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Música - February 6, 2007

Mediodía calentano: con los Hermanos Tavira en Corral Falso

Por el puro placer de hacer música,
los Hermanos Tavira se deleitan
 tocando y embelesan a sus oyentes
Foto: Gregorio Martínez Moctezuma/ Azteca21 

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Corral Falso, Ajuchitlán, Guerrero. 4 de febrero de 2007. Después de su emotiva presentación anoche en la cabecera municipal, los Hermanos Tavira se trasladaron a su terruño sentimental, Corral Falso, rincón de la Tierra Caliente, que los acogió como hijos pródigos. Ahí pasaron la noche.

Hoy por la mañana, los Tavira Peralta fueron por carne y dispusieron todo para un desayuno a base de “aporriado” –carne con huevo en salsa roja–, combas –frijoles grandes, en caldo espeso–, queso y semillas de guaje. Para beber había cerveza, agua y refresco, a elección del comensal. Estamos en el fresco patio de la casa de sus parientes, Guadalupe Dionisio Tavira –mejor conocido como “La Caimana”   o “La Pistola”– y su esposa Estela, junto con amigos, como el violinista Pedro Ignacio, que llegó poco después, hijo de otro reconocido músico calentano, fallecido hace casi dos años, Plutarco Ignacio.

Posteriormente, se unieron Héctor Tavira y su esposa, quienes ayer llegaron a la Tierra Caliente desde Monterrey expresamente para estar con los hermanos en esta presentación del disco “150 años de tradición. Música de la Tierra Caliente”. Además, los acompañaba Anastasio “Tacho” Tavira, primo calentano. Don Héctor, preguntó por su otro primo, Ángel; le informaron que se quedó a pernoctar en Ajuchitlán y que lo estaban esperando.

Después de almorzar, la estirpe musical afloró: don Héctor tomó la guitarra y comenzó a pulsarla; enseguida, don Tacho lo siguió con su voz ideal para boleros. Y así, una vez más, los Tavira volvían a seguir hilando la trama de su leyenda: “Ahí están los Tavira de México”, dijeron unas señoras que pasaron por la calle, cubiertas con paraguas (en este caso, parasoles), al escuchar la música que manaba de la casa como el agua de un manantial.

Más adelante, Vadim Tavira Carmona, contrabajista de los Hermanos Tavira, acompañado por Fernando Tavira en la guitarra, tocó dos piezas al violín. Este muchacho tiene, aparentemente, todas las características necesarias para nutrir con savia nueva el añoso y sólido tronco musical de su familia. Si se consolidan su talento y sentimiento calentano, si persevera, no tengo duda de que contribuirá a escribir otras páginas doradas en el voluminoso libro de  la leyenda familiar.

Varios temas interpretaron ahí, por el puro placer de hacer música, ya sea mediante peticiones de Héctor y Tacho, mayores en edad que los Tavira Peralta. Entre las piezas que pude reconocer están “El gusto federal” y “El huizache”. Esta última prácticamente fue cantada por todos los presentes y la bailó don Héctor y una señora de edad, que al escuchar la pieza no pudo evitar que sus pies quisieran bailar.

Después se incorporaron al ensamble Cuauhtémoc y Rafael, los violinistas del grupo, Vadim tomó el contrabajo e interpretaron varios sones y gustos de sabor antiguo, único, mágico, sin la presión de estar en un escenario, con el gozo de estar en su tierra, rindiendo honor a sus antepasados, cumpliendo nuevamente un ritual ancestral.

La tertulia continuó. Desafortunadamente, una llamada telefónica informó a los presentes que Ángel Tavira se había puesto mal y que ya no llegaría, pues se lo habían llevado a Iguala, donde reside, para atención médica urgente. Todos expresaron su deseo de que no fuera nada grave y se recuperara. Además, los Hermanos Tavira tendrían que desplazarse a Tlalchapa alrededor de las 14 horas para su siguiente actuación, por lo que Héctor Tavira y su esposa decidieron retirarse, regresar a Monterrey.

Y el círculo volvió a cerrarse. Tacho cantó de nuevo, acompañado por una guitarra y dos violines, con un estilo maravilloso, sencillo, diáfano. Su voz suena como la de Agustín Lara, de veras. Alguien le pregunta por el autor de la última canción que interpretó y contesta sin vacilar: “Lupe” (se refiere a Guadalupe Tavira). Luego empezó a contar anécdotas de su infancia, de sus tíos, incluso algunos dichos o refranes en verso.

Rememoró –a pregunta expresa de uno de los presentes– cuando conoció a don Juan Reynoso Portillo. “Lo conocí aquí, en Corral Falso”, dijo, y abundó cómo tocaba el viejo maestro, fallecido el mes pasado. Por cierto, recolectar testimonios acerca de don Juan nos permitiría tener un cuadro más extenso y amplio de su vida. Fue un gigante y de esta magnitud es la importancia de su obra, de su vida. Así, reunir los trazos biográficos dispersos nos daría una imagen más completa de un músico prodigioso, cuya valía y pérdida, a pesar de lo gastada que se escucha esta frase, aún son inconmensurables e irreparables, respectivamente.

De este modo, pasamos más de una hora formidable, gozando de la vena musical de una familia nuclear en la Tierra Caliente: los Tavira, que también comenzaron a alistarse para dirigirse a Tlalchapa, próxima parada en esta minigira por la Tierra Caliente, deleitando a sus paisanos con su música y promocionando su disco.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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