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Libros - January 27, 2008

“Álamos, por los Siglos de los Siglos”, libro que pondera la arquitectura de dicha ciudad sonorense

Álamos es una rara joya
de arquitectura colonial
del norte de México y en
gran parte de Norteamérica
Foto: Cortesía CONACULTA

Álamos, Sonora.-  27 de Enero del 2008.- (Ángel Trejo/CONACULTA) ¿Por qué hacer el Festival Internacional Alfonso Ortiz Tirado en Álamos y no en la capital Hermosillo, o en alguna otra ciudad como Guaymas, Nogales, Cajeme o Navojoa, ciudades varias veces más pobladas que esta pequeña población del sureste de Sonora?

 

La respuesta la da Juan Vidal Castillo, cronista de la ciudad y autor del libro Álamos, por los siglos de los siglos, dejando de lado el argumento de que el festival de canto operístico se hace aquí porque es la tierra natal del doctor Alfonso Ortiz Tirado.

 

“Porque es la ciudad más bella de Sonora y la que mejor conserva su arquitectura original de la época de la colonial, el siglo XIX y principios del XX. Porque fue la primera población del estado en ser declarada ciudad; porque fue uno de los principales veneros mineros del norte del país y capital del desaparecido estado de Occidente, formado con Sonora y Sinaloa, además de haber operado como centro de planeación del descubrimiento del Mar de Cortés (1542) y el poblamiento de la península de Baja California y la Alta California (siglo XVIII), a través de las misiones religiosas españolas”.

 

Los argumentos de Vidal Castillo son muchos y no fueron enfocados para apuntalar la razón de ser del Festival Ortiz Tirado en una pequeña ciudad de 15 mil habitantes, sino para demostrar que la vigorosa tradición arquitectónica de la “Ciudad de los Portales” fue producto de un largo proceso histórico en el que estuvieron empeñados esfuerzos humanos y recursos naturales colosales.

 

El título del primer capítulo de Álamos, por los siglos de los siglos (“La región de Álamos poco después del Génesis”) y su párrafo inicial son muestra de esta enjundiosa localía:

 

Imaginar el génesis del universo separadamente del área que ocupa la actual región del municipio de Álamos, es aventurarnos a lanzar al vacío nuestros pensamientos tal y como si fueran confeti, sin destino alguno, condenados a desaparecer en el tiempo y el espacio.

 

La ciudad fue fundada entre 1684 y 1685 en las estribaciones de la Sierra de Álamos, en cuyo corazón se localiza la Zona Reserva Ecológica Nacional Sonorense, integrada por una selva baja caducifolia, que se considera zona de transición entre el desierto y el Trópico de Cáncer.

 

En esta área los españoles localizaron un manto de minerales, preponderantemente plata, que durante más de 320 años fue explotado a través de 110 minas y disponía de 557 especies de vertebrados que representaban el 23% de las dos mil 425 especies registradas en el país, y el 62% de las que existen en Sonora. Entre ellas figuraba el jaguar.

 

Inicialmente fue nombrada Real de Minas de las Purísima Concepción de los Álamos. Sus primeros edificios, incluida su iglesia, fueron construidos con muros de adobe con techo de palma y una traza irregular debida a la accidentada topografía del collado montañoso. Las únicas dos áreas planas con forma cuadrangular y rectangular son la Plaza de Armas y la Alameda.

 

El trazo laberíntico de calles y solares sobre terrazas altas y bajas se hizo con base en una patrón ajedrezado para prevenir ataques de los indígenas que resistían a la invasión de sus tierras: en el centro de la población, protegidos por peones, caballos y torres (soldados, mineros, campesinos), se levantaron las sedes y casas el rey (el alcalde mayor), la reina (la iglesia de la Purísima Concepción) y los alfiles (propietarios de minas y comerciantes ricos).

 

De acuerdo con el profesor Vidal, estas residencias estaban intercomunicadas con siete túneles, para prevenirse y ayudarse mutuamente en caso de insurrección de los pueblos yaqui, mayo y ópata.

 

La construcción del templo de la Purísima Concepción reseña en buena medida la historia de la arquitectura de Álamos. Su primera versión en adobe y palma en 1685 fue sustituida en 1735 por un edificio de ladrillos con pilares de amapa (árbol del desierto resistente a las termitas) y cubierta de terrado soportada con vigas de esta misma madera.

 

La amplia difusión de portales en sus plazas y calles principales se debió a un arquitecto llamado Juan Ross, que el primer obispo de Álamos, fray Antonio de los Reyes, trajo de España en 1787 para perfeccionar el acabado de la iglesia y dar una configuración urbana a la población minera.

 

Una nueva reconstrucción sufrió el templo en 1767 cuando se decidió volver a levantarlo con cantera y mampostería, frontespicio neoclásico muy sobrio y dos torres gemelas de las que sólo una pudo construirse en 1789, tres lustros antes de ser terminada su configuración definitiva (1806).

 

Esta pieza tiene adornos platerescos que contrastan notoriamente con el diseño integral de la parroquia y, en general, con el estilo predominante en el ex emporio minero, que entre sus muchos otros méritos históricos resalta el haber tenido una casa de moneda como las que tuvieron la capital mexicana, Guanajuato, Zacatecas y Guadalajara.

 

El estilo arquitectónico vigente de Álamos después de tres siglos de ensayos es el neoclásico sobrio en adobe y mampostería con revoques pintados en blanco, herrería del siglo XIX y cubiertas con vigas de amapa, tramas de vara blanca con terrado de arcilla y solera.

 

“Álamos es una rara joya de arquitectura colonial en la mayor parte territorio norte de México y en gran parte de Norteamérica. Aquí termina el Trópico de Cáncer, y hacia el sur comenzaba Mesoamérica”, dijo finalmente el profesor Vidal Castillo.

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