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Por la Espiral - May 7, 2007

Al Gore, defensor de intereses

POR LA ESPIRAL
Claudia Luna Palencia

-Al Gore, defensor de intereses
-Cambio climático: dos polos
-PIB mundial reducirá

 El mundo global es, para la derecha, una tabla de surf entre olas de 10 metros: se puede ganar asumiendo determinados riesgos. En cambio, para la izquierda es un terreno  inmanejable de  arenas movedizas.
 Actualmente acontece un debate en todos los campos, entre derecha e izquierda que trastoca hasta los límites de la supervivencia humana ante la realidad del cambio climático.
 Nuevos grandes desafíos en los albores del siglo XXI: el ritmo del crecimiento mundial amenazado por el calentamiento global, el modo de producción industrial, el capitalismo en ciernes buscando un bottom turn.    Los retos ponen a prueba la capacidad de respuesta de los de derecha y de los de izquierda para, en la praxis, tomar la cresta de la ola y salir lo mejor librados.
 Los científicos  subsumen que el impacto de la contaminación ambiental y el alza de las temperaturas serán factores claves para el crecimiento o estancamiento económico mundial. Los países con la menor capacidad de respuesta interna ante el cambio climático serán los más vulnerables. Como vulnerables serán las poblaciones marginadas, excluidas y pobres que no podrán pagar por los costos de los servicios de agua, luz y gas. Gran parte de las nuevas migraciones esperadas a lo largo de este siglo serán desplazamientos humanos del Sur al  Norte por el efecto climático.
 Al respecto encontramos todo tipo de estimaciones: recientemente el  Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) señaló que mitigar los efectos de los seis gases de efecto invernadero costaría al mundo un 3% del PIB mundial hasta el 2030. Por su parte,  Sir Nicholas Stern recurre a una elocuencia alarmista con previsiones angustiantes “el  cambio climático hará retroceder hasta un 20% la economía mundial”.
 Con tales proporciones, la vida en la pequeña aldea global  puede volverse infernal, mayormente inestable. Mucho más acuciante es la  escisión entre la capacidad de reacción de la derecha y de la izquierda ante una rémora de intereses incrustados al propio sistema de producción.  Primordialmente, la derecha  detectó el caldo de cultivo. La izquierda tiene indefiniciones. Unos y otros nos mienten. 
El debate del jueves 3 de mayo entre  Ségoléne Royal y Nicolas Sarkozy, la socialista y el conservador, rumbo a la segunda vuelta electoral para elegir Presidente en Francia, es un claro ejemplo de lo que orbita en el tema del cambio climático y la política energética. En el punto  de Francia en la proliferación de las energías limpias, salió a flote la utilización de la energía nuclear, el uranio y las centrales nucleares. La candidata  Ségoléne  dudó, dijo que el uranio tiene proyecciones de escasez. Zarkosy aprovechó los resquicios para colar varios reproches a la candidata socialista “tiene usted demasiados pactos con los verdes”  y “hay uranio en el mundo para más de 150 años”.
 Así es, en el fondo de todas las cuestiones está la energía, el uranio y las centrales nucleares.   La utilización del uranio, su producción y comercialización, sumerge a  una delgada línea entre el bien y el mal, por ser un factor para la construcción de bombas.
El debate nuclear no es exclusivo de Francia, está extendido entre los países líderes de la industrialización, Estados Unidos y la Unión Europea hacen cuentas bajo la precondición de que ninguna canasta energética podrá aminorar  las emisiones contaminantes, sin antes reducirse  drásticamente la utilización del petróleo. Estados Unidos afirma que ni toda la energía eólica, hídrica, solar o proveniente de la biomasa permitiría sustituir la relevancia del petróleo dentro de su economía. A no ser, claro, que  en la cesta energética logre ampliarse la utilización de la energía nuclear,  paradójicamente  limpia y barata, como peligrosa.
 Nada ajeno del debate, Alemania, miembro esencial de la Unión Europea,  avanza de forma acelerada  en el cumplimiento del Protocolo de Kyoto gracias a un plan energético de cambio climático basado  en un programa vigente de cierre escalonado de las centrales nucleares (muchas fueron instalaciones contaminantes de la antigua República Democrática Alemana); modernización de las centrales eléctricas y optimización y racionalización de los recursos.
 Mientras Alemania aplica a fondo un cambio donde el uranio no sale aún al centro de las políticas energéticas, Estados Unidos sigue presionando  para lograr un consenso global a favor de la proliferación de las centrales nucleares.
 En los últimos años, los medios de comunicación, las películas de Hollywood y la aparición en el escenario internacional de distintas personalidades han pretendido crear una conciencia global al respecto del cambio climático.  Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos, pertenece a esta generación de misioneros light.
 Gore presume de una rentable agenda mundial repleta de presentaciones para hablar de la catástrofe en los ecosistemas, es muy cuestionable que durante su gestión en la Vicepresidencia de Estados Unidos, siendo compañero de fórmula del presidente William Clinton, no mostró capacidad de gestión pública a favor de impulsar a Estados Unidos como líder en política de mitigación y control de los gases contaminantes.  En 1997, Estados Unidos, bajo la representación del vicepresidente Gore, tuvo una falta de acuerdos ante el Protocolo de Kyoto.
 Y es que Gore, más que moderno Mesías, es una especie de “abogado del diablo”, defensor de una elite ocupada en la supervivencia de un modelo de producción soportado en centrales nucleares y apoyado por otro tipo de  tecnologías entre éstas, las células solares espaciales. La energía limpia tiene mucho potencial en las bolsas de valores. Habrá nuevas áreas de negocio bajo las “etiquetas verdes”.
 El medio ambiente abre gamas de posibilidades donde mitigar tendrá un costo, habrá pérdidas; sin embargo, igualmente  habrá  oportunidades de negocio, de ganancia. El capitalismo está en la tabla y quiere hacer un roller,   busca  seguir de pie. 
 Algunos  países desarrollados quieren apropiarse del mercado de uranio, de la patente de las  centrales nucleares de tercera y cuarta generación, palomear  que país amigo puede construirlas y que país no amigo está inhabilitado  para hacerlo.
 La aldea global diverge en polos equidistantes. En medio de las divisiones, entre dos formas de abordar la crisis del cambio climático y la nueva economía, están los seres vivientes,  los derechos humanos y una frágil paz. Me preocupa  la falta de salvavidas para quienes se caigan de la tabla.

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