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Por la Espiral - December 14, 2007

México y FMI: lazos

POR LA ESPIRAL
Claudia Luna Palencia

-México y FMI: lazos
-Una historia de décadas
-8 años sin gestionar créditos

Debemos estar muy pendientes de la reestructuración en ciernes que acontecerá próximamente en el FMI, México tiene una historia de 23 años de créditos y oxígeno financiero recibidos de parte del organismo internacional, claro con sus consecuencias en la deuda y en el viraje económico del país.
    Una gran mayoría de los cambios estructurales en materia de comercio exterior, sistema financiero, apertura al capital extranjero, desregulación y  adelgazamiento del Estado, son resultado de la influencia directa del FMI.
En 1976, Luis Echeverría Álvarez, Presidente de México, enfrentó la  primera crisis financiera desde 1940 y la primera devaluación del peso respecto al dólar en 22 años. Estos hechos llevaron a tocar la puerta del FMI, tras un largo periodo del llamado desarrollo estabilizador y de mantener una política interna que presumía de nacionalista.
Fue la primera experiencia, pero no la última. En noviembre de 1982, el gobierno de José López Portillo redactó una Carta de Intención para exponerla a consideración y firma del FMI.
El propósito no sólo era obtener otra línea de crédito sino también, el de ajustar la política económica a unos lineamientos previamente aprobados por dicha institución. Así es que el carácter del FMI fue volviéndose imprescindible para los  políticos que tomaron las riendas de México.
La crisis padecida en el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado con desequilibrios en las finanzas públicas y en cuenta corriente, suspensión de los flujos de ahorro externo, deterioro en los términos de intercambio y devaluación, dieron paso a un periodo inflacionario y de estancamiento económico.
Entonces llegó a otra fecha en que fue requerido el apalancamiento externo: el 22 de julio de 1986 se firmó otra Carta de Intención por un crédito de un mil 700 millones de dólares, a cambio, el gobierno adquirió varios compromisos conducentes a un programa de reestructuración de la economía denominado “Programa de Aliento y Crecimiento”.
En el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-19994) los lineamientos partieron en la renegociación de  la deuda. Una vez que “la década perdida” carcomió la liquidez y solvencia de la economía el paso inmediato no era endeudarse más sino  renegociar y pactar. Fueron seis años de pactos y espejismos.
Después de que México se creyó aquello de ser un país del primer mundo por entrar en la OCDE y tener un tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, la realidad nuevamente nos retornó del sueño a la pesadilla: la  crisis de 1994 -política y económica- motivó a que el recién estrenado inquilino de Los Pinos, Ernesto Zedillo Ponce de León y su gabinete, negociaran en enero de 1995, otra Carta de Intención con el FMI a cambio de un paquete de apoyo crediticio por 17 mil 750 millones de dólares, destinados a la reserva internacional de divisas después de la fuga de capitales provocada por la devaluación de diciembre de 1994.
Aquella negociación fue histórica y de hecho el gobierno estadounidense también entró a financiar directamente a la economía mexicana, quebrada por la fuga de capitales, desgajada sin reservas, ni empresarios capaces de confiar en ella. José Ángel Gurría, entonces secretario de Hacienda, jugó un papel toral en las negociaciones con Washington buscando reestablecer la confianza en México, pidiendo calma a los capitales extranjeros cuando los propios nacionales estaban engrosando los bancos foráneos.
Pronto llegó otro acuerdo con el FMI, sucedió el  15 de junio de 1999, con la firma de un contrato "stand by" entre el gabinete de Zedillo y el FMI.
La cantidad financiada por  4 mil 200 millones de dólares fue pactada a un plazo de 17 meses.
GALIMATÍAS
    Se convirtió en un círculo vicioso: financiamiento externo, deuda externa e intereses eternos.
La espiral detonó a partir del sexenio del presidente Echeverría Álvarez,  vivió sus peores momentos en el gobierno de José López Portillo y finalmente le estalló en las manos al presidente Miguel de la Madrid, cuando los rumores internacionales subieron de tono por la falta de liquidez. La palabra con más eco fue: moratoria de pagos.
En 1970, el sector público del país, registró un saldo de deuda externa de 4 mil 262 millones de dólares. En los siguientes seis años, el gobierno de Echeverría aumentó el saldo hasta 19 mil 600 millones de dólares. Con López Portillo se triplicó al aumentar a 58 mil 874 millones de dólares.
En los años subsecuentes fue totalmente imposible hacer frente a los vencimientos. Los Estados Unidos y los organismos internacionales respondieron entonces con negociaciones, país por país.
Con la negociación unilateral surgieron los programas supranacionales: el Plan Baker, luego el Plan Brady, algunas reestructuraciones que no significaron ningún respiro más que alargar la deuda, con abonos chiquitos que no amortizaban el capital.
A los pocos años,  nuevamente México y todos los países de la región estaban asfixiados. Había que ir a otra negociación.
Fue en el sexenio del presidente Salinas de Gortari donde sucedió una renegociación exitosa, pero no del todo favorable para el país. Algunas especulaciones señalan que la carta de la renegociación ante Estados Unidos fue precisamente el profundizar la apertura de la economía mexicana a favor del capital extranjero por medio del TLCAN.
El hecho es que, como lo menciona Salinas de Gortari en su libro “México, un paso difícil a la modernidad”, de editorial Plaza y Janés, la reducción de la deuda se protocolizó el 4 de febrero de 1990.
En ese año había una profunda preocupación en México por el calendario de las amortizaciones y es que las reservas internacionales en el Banco de México eran de mil 500 millones de dólares.
En ese instante prevalecía la falta de liquidez interna y externa y las tasas de interés a nivel internacional eran elevadas por lo que el costo del financiamiento y del endeudamiento eran demasiado altos.
En la negociación de la deuda que realizó el equipo de Salinas de Gortari se consiguieron algunos aspectos positivos: 1) Bajar la  deuda agregó casi dos puntos a la tasa de crecimiento del país. 2) Disminuyó el peso del saldo de la deuda respecto al Producto Interno Bruto (PIB). En 1988, la deuda externa total era equivalente a 44.5% del PIB. En 1994, la deuda externa equivalía al 16.5% del PIB. 3) Bajaron el pago de intereses. Mientras en 1988 se pagaba el 17.7% del PIB en intereses, comisiones y gastos de la deuda, para 1990, el pago por ese concepto había disminuido a 9.8% del PIB.
   

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