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Espectáculos - April 16, 2007

“¡Que viva Pedro Infante!”

Desde muy temprano el desfile
 de admiradores de Pedro se
hizo patente frente a su tumba
Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 15 de abril de 2007. Desde Periférico y Altavista se advertía que no era un domingo más: había mucho tráfico y mucha gente caminaba por la acera. Algo indefinible en su actitud revelaba que se dirigían al Panteón Jardín a visitar la tumba del artista más popular en la historia de México: Pedro Infante Cruz.

A pocas cuadras, sobre Altavista,  se encuentra la que lleva al Panteón y ahí la romería estaba en su apogeo: puestos con productos de la más diversa índole hacían alusión al sinaloense que se ganó el corazón de un país y dejó su huella amorosa en otros tantos de lengua hispana: diferentes fotografías, gorras, playeras, discos, películas, pósters, llaveros y un largo etcétera.

En el interior del Panteón ya se escuchaba la música de mariachi y el ir y venir de la gente era interminable. Hombres y mujeres de más de cincuenta años, pero también muchas personas de mediana edad, jóvenes y niños, muchos niños. Y muchos puestos más de comida y recuerdos de Pedrito. Imposible acercarse al templete donde se había improvisado el escenario y los mariachis dejaban escuchar las notas de las inolvidables canciones interpretadas por “Pepe el Toro”.

No era posible tampoco aproximarse a la tumba, si acaso a unos cinco metros, más no, pues había muchas personas que contemplaban el busto del inolvidable actor de “A toda máquina” y no se movían de ahí a pesar del intenso calor que se sentía. A un lado, un grupo de admiradores cantaban temas de algunas películas acompañados de un guitarrista desgarbado, pero ataviado con un desvencijado sombrero negro de charro.

En los pasillos cercanos, familias enteras escuchaban discos del “Ídolo de Guamúchil” en sus automóviles, mientras comían tacos domingueros (chicharrón, aguacate, queso, pápalo…) y bebían sus tequilas. Claro, había dispositivo policiaco, pero los guardianes del orden se hacían de la vista gorda. Insisto: no era un domingo cualquiera.

Los artistas invitados se sucedían en el escenario: Irma Infante, José Julián, Humberto Cravioto, Paola Sampayo, Los Caporales, Lorenzo Negrete, Roberto Ruiz “El Ruiseñor”, Chay Garza, Margarito… Se había anunciado que estaría Pablo Montero, pero finalmente no estuvo. Lupita Infante y su hermano Pedro recibían el afecto del público, que los aclamaba. Incluso, cuando se retiró Pedro se produjo un verdadero tumulto, pues la gente lo siguió y a duras penas pudo llegar a las oficinas del Panteón, custodiado por policías, que dificultosamente le fueron abriendo paso.

Radio Sinfonola, “La más perrona”, la estación que tiene un programa dedicado a Pedro Infante desde hace más de 50 años, transmitía en vivo y en directo “para todo el mundo a través de Internet”, anunciaba el locutor Gustavo Alvite Martínez, quien se cubría con un paraguas la intensidad del sol. Unos cilindreros se habían instalado en el pasillo de acceso al lugar de reunión y tocaban solamente temas del homenajeado, recordado y adorado ícono popular.

A un lado de la unidad móvil de dicha radiodifusora se apostaron varios admiradores de hueso colorado de Pedro Infante, que con el paso de los años sigue refrendando ser el máximo ídolo de México, sin nadie que le haga sombra. Uno mostraba su parecido físico con Infante e iba ataviado al modo de Pepe el Toro, otro llevaba un tripié con una cartulina con dibujos del actor y cantante donde afirmaba la supremacía de éste sobre Gardel y Elvis, una más mostraba orgullosa un tejido laborioso en el que había plasmado el proyecto fílmico truncado por el destino, otra más había armado un impresionante collage con recortes de periódico y fotografías, otros dos mostraban orgullosos y recelosos un álbum fotográfico impresionante, otros…

Así, poco a poco fueron transcurriendo las horas y la cantidad de gente no disminuía. De hecho, lo que sucedió fue un desfile interminable de admiradores, pues la gente se iba, pero nunca se notaba que disminuyera en torno del escenario y de la tumba. Se había dicho que iba a concluir a las cuatro de la tarde, pero Lupita Infante ya se había cambiado su vestido de china poblana por otro negro y había una larga fila de personas que querían subir a cantar al escenario…

El grito que se escuchó más durante todo el día fue el de “¡Que viva Pedro Infante!” lo decían los artistas y la gente lo gritaba espontánea e incansablemente. Se había anunciado ya que el próximo domingo 22 se realizaría el otro homenaje en Cuajimalpa, donde tenía su residencia el mito más popular en México y que año con año se efectúa en la explanada delegacional. Pasaban de las cuatro de la tarde y, como dijo Alvite Martínez, “este homenaje, celebración, conmemoración…” continuaba. Fue un domingo extraordinario, irrepetible y lleno de fervor, de amor, de pasión, de alegría: el artista fabuloso que murió en Mérida, Yucatán, hace 50 años fue recordado por su pueblo, porque ésta fue una fiesta del pueblo mexicano, aquél al que perteneció Infante y que lo sigue queriendo y visitando en su tumba, ávido de que su recuerdo inmortal permanezca en su memoria, y lo expresó contundentemente hoy en un grito sentido y pleno de añoranza: “¡Que viva Pedro Infante!”

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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