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Arte y Cultura - September 13, 2007

Música precortesiana, comparable o superior a la tradición europea y asiática

Música totonaca de santiagueros,
cumbias y marchas nahuas de la
Sierra Norte de Puebla, boleros y
chotís en salterios mixtecos de
Puebla y toques de tambor
lacandones de Chiapas
Foto: Cortesía (Héctor Montaño INAH)

Ciudad de México.- 13 de Septiembre del 2007.- La Conquista de México y la prohibición de los inquisidores ibéricos borró, casi por completo, a la música prehispánica de la que no quedaron más que algunas crónicas, una importante cantidad de instrumentos por ser hallados y alguna influencia en la forma en que se tocaba la música impuesta de características españolas.

 

Ese silencio hizo que, durante mucho tiempo, se supusiera que las sonoridades prehispánicas eran primitivas, basadas en tambores repetitivos y flautas, dado que el mismo Hernán Cortés, en sus Cartas de relación definió la música indígena como “monótona y cansada”. Siempre desde un punto de vista occidental.

 

Tenía que ser un mexicano nacido en los Estados Unidos y educado formalmente en la tradición de la música de concierto de ese país, quien intentaría, a través de la etnología, la musicología y un espíritu aventurero, reivindicar el mundo sonoro previo a la Conquista: Samuel Martí.

 

Y justamente una selección de sus grabaciones de campo, Música de Nuestros Pueblos: Archivos de Samuel Martí, conforma el volumen número 48 de la colección Testimonio Musical de México, serie fonográfica editada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 

El disco compacto –con sones de los pueblos de Jalisco; música totonaca de santiagueros, voladores y quetzales; cumbias y marchas nahuas de la Sierra Norte de Puebla; boleros y chotís en salterios mixtecos de Puebla, y toques de tambor lacandones de Chiapas– será presentado con comentarios de José Benítez Muro y Benjamín Muratalla, el viernes 14 de septiembre a las 16 horas en el auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología, como parte del III Foro Internacional de Música Tradicional y Procesos de Globalización que se organiza en el marco de la XIX Feria del Libro de Antropología e Historia.

 

“La música precortesiana alcanzó una etapa de desarrollo comparable, tal vez superior, a la de otras culturas de origen europeo o asiático. Esto se comprueba por el número y variedad de instrumentos musicales arqueológicos que se han encontrado en Mesoamérica”, es una frase de Martí que bien resume su postura.

 

Como parte de esa complejidad, el investigador méxico-estadounidense mencionaba tambores de parche sencillo y doble, y de troncos de madera; caracoles marinos; silbatos y ocarinas sencillas y dobles; flautas de pan o siringas, trompetas y flautas sencillas, dobles, triples y cuádruples; raspadores; sonajas; sistros; cascabeles, y arcos de cuerda, lo cual refuta la afirmación de que la música indígena era “increíblemente primitiva” como se refiere en la mayoría de las historias de la música.

 

Los rasgos de la música indígena y de la sonoridad de los pueblos originarios, fueron rastreados por Martí lo mismo entre los restos hallados en excavaciones y acervos museísticos, que entre los indígenas actuales, tanto en las localidades más remotas como en el propio Centro Histórico de la ciudad de México, en innumerables festividades, ceremonias y danzas.

 

Y ese testimonio permanece en la grabación, que demuestra cómo algunas características de la música prehispánica se conservan en esas diversas muestras musicales de los pueblos indígenas que perduran hasta nuestra época. Y es que en Mesoamérica, la música no era una forma artística aislada, sino que se manifestaba de forma indisoluble junto al canto, la danza y la teatralidad, como parte de su cosmovisión religiosa y su relación con la naturaleza.

 

Clasificó la música prehispánica por su uso como mágica, de cacería, guerrera, popular, íntima, profana, palaciega, humorística y para pantomimas, erótica, cantares religiosos, ritual y fúnebre.

 

Hijo de padres mexicanos, pero nacido en El Paso, Texas, en mayo de 1906, el intérprete, compositor y etnomusicólogo Samuel Martínez Uribe –acortó su apellido en homenaje al poeta cubano José Martí– estudió violín en el Musical College de Chicago, y conoció en Nueva York a los compositores vanguardistas Edgar Varèse y a Julián Carrillo, de quien fue asistente en la construcción de sus famosos pianos microtonales.

 

En 1932, Martí inició sus estudios de antropología en la ciudad de México, donde fue discípulo de Alfonso Caso y alrededor de esas fechas inició sus investigaciones sobre lo que él denominaba música precortesiana, antes que prehispánica. Para 1936 fundó y dirigió la Orquesta Sinfónica de Yucatán y el Cuarteto de Cuerdas Martí, en la península yucateca, que visitaba constantemente para estudiar la música maya.

 

Pero lo que definitivamente marcó su vocación fue la investigación musical etnográfica, que compartió junto a otros reconocidos estudiosos de su generación, como Robert Stevenson, Vicente T. Mendoza, Charles Boilés o José Raúl Hellmer, quienes coincidieron, según Benjamín Muratalla, en el “afán de buscar las raíces prehispánicas de la música y mostrar la existencia de otros pueblos, diferentes tipos de música y saberes reconocidos o relegados por los grupos dominantes en México” y, por lo tanto, contribuyeron al fortalecimiento del nacionalismo cultural emanado de la Revolución mexicana.

 

En las décadas de 1930 y 1940, prosigue Muratalla, Martí trabajó como parte del equipo del arqueólogo Román Piña Chan, especialmente en el descubrimiento de la colección de artefactos sonoros en la isla de Jaina, donde se halló una flauta mundialmente famosa por el grabado de su cuerpo y los alcances musicales de los mayas, pues permitía interpretar sonidos en una escala diatónica de siete tonos.

 

Además de sus 23 libros publicados –que incluyen, entre otros Canto, danza y música precortesianos (1955), Manos simbólicas (1971) y la preparación de un diccionario de música, danza y teatro precolombinos–, artículos publicados y conferencias, Martí logró conjuntar un archivo con más de 100 horas de grabaciones sobre música indígena contemporánea, labor que inició en 1960 con patrocinio de la ONU y que legó al pueblo de México a través de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, la actual Fonoteca del INAH, editora del disco.

 

“Existe un cuerpo viviente de música americana, con profundas raíces en el pasado. Es por este patrimonio musical por el que deseo despertar un interés vivo e inteligente. Creo que un conocimiento inteligente y bien informado de las prácticas musicales de nuestros aborígenes pueden servir como inspiración para el desenvolvimiento de una valiosa contribución a la cultura universal: la música de América”, proponía Martí, quien falleció el 29 de marzo de 1975, apenas dos años después de obtener la nacionalidad mexicana.

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