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Música - January 24, 2008

Crónica de una odisea: Rumbo a la Sierra de Xichú o en busca de una tradición serrana

Después de un trayecto sinuoso,
se llega a un lugar que luego
de sentirlo, vivirlo y disfrutarlo,
es prácticamente inolvidable
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 24 de enero de 2008. La mañana del domingo 30 de diciembre de 2007 me encontré con mi amigo y compañero Benjamín Solís en una atestada Central de Autobuses del Norte de esta ciudad. Por motivos personales, él no podía salir el sábado 29, por lo que –ni modo– saldríamos el domingo. Así las cosas, el 30 conseguimos boletos para las 11 de la mañana a San Luis de la Paz en la línea Flecha Amarilla; había que esperar más de una hora, pero valía la pena, pues, después de varios propósitos e intentos fallidos en años anteriores, por fin iríamos en busca de lo que, para nosotros, era algo similar a la leyenda de "El Dorado", que tanto incitó a los españoles durante la colonización de América. Nuestro “Dorado” era el 25 aniversario del Festival del Huapango Arribeño y de la Cultura de la Sierra Gorda, en Xichú, Guanajuato.

Llegado el momento, abordamos el autobús –de segunda clase, reza el boleto–. No se llenó, a pesar de que salió 10 o 15 minutos más tarde. Para no variar, se detuvo unos minutos más en Tlalnepantla, donde antes estuvo la panadería La Covadonga, ahí subieron otras tres personas. Más adelante, hizo “base” casi 20 minutos en el puente de Tequexquinahuac, y aún se paró en la nueva Central de Autobuses de Tepotzotlán, y en el crucero de El Rosal, en el estado de Hidalgo, donde subieron a vender papas fritas, gorditas de chicharrón, papa y frijol y refrescos de lata. Además, hacía paradas en donde se la solicitaban los pasajeros, ya sea para descender o ascender. Claro, entró a la Terminal de Autobuses Querétaro. Para compensar el tiempo invertido -o perdido–, el chofer “le metió pata” todo el trayecto, tanto que el chillido del tacómetro llegó a ser muy enfadoso.

Bueno, todo esto forma parte de nuestro itinerario, de nuestro México lindo y querido. Llegamos a San Luis de Paz –denominado La puerta de la Sierra Gorda– alrededor de las 15:30 horas. Para nuestra suerte, ya estaba cargando pasajeros un autobús serrano. Sólo nos dio tiempo de ir al baño y ¡vámonos a Xichú! Según nos comentó la vendedora de boletos en la Central de Autobuses de San Luis, normalmente hay cuatro corridas durante el día para ese poblado de la Sierra Gorda guanajuatense, pero, por la fiesta xichulense, esos días estaban saliendo más.

El casi destartalado camión atravesó una parte del increíblemente grande y habitado San Luis –en un bachillerato tecnológico vi un águila tricolor de metal arrumbada, como un viejo e inútil trebejo–, y enfiló rumbo a Victoria. El autobús iba casi lleno, rebotando. Entre los pasajeros identifiqué a un viejo conocido cuyo nombre no recordé, a pesar de que en Xichú nos saludamos e incluso me ayudó en algunos momentos –mientras iba al baño– a sostener mi grabadora –gracias, amigo–. También iba ahí Rubén, el percusionista de Los Rastrillos.

Antes de Victoria, en la carretera y bajo un sol inmisericorde, subió al autobús un grupo de rastas, con varios tambores de origen africano. Intentaban sacar para su pasaje (53 pesos de San Luis a Xichú), pero el chofer les cobró y, como no tenían dinero, más adelante tuvieron que bajarse. No sé cómo le hicieron, pero en la noche los vi a un costado de la plaza xichulense, tocando y bebiendo, gozando y divirtiendo.
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El trayecto fue de dos horas, pues el camión asciende a la sierra. El paisaje poco a poco va cambiando, transformándose de semidesértico a boscoso, ya a más altura, con algunas vistas impresionantes de cañadas o bajíos, de valles, de caseríos o ranchitos; así como el clima, de caluroso a fresco. De improviso, casi sin sentirlo, Xichú apareció ante nuestros ojos, destacando su iglesia de techumbre y cúpulas marrones y blancas, sus calles empinadas, el río casi exhausto, el poblado en medio de cerros. Eran las 17:30 horas. Aunque el sol aún no se ha ocultado, el aire era fresco, revitalizador. Bajamos al pueblo, sus calles lucían de fiesta. Sus casas antiguas y modernas, de híbrida arquitectura, son algunas de adobe y muchas de cemento; las antenas parabólicas, más que una excepción, parecen ser la regla. Hemos llegado a Xichú, que celebraba los 25 años de su festival, por lo que estaba anunciado un gran programa artístico para esa noche, del que hablaremos en posterior ocasión.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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