo y la apertura de la editora Ana Laura Delgado, quien tiene todo el crédito por impulsar esta iniciativa y sobre todo por apostar por ella en tiempos de escasez de propuestas renovadoras.

“Para seleccionar los animales que aparecen en el libro, debo decirte que dentro del cancionero del son jarocho existen cerca de 20 sones dedicados a animales; quizás el principal reto de seleccionarlos fue que en sus letras hay muchos casos de doble sentido, sobre todo de posesión sexual. Por ello, hicimos una detallada selección que dejara entrever una faceta más inclinada hacia la promoción de la cultura jarocha, de su contexto y de su forma de vida. La apuesta fue recrear los animales como seres con una identidad y vida propias. De esta forma, el niño se identifica con protagonistas o personajes más que con personas, y éstos a su vez son el canal que los lleva a entender otros caminos de la creatividad humana, como la música y la poesía. Las letras de estas poesías son tan evocadoras y llenas de historias que no fue difícil traducirlas al lenguaje visual. A esto me refiero con el potencial ontológico del son jarocho.

“Respecto de las ilustraciones, éstas son el resultado de una simbiosis entre diferentes lenguajes del diseño gráfico y la pintura en general. Como artista visual, uno nunca sabe cuándo llegarán a concretarse estos lenguajes en una voz propia; sin embargo, más allá de la natural búsqueda personal, también hay que ocuparse de una función antropológica que ayude a construir una sociedad mejor, y creo que este libro es un buen ejemplo.

“En cuanto a la posible influencia de lenguajes gráficos o proceso de creación de las ilustraciones, la intertextualidad visual de este trabajo debe mucho a mi formación personal como pintor y diseñador, de ahí que existan reminiscencias de las dos disciplinas en las ilustraciones. En el proceso de trabajo uno va tomando inconscientemente elementos de diferentes etapas de la historia del diseño y la pintura. En el libro se encuentran influencias tan disímiles como la Bauhaus, el art decó, el diseño gráfico japonés, los grabados mexicanos del siglo XIX, la pintura oaxaqueña y, por supuesto, la influencia directa que uno aprende con sus maestros, como es el caso del artista y diseñador gráfico Germán Montalvo.

“Sí, el manejo del color corresponde a la riqueza y complejidad del son jarocho, sin embargo, esto no quiere decir que se traduzca como un lenguaje exuberante y florido. Más bien representa la síntesis de historias en imágenes digeribles y anecdóticas, alejadas de la percepción de un barroquismo popular caribeño. Con esto también quiero decir que, en términos generales, siempre se buscó la renovación de la forma, sin alterar el fondo de las cosas. O como dijo alguna vez el diseñador neoyorquino de origen húngaro Tibor Kalman: ‘Se trata, al fin y al cabo, de poder encontrar la manera de cambiar percepciones a través de la seducción de las audiencias, sin dejar de promulgar la verdad’”.

“Ariles y más ariles…” se presentó también en Tlacotalpan el mismo sábado 2, pues así estaba anunciado, con la participación de Caterina, Julio, Sonia Zenteno, directora de Proyectos de Ediciones El Naranjo, y Son de Madera, pero ese día hubo cierto “desorden” en el programa de actividades, que suscitó cambios de lugar y horarios, por lo que no pude asistir a la presentación.

Caterina en julio de 2007
recitando una de sus décimas
en el Museo Nacional
de Culturas Populares
Foto:
Gregorio Martínez M./Azteca 21

No obstante, la autora de los textos que ahí aparecen también accedió amablemente a compartir con los lectores de Azteca 21 algunas ideas respecto de su libro por el mismo medio electrónico. Caterina Camastra es maestra en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana y estudiante del doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, reconocida decimera, estudiosa y promotora de la cultura jarocha. Aunque nacida en Italia, ya es mexicana por naturalización. Enseguida la entrevista.

Caterina, ¿cómo surgió el proyecto de “Ariles y más ariles…?

Julio y yo nos conocimos por andar en los fandangos y compartir el gusto por el son jarocho. Los dos estábamos realizando trabajos de investigación, cada quien desde su perspectiva profesional, él con la fotografía, el dibujo, el diseño editorial; yo con el análisis literario. Fue Julio quien me propuso el proyecto del libro con Ediciones El Naranjo, espléndido equipo de gente comprometida con la cultura, el fomento a la lectura infantil y el esmerado cuidado de la edición.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir los textos?

Los textos –es decir, la introducción general, las introducciones a los sones, el glosario, la lista de fuentes– los escribí en unos seis meses, pero la investigación previa duró como cuatro años. Las coplas fueron escogidas pensando en una pequeña muestra de la poesía jarocha, una antología de ese acervo que se encuentra en discos, libros, memoria oral y fandanguera. Los títulos mencionados en la bibliografía y fonografía, al final del libro, quieren ser sugerencias para seguir explorando.

Dices en la introducción que entre Julio y tú eligieron a los animales presentes en el libro, ¿podrías abundar un poco sobre los criterios que usaron para la selección?

Escogimos a los que más nos gustaban, por así decirlo, los que nos inspiraban para dibujar y contar, de los cuales nos supiéramos más historias y tuviéramos una selección de coplas especialmente lindas y significativas. Luego, tratamos de que todas las familias de animales estuvieran representadas, es decir, que hubiera aves, reptiles, mamíferos, peces, insectos…

¿Y cómo se dio la participación de Son de Madera?

Fueron invitados a participar en la grabación de algunos de los sones incluidos en el libro, para aportar la necesaria parte musical, en una de las muchas formas de tocar el son jarocho hoy en día. Los niños Santiago y Lucía, de ocho y seis años, van creciendo con esta música y enriquecen el disco con su participación.

Desde tu perspectiva, ¿qué función debe cumplir este tipo de publicaciones, interdisciplinarias o integrales, por decirlo de algún modo?

Entretener e interesar a los niños, despertar su curiosidad y sus deseos de saber más, iniciarlos en la complejidad de las cosas del mundo, por ejemplo, en cómo la música y la poesía se alimentan mutuamente.

¿Cómo te fue en la presentación en Tlacotalpan?

Estuvo muy bien, sentí que logramos una buena comunicación con los que asistieron a la hora de explicarles y compartirles nuestro proyecto.

“Ariles y más ariles. Los animales en el son jarocho” es un libro en un formato ideal para que los niños puedan manipularlo y sumergirse en sus páginas canoras –pues los textos de Caterina, más que paráfrasis, casi son cuentos– y henchidas de color, de ilustraciones que no sólo cumplen con su función pedagógica, sino que también son auténticas obras artísticas, un panegírico a la imaginación y a la riqueza intrínseca del son jarocho, dignas de verse en una exposición.

Además, como ya lo mencioné, incluye un disco con una deleitosa selección musical, que inicia con una introducción que presenta el libro llamada “Son de El Naranjo”, luego una explicación-invitación titulada “¡Nos vemos en la tarima” dicha por los niños Lucía y Santiago Gutiérrez Rebolloso dirigida a otros, así como los sones “El piojo de María Cirila”, “El conejo”, “La guacamaya”, “El balajú”, “La tuza”, “El pájaro carpintero”, “El pájaro cu”, “La culebra”, “El cascabel” y “El gallo”.

Por último, contiene un útil glosario –donde, por ejemplo, viene el significado de la palabra ariles, que no les diré para que adquieran el libro, además de venir la palabra en “El balajú”–, así como las referencias bibliográficas y fonográficas, esenciales, que, como ya lo dijo Caterina, son una invitación a seguir el viaje por el fascinante mundo del son jarocho.

En suma, un libro que desde ya trasciende su natural nicho de mercado –los niños– y adquiere la categoría de imprescindible para todos los interesados en la cultura popular mexicana. Ah, y de pasadita también es un modelo digno de imitar para otras manifestaciones tradicionales de nuestro país, ya sea que se editen de manera independiente, en empresas particulares o sean subvencionadas por alguna institución cultural o de gobierno.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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