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Libros - February 21, 2007

La exquisitez erótica de Pompeya desenterrada en “La casa de las lobas”, de Juan José Rodríguez

En el interior se dilucidan los
misterios pasionales de la
naturaleza humana
 Foto: Azteca21

Por Enrique Montañez
Reportero Azteca 21

Ciudad de México. 22 de febrero de 2007. Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sinaloa, 1970) se reinventa a sí mismo en cada nueva obra de ficción que escribe. Muta de piel de un libro a otro; ninguno guarda eco de los anteriores. Disímbola resulta su creación literaria en general, pues el trabajo estructural, estilo y preocupaciones temáticas son siempre diferentes.

Sus propuestas narrativas incluyen la novela tradicional con dejos de costumbrismo, “El gran invento del siglo XX”; novela negra de corte fantástico, “Asesinato en una lavandería china”; sobre el narcotráfico, “Mi nombre es Casablanca”, y la ficción histórica, como lo es “La casa de las lobas” (Random House Mondadori, México, 2005), su más reciente novela.

En el apartado de agradecimientos de “La casa de las lobas”, el autor declara su fascinación por lo que representa Pompeya, es decir, fatalidad y vida cotidiana donde imperaban gloriosamente los placeres veniales; pero su atracción principal, de gran significación para esta novela, son los hallazgos arqueológicos de más de 10 mil graffitis que fungen como registro lúdico de la vida sexual, amorosa y comercial pompeyana.

Este último elemento de la historia de la ciudad romana, como ya se había precedido, estimuló en mayor medida a Juan José para emprender el trabajo literario de recrear parte de los últimos días de ésta, antes de que el Vesubio la sepultara.

Tiempo antes de la desaparición de Pompeya, Marcio y Fabiano, dos esclavos libertos, pícaros, amantes de mujeres prohibidas y no prohibidas, deciden iniciar el burdel más importante y orgiástico de la ciudad, donde se ofrecerán los ejemplares femeninos más bellos y lúbricos y banquetes de un exotismo inimaginable, para honrar a su protector, Lucio Galo, y obtener grandes ganancias.

La situación se complica cuando Marcio se enamora de Maura, joven caléndula virginal y aprendiz de prostituta a quien Sabina, hábil meretriz encargada de dirigir a las mujeres de la casa del placer, entregará a Plinio el Viejo para que sea él quien la desflore e inicie en las artes amatorias.

Pompeya, en la pluma de Juan José Rodríguez, se convierte en activo confesionario de roca; en sus paredes y muros se dilucidan los misterios pasionales de la naturaleza humana. La ciudad es espejo de los sentimientos de sus habitantes; en ella se erigen, por obra del graffiti anónimo, los anuncios de venganza, la burla soez, el reconocimiento, que necesita ser público, para los grandes amantes y putas, la delación de los vicios de enemigos, deudas que serán saldadas con sangre, exultaciones lujuriosas; pero también la exhibición de sentimientos amorosos no correspondidos o sin destino promisorio, como el inmenso amor de Marcio hacia Maura.

Juan José es un novelista in crescendo que no olvida una de las finalidades máximas de la literatura, el otorgarse y brindar placer en el acto de contar. En esta nueva entrega de su labor literaria se evidencia, sobre todo, una brega exacta y efectiva de la prosa. En la conformación sintagmática se denota el goce del autor al narrarnos su trama; autoerotismo literario que consigue, con creces, deleitar a los lectores. Éste, sin duda, representa el principal acierto y valor de “La casa de las lobas”.

Los empeños autorales de “ambientación” del periodo histórico están dados en gran parte por los elementos poéticos de la escritura: urdimbre de imágenes líricas relacionadas con el erotismo, la sensualidad, el sibaritismo y la opulencia que emergían con fuerza de cualquier rincón de Pompeya. La recopilación de datos y situaciones posibles denota que estamos no sólo ante un escritor, sino ante un narrador investigador apasionado de la historia.

Esta nueva novela de Rodríguez es un ejercicio erótico estimable y honesto; en consecuencia, no existen los excesos del género, recurso mandraquiano de abrumar al lector mediante decenas de situaciones sexuales aderezadas con elementos “transgresores” para que la novela se acepte sin reparos. La casa de las lobas es, al contrario, la exégesis de Juan José Rodríguez para intentar comprender los arcanos del amor, el eros y la sexualidad femenina.

Es cierto que nos encontramos frente a uno de los narradores mexicanos más destacados; sin embargo, le falta dar con la gran historia para desmarcarse del resto de escritores de su generación. Creo que lo conseguirá. Entre tanto, la literatura mexicana ya le tiene reservado un lugar a Juan José Rodríguez.

Comentarios a esta nota: enrique.montañez@azteca21.com

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