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Por la Espiral - June 24, 2007

Lecciones de democracia

POR LA ESPIRAL
Claudia Luna Palencia

-Lecciones de democracia
-¿Avances o retrocesos?
-Qué pasa en América Latina

Dos son los elementos que mantienen a la comunidad latinoamericana en estado de indefensión ante sus explotadores políticos: la ignorancia y, sobre todo, la pobreza. Lo primero deviene del concepto feudal, extendido hacia el modelo de las viejas haciendas en posesión de caciques aldeanos, de las tiendas de raya: a trueque del sustento, los trabajadores optan por la esclavitud de facto; lo segundo mantiene las dependencias sociales respecto a una clase gobernante que actúa con acento paternal.
Así se fraguó, por ejemplo, la dictadura del general Juan Domingo Perón en Argentina al establecer éste, de manera superficial y hasta frívola, una cruzada en contra “de la oligarquía” sin menoscabo del poder militar. Luego vendría el icono de Evita y sus “descamisados”.
José Déniz Espinos, como parte del ensayo “América Latina Después de las Reformas”, sostiene en la introducción del mismo:      “En los primeros años del 2000, el 44% de la población latinoamericana se encuentra bajo los umbrales de pobreza (de los cuales la mitad son indigentes), con unos índices muy altos entre las mujeres y la población infantil.  La inseguridad alimentaria se ha agudizado en algunos países con las correspondientes graves consecuencias contra la salud. Sin embargo, la gran mayoría de los países de la región producen alimentos en cuantía suficiente o tienen capacidad para importarlos, por lo que más que la falta de comida el problema radica en la insuficiencia de acceso a los alimentos, como resultado de los bajos ingresos”.
Lo mismo en Argentina, Brasil o México, las crisis económicas recurrentes han obligado a la mengua del poder adquisitivo general a favor de la especulación que beneficia sólo a los grandes capitales. De allí las bienaventuranzas de la macroeconomía sobre un conglomerado depauperado.
Pero también la excesiva postración alimentaria suscita en la población con escasos ingresos la demanda de liderazgos fuertes, aun cuando sean autoritarios, siempre y cuando sirvan para amortizar las demandas colectivas más sensibles a base de prebendas oficiales dado que no sería posible lograrlas de otra manera. Y ello, desde luego, prohíja el regreso de los ex mandatarios y el sostenimiento, por la vía de la reelección, de aquellos que supieron, remando a contracorriente de las crisis, mantener su cercanía con los depauperados aunque fueran llamados populistas por sus detractores.
Sólo así puede explicarse la “segunda oportunidad” obtenida por el peruano Alan García a pesar de los escandalosos déficits financieros de su primera gestión en la década de los ochenta: asfixiado al principio, por una deuda externa de 14 mil millones de dólares dejó a su país bajo una inflación incontrolable y el desquiciamiento monetario. Ello lo condujo hacia el fracaso que sirvió de preámbulo para la llegada de Alberto Fujimori, el doctor clasemediero que se presentó como la opción de la burguesía saqueada e indujo el sufragio universal para posesionarse del poder por diez años, hasta el 2000, disolviendo al Congreso y habilitando a una nueva aristocracia intocable.
Pero es y ha sido la miseria de muchos el caldo de cultivo para la nueva asunción de los autócratas que aprovechan las elecciones para inducir el apoyo de comunidades poco instruidas y, como tales, susceptibles de caer bajo el influjo de los cantos de sirena de sus pretendidos redentores.    
El elector vota y espera resultados automáticos: cree, confía y alimenta esperanzas, más aún cuando la publicidad insiste en que cada sufragio podrá modificar las condiciones lacerantes y, sobre todo, el permanente agobio de la insatisfacción social, las brechas del ingreso y el deslumbramiento por la abundancia ostentosa de un pequeño círculo de privilegiados que confirman la preeminencia del poder económico sobre el político.
En el ensayo “Crisis de Gobernabilidad y Populismo”, Ludolfo Paramio, destacado investigador español, sostiene: “Cuanto mayor sea el número de electores frustrados ante las consecuencias de su voto, menores serán la identificación partidaria y la estabilidad política. En una situación en que la decepción sea la norma, los electores cambiarán a menudo su voto, tenderán a abstenerse, o votarán sobre todo a las opciones más nuevas o que perciban como más adecuadas para castigar a los gobernantes que les han defraudado”.
Luego de la realización de los comicios federales en México, en julio del 2006, cada uno de los bandos que polarizaron a los electores se proclamó como recipiendario de “la mayoría”, unos insistiendo en respetar los resultados que les favorecían y otros con el alegato de un fraude monumental que no les fue dable probar.
De allí el sustento de las frustraciones cívicas que no han podido paliar los órganos de representación política ni los electorales, rendidos todavía a la “institucionalidad”, esto es a servir de eco a quienes mantienen las rectorías y  saben inducir la voluntad ciudadana.   
GALIMATÍAS
Es necesario modernizar las legislaciones electorales. En México, por ejemplo, se optó por ampliar las instancias electorales que no sirvieron para destrabar los candados de la ingobernabilidad. Observaremos cómo la Cámara de Diputados genera reacomodos para  cabildear y votar la propuesta de reforma fiscal enviada por el presidente Felipe Calderón.
¿Y qué puede decirse del caso chileno? La asunción de la izquierdista Michelle Bachelet en marzo del  2006 luego de haber sido electa en diciembre del año anterior, chocó, recientemente, con la sentida reacción de miles de sus gobernados tras el fallecimiento del ex dictador Augusto Pinochet, el domingo 10 de diciembre del año pasado. Si bien la sociedad se polarizó el hecho de que el general, visto en el mundo como un feroz genocida a quien la muerte salvó de la justicia, fuera reverenciado por un amplio sector de la población indica hasta que punto es el arraigo de los autoritarismos en la memoria general de la nación.    
Por ello, la toma de medidas excepcionales es lo único que puede evitar los previsibles sacudimientos políticos en el continente americano, minado por las alianzas soterradas de las viejas clases dirigentes con el gran poder continental que, descuidado, concentró miradas y afanes a muchos miles de kilómetros de distancia.
De no procederse así, pese a la decantada civilidad que emana de la modernidad democrática, ineficaz, insisto, para detener a los autócratas, Latinoamérica podría salir del marasmo del conformismo poniendo a las instituciones en severo riesgo.   

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