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Por la Espiral - June 11, 2007

G-8 más militar que ambiental

POR LA ESPIRAL
Claudia Luna Palencia

-G-8 más militar que ambiental
-Baremo de mínimos climático
-El estado del mundo. El G-77

A pesar de los esfuerzos de Ángela Merkel, canciller de Alemania, por lograr un mayor consenso entre los mandatarios miembros del Grupo de los 8, para reducir las emanaciones de gases de efecto invernadero y la contaminación industrial, al final de todo, la Cumbre del G-8 resultó más militar que ambiental.
    El viernes pasado, un buen número de medios impresos en Europa, dedicaron su portada a una fotografía que captura el momento de la geopolítica mundial en la que estamos absortos: la imagen corresponde a alguna terraza no identificada ubicada en  Kuhlungsborn, Alemania, en la que se aprecia una mesa con cuatro singulares ocupantes bebiendo cerveza: la canciller Merkel captada cabizbaja; George W. Bush, presidente de Estados Unidos, con la mano guiando la conversación, recargado desparpajado en el respaldo de la silla, con la pierna derecha  encima de la izquierda, acomodada con cierto grado  de dominio delatado en la elevación de la pierna derecha casi sobre de la mesa, justo a unos centímetros de su cerveza “sin alcohol”; de frente a él, se encuentra Anthony Blair, el saliente primer ministro británico, que observa con elocuencia y sonrisa  de complicidad  al presidente Bush; sentado a su izquierda   figura Romano Prodi, primer ministro de Italia,  sin manifestar grandes pretensiones, pero muy observador de lo que pasa en la mesa.
    Es una foto reveladora, que quizá pueda llegar a colocarse algún día en el álbum de la historia donde no existía más Guerra Fría, aunque circunstancialmente  el ambiente actual recuerda sus peores momentos.
    Desde luego, en el poker faltó Vladimir Putin, presidente de Rusia, quien previo a la Cumbre del G-8 registró varios encontronazos verbales con el presidente Bush por el asunto de los escudos antimisiles. Fue un asunto que por su delicadeza capturó la atención internacional.
En este G-8, Estados Unidos y Rusia, impusieron una agenda militar por encima de la preparada por la canciller Merkel. El problema de ello deriva en que el presuntuoso grupo formado por “los países más industrializados del orbe”, gobierna a “la otra orilla”, sujeta a condiciones, rutas y motivaciones correspondientes a los intereses geopolíticos y geoeconómicos de los que más tienen.
    Lo más patético es que, ocho países dicten y hagan las reglas, bajo las cuales se rigen más de 150 países. Tenemos un reparto a base de estires y aflojas de diplomacia, en el que Estados Unidos traza las  normas y termina el juego cuando lo quiere. El punto es que Rusia le está agarrando el modo.
    En tanto, debido a los desacuerdos ambientales de los ocho países más industrializados en lo que respecta a las emisiones del CO2, la mayoría de los países del orbe están atrapados en la vorágine del cambio climático.
El sábado, diversos grupos ecologistas calificaron de fracaso estrepitoso a la pasada cumbre al considerar que “se les fue una oportunidad histórica”.
A COLACIÓN
    Es la otra orilla de una inmensa playa formada por países rezagados en distintos niveles, cuantitativos y cualitativos, aglutinados en el  Grupo de los Setenta y Siete (G-77), desde el 15 de junio de 1964.
    La intención de formar este  grupo es la de hacerse escuchar ante la falta de peso político y económico a nivel mundial respecto a los pocos países ricos y poderosos. Básicamente, conjuntar interlocutores del llamado “tercer mundo”.
    Si bien comenzó con 77 países, el “otro club” también ha venido ampliándose aceptando nuevos miembros hasta representar a 131 países. Por ejemplo, China, India, Brasil y Sudáfrica son miembros y peculiarmente México no.
    La presencia más reciente del G-77 en el ámbito internacional fue en el mes de abril con un reporte oficial dirigido a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) destacando que “las cuestiones de la energía y el cambio climático son esenciales para el desarrollo sostenible”.
    El G-77 insistía en la necesidad de que los Estados miembros en la ONU promovieran el desarrollo sostenible a través de su adhesión a los principios de Río, en  particular el de la responsabilidad común pero diferenciada, junto con la aplicación del Programa 21 y de otros compromisos relacionados con los recursos financieros, la transferencia de tecnología y el fortalecimiento de la capacidad de los países en desarrollo, asumidos en las Conferencias de Río, de Johannesburgo y otras conferencias pertinentes de las Naciones Unidas sobre cuestiones económicas y sociales.
    Me parece que si queremos resumir el mundo de desajustes, brechas y asimetrías basta con analizar las necesidades del G-8 y las del G-77: el primero  sigue una agenda más militar-comercial que ambiental y  humana; el segundo quiere ser incluido en los renglones del comercio,  inversión y la transferencia de tecnología y quiere más ayuda monetaria. Los primeros son los que gobiernan al mundo, con eso todo está dicho.
    Y aunque el G-77 ha venido invitando a los países desarrollados a tomar medidas urgentes para cumplir los  compromisos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de conformidad con el Protocolo de Kyoto, la respuesta de los más industrializados, el G-8, es  que no hay acuerdos, porque reducir su emanación de CO2 atenta contra su propio proceso de industrialización y significa a afectar económica y financieramente a sus multinacionales y transnacionales; implica minar al capitalismo globalizador.
GALIMATÍAS
El viernes pasado inició el Proceso de Heiligendamm, por el que las cinco naciones emergentes mas importantes: China, India, Brasil, México y Sudáfrica, invitados por  el G8 formalizaron un contacto permanente.
    Este fue uno de los escasos logros de la pasada reunión en la que tampoco faltaron los grupos globalifóbicos y cientos de manifestantes anti-Bush que reclamaron por Irak y por la postergación, hasta el 2009, de la discusión de medidas de freno a la contaminación industrial en el medio ambiente.
    Por supuesto que persistieron los contrastes: las demandas de grupos sociales y personalidades como Bono, de U2, pidiendo una mayor responsabilidad del capitalismo hacia África encontraron tibias respuestas para salvar el momento de los reflectores con el anuncio de  60 mil millones de dólares para el continente africano para luchar contra el SIDA.   Incluso hasta Bono se sintió decepcionado.
Tenemos migajas para países con una tremenda problemática por el SIDA para comprar medicamentos que precisamente son producidos y comercializados por las industrias farmaceúticas originarias de los países miembros del G-8.

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