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Arte y Cultura - August 16, 2007

María Luisa Herrera Casasús y su infinito amor por la Huasteca

La escritora e investigadora
accedió amablemente
a charlar con Azteca 21
Foto:
Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 17 de agosto de 2007. Entre la multitud que acudió a Huauchinango a disfrutar de las actividades del XII Festival de la Huasteca, tuve la oportunidad de conocer a una persona sensible e inteligente, una mujer que, por el tema central de este cónclave, también debió estar en una mesa de discusión, compartiendo sus conocimientos y sabiduría, su gran corazón y amor huastecos.

Me refiero a María Luisa Herrera Casasús, investigadora orgullosamente huasteca, quien ha realizado importantes obras para conocer mejor esta región de México e iba acompañada de una amiga tampiqueña. Coincidimos en una mesa, durante un desayuno en el estacionamiento acondicionado de comedor general. Su simpatía y sencillez resplandecen de inmediato, del mismo modo que su generosidad y afabilidad. De hecho, cuando la escuché hablar y departir con amigos huapangueros, me sorprendieron su cultura y amplios conocimientos.

Por eso le propuse una entrevista, a lo que me respondió, con modestia auténtica: “Hable con gente importante, yo no lo soy”. Pero la convencí cuando le referí que Don Hilario Hernández Francisco, autor del libro “Creencias de la Cultura Huasteca”, me había hablado muy bien de ella. “Ah, es una gran persona”, replicó y, con reticencia, accedió a platicar de su propio quehacer profesional, de su amor por la Huasteca.

“Yo opino que si la gente está aprendiendo idiomas extranjeros, naturalmente por necesidad, es imperdonable que olvidemos lo propio, nuestras raíces, pues, ¿cómo es posible que un idioma como el huasteco, que dominó la zona más de dos mil años, digamos casi tres mil, pueda olvidarse tan fácilmente? Es más, en estos eventos ni siquiera se menciona el idioma huasteco. Por fortuna, en San Luis Potosí aún se habla el huasteco, el teenek. ¿Usted sabe que está emparentado con la lengua maya? Sí, señor, el huasteco es una lengua mayense.

“Por eso, yo comencé por estudiar mi tierra, pues, claro, soy nacida en la huasteca tamaulipeca, pero criada en la huasteca veracruzana, en el municipio de Ozuluama. Mis padres tenían una hacienda grande, la hacienda ‘La Mesa’, ahí nos criamos mis hermanos y yo, con maestros particulares, con una monjita y otros maestros, hasta que mis hermanos entraron a la secundaria y mi papá murió, entonces nos fuimos a radicar completamente a Tampico. Luego estudié en Monterrey, después en México en la Universidad Femenina, pero llevando mi tierra siempre en mi corazón.

“Yo estudié una licenciatura en Historia del Arte, ya que me gustaba mucho la pintura, todo eso, pero la vida lo va llevando a uno a su verdadera vocación. Recuerdo a Sarita García Iglesias, quien fue la autora de ‘El jagüey de las ruinas’, además de parienta mía, y me llamó mucho la atención que le pusiera tanto énfasis a la huasteca veracruzana, hablando de la intervención francesa y todo eso. Esto me motivó mucho, pues tenía yo como diez u once años. Así principié a estudiar la historia de mi familia, porque mis tíos bisabuelos habían intervenido en esas luchas, y al empezar a investigar encontré cosas muy interesantes, pero me desvié, porque comencé a encontrar cosas de la esclavitud negra que había habido en la Huasteca, de lo cual nadie mencionaba nada ni nadie decía nada. Y descubriendo el agua tibia, empecé a investigar sobre los negros en los libros de las iglesias de toda la zona, en los archivos parroquiales.

“Maravillada y sorprendida de lo que encontraba, me fui a México, al Archivo General de la Nación, y me enteré, por ejemplo, que ya el doctor Gonzalo Aguirre Beltrán era un pionero en estos estudios. Luego la doctora Luz María Martínez Montiel me invitó a pertenecer al grupo de los estudiosos de la raza africana en México, del afromexicanismo. El grupo se llamó ‘Nuestra Tercera Raíz’, patrocinado por CONACULTA, desde 1990, hicimos unos libros, participé con uno sobre la zona de Tamaulipas. Posteriormente hice otro sobre la población negra en la Huasteca, luego otro sobre la población negra en Tamaulipas, como una separata de los libros grandes, y ya tenía otro redactado que se llama ‘Piezas de Indias’, que así se nombraba a los negros que traían de África”.

“Todo esto está relacionado, todo lo fui llevando con mi interés por los orígenes de mi familia, las haciendas, las fundaciones, la época virreinal en la zona, por lo tanto, también los indios, y después las misiones que había erigido Fray Andrés de Olmos en el siglo XVI. Entonces tuve apoyos de Tamaulipas, de San Luis Potosí, de sus Institutos de Cultura, para la investigación en todas las misiones de la Sierra Gorda potosina, para localizar el sitio exacto donde habían estado las misiones, fue algo hermosísimo.

“Por supuesto, escribí un libro sobre eso, y lo demás son conferencias, asociaciones… Lo de los negros se acabó con la llegada del señor Fox, pero, como ya era internacional nuestra tarea, se había formado una asociación que se llama Asociación Mexicana de Estudios del Caribe (AMEC), en la cual se trata el asunto de los africanos, y están el Instituto José María Luis Mora, el CIESAS de México y el de Jalapa; a la AMEC todavía pertenezco. Pero ya me he jubilado de muchas cosas… Ah, también me nombraron, honoríficamente, Cronista de Tampico El Alto, Veracruz, porque yo me di cuenta de que esas tierras habían sido una donación de un antepasado mío, pues Tampico fue destruido por los piratas y anduvo emigrando, aunque todo el mundo cree que el antiguo Tampico era el Tampico actual y no es cierto, es de 1823, en realidad estaba del otro lado del río, en Veracruz.

“Además, tenemos un grupo que se llama Asociación de Cronistas del Norte de Veracruz y Sur de Tamaulipas, nos juntamos en cada celebración importante y cuando no da uno una plática por acá, va a la conferencia de otro por allá. Hace año y medio fui a Brasil por la cuestión de los africanos, pero ya me he jubilado casi de todo, de lo que no me he jubilado es del amor por mi tierra… Ah, porque, claro, también me tuve que poner a aprender algo del idioma huasteco, para poder entender las toponimias y todo eso, pero yo pico de todo y aprieto poco, digo, cosas que me causan ilusión, hasta bailar huapango me causa ilusión.

“El arraigo a la tierra viene de que yo crecí entre el huapango. Mi familia, gracias a Dios, me lo inculcó. Los primeros indígenas que yo conocí con sus costumbres fueron unos que contrataron para limpiar unos potreros y hacer una presa, que mi hermano mayor necesitaba, pues, como le dije, mi papá murió cuando yo era muy niña. Entonces, cuando yo los oí hablar en náhuatl decía ‘¿Por qué yo no puedo hablar así?, ¿cómo es que aquí hablaban así y nadie me lo había dicho?’. Ellos me enseñaron algunas frases y así me fui empapando de sus costumbres. Además, mis hermanos y yo, gracias a Dios, somos muy apegados a la gente del campo. Nunca nos sentimos más ni menos, aunque hubiéramos sido los hacendados de ahí, por eso nuestro gran amor a la tierra.

“También tengo una hermana que ha trabajado siempre para la acción católica campesina y ha defendido mucho la cuestión de los indígenas; por mi parte, siempre he tratado de acercarme a ellos. Entonces, cuando conocí la Huasteca Potosina, adonde fui por el aprendizaje del huasteco, me dije ‘¿Cómo es que aquí es la Huasteca? Si la Huasteca es la mía, la de Veracruz’. Luego ya fui penetrando más, el padre Carlos González Salas, cronista, en Tampico, y don Joaquín Meade, historiador, me acabaron de ilustrar perfectamente. Por eso le tenemos un gran amor a toda esta tierra y nos sentimos muy orgullosos de ser de aquí, y me gusta participar en lo que yo pueda servir.

“En Tampico me conocen hasta los perros, pero mis libros están en instituciones, no en librerías, por ejemplo, el de ‘Piezas de Indias’, de Veracruz, se agotó, donde hay es en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, en Ciudad Victoria; los de los negros de la Huasteca y de Tamaulipas también están ahí, el de los cuentos de la Huasteca ya se agotó, pero por ahí aún hay del de las misiones de la Huasteca Potosina”, asevera esta mujer emprendedora y amante de las tradiciones de su terruño, las que conoce a la perfección y de las que ha dejado constancia en sus diversas publicaciones.

La charla se interrumpió súbitamente, pues a la banca donde conversábamos se acercó una mujer indígena para ofrecernos cacahuates que llevaba en una cubeta de hojalata. La indígena se mostró sorprendida por el porte de las tamaulipecas y les preguntó de dónde eran, después de asegurar que no eran de Huauchinango. Ellas le informaron que venían de Tampico, la indígena dijo que se llamaba Antonia y su amabilidad acabó de convencer a las mestizas, que le compraron una medida –un bote– de cacahuates.

Al despedirse, María Luisa y su amiga estaban profundamente conmovidas, tanto que esta última no pudo contener las lágrimas, cuestionando a Dios, que permitía tanta desigualdad e injusticia en el mundo. Nuestra charla se truncó, pero quedamos de reanudarla un día, en Tampico o en la ciudad de México, pues el sol de mediodía irradiaba un calor inclemente y ellas querían irse a descansar. Así, pues, confío en que habrá ocasión para reanudar esta sustancial plática.

Mientras, para los interesados, me he enterado de los títulos de los libros de María Luisa Herrera Casasús, que pueden dar una idea de su trabajo profesional y su amor por esta región cultural de México: “Presencia y esclavitud del negro en la Huasteca”, Universidad Autónoma de Tamaulipas-Instituto de Investigaciones Históricas, 1989; “Esclavitud negra en la Huasteca”, Gobierno del Estado de Tamaulipas, 1990; “Piezas de Indias: la esclavitud negra en México”, Instituto Veracruzano de Cultura, 1991; “Raíces africanas en la población de Tamaulipas”, UAT-IIH, 1998; “Leyendas y cuentos huastecos”, 1998, y “Misiones de la huasteca potosina. Custodia del Salvador de Tampico. Época colonial”, Instituto de Cultura de San Luis Potosí/Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca/CNCA, 1999.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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