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Arte y Cultura - January 23, 2007

Huejotzingo: crónica de una tarde con sabor de Carnaval

Niños, hombres y mujeres se hermanaron
durante casi tres horas en un incesante ritual
 Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Huejotzingo, Puebla. 21 de enero de 2007. Después de un poco más de dos horas de recorrido –más de lo anunciado en la taquilla de la TAPO, donde adquirí  mi boleto, debido a las obras de un distribuidor vial a la altura de Santa Martha Acatitla y a una parada realizada en una especie de subterminal en esa misma zona, que desmiente el anuncio de que esa corrida a Huejo es de “Servicio Directo”–, en las que el autobús Estrella Roja transitó por la Autopista México-Puebla hasta la desviación a San Martín Texmelucan, para luego enfilarse a Huejotzingo.

Así, pasado el mediodía, el panorámico autobús se detiene a un costado del Zócalo de Huejo –como lo denominan el chofer, los vendedores de boletos de la línea de autobuses y los mismos habitantes–, que deslumbra al visitante por sus puestos de conservas, licores, sidras y dulces enmielados instalados en la acera que da a la carretera. Del otro lado, imponente y señorial, el ex Convento parece estar esperando a los visitantes con los brazos abiertos.

Desciendo del autobús y hago un reconocimiento con la mirada de la gran Plaza Cívica. Sobresale el monumento erigido en honor de los primeros doce evangelizadores que llegaron a estas tierras, un fraile franciscano con la efigie de Cristo enarbolada en su brazo derecho. A un lado, el quiosco y la amplísima explanada, lugar donde a las 15 horas se llevará a cabo el Tercer Domingo de Mascaritas o de Desfiguros, una especie de ensayo en el que se afinan detalles y se van calentando motores para el Carnaval.

Ensayo en el kiosko donde se afinan detalles y
se van calentando motores para el Carnaval
 Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Bien, tenía tiempo para caminar por las calles de esta ciudad poblana, relativamente cerca de Puebla, la capital del estado –a 30 kilómetros–. Sobre la plancha adoquinada de la Plaza, un hombre vendía vistosos mosquetones y máscaras: 2200 y de 500 a 700 pesos, respectivamente. De inmediato, frente al Zócalo y a un lado del Palacio Municipal, destaca la iglesia dedicada a San Miguel Arcángel, con su bello colorido naranja.

A seis cuadras se encuentra el mercado municipal “Hermanos Serdán”. En su exterior abundan puestos de toda índole de mercancías. En un puesto de comida se puede saborear un mole de panza, quesadillas, guazmole, sopa de haba, carnitas, queso, quesillo, requesón, nopalitos… Platillos que hacen honor a la reconocida cocina poblana.

Después de almorzar, regresé al Zócalo. Por supuesto, mención aparte merece el ex Convento franciscano, que data del siglo XVI, cuya arquitectura y vestigios de pintura mural bien precisan de una nota propia. Ya eran las tres de la tarde. Unas cuantas personas se situaban alrededor del quiosco, cuya periferia se encontraba circundada por vallas metálicas a fin de dejar libre ese espacio para los batallones participantes.

Pero poco a poco la Plaza se comenzó a llenar de gente y de soldados, zuavos, zapadores, zacapoaxtlas, turcos –o moros– e indios. En un abrir y cerrar de ojos, el panorama se modificó drásticamente: cientos de personas se habían congregado para ver los Desfiguros: danzantes disfrazados que bailarían al son de dos bandas de música de viento.

Con la música, los danzantes entraron en una vorágine de movimientos y exclamaciones digna de preámbulo del Carnaval: niños, hombres y mujeres se hermanaron durante casi tres horas en un incesante ritual en el que los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl fungieron como mudos y complacidos testigos.

Durante breves recesos, los danzantes y músicos descansaban, tomaban refresco, agua, cerveza o licor, para después continuar con la algarabía. Había hombres vestidos con ropas de mujer, zacapoaxtlas con sus impresionantes tocados tricolores, soldados con túnicas en las que estaban bordadas con hilo o lentejuelas la Virgen de Guadalupe o las figuras míticas de los indígenas que dieron origen a los volcanes.

El entusiasmo de los participantes iba de la mano con el abigarramiento de las vestimentas. La música, con sus variaciones de ritmo, parecía ser un titiritero que manipulaba a sus criaturas a voluntad, de ritmo mesurado a otro en el que los danzantes bailaban a toda su capacidad, en una catarsis colectiva que bien presagia la suscitada por el Carnaval.

Consultado al respecto, uno de los músicos, integrante de una de las bandas, comentó que algunos de los temas que se tocaron fueron “Guajolote de Carnaval”, “El toro”, “La rebanada”, “Huejotzingo”, “Toro mambo”, “El camarón”, “Como quieres que te quiera”, “El capiro”, “El sauce y la palma”, entre muchos más.

Minutos antes de las seis de la tarde, la música cesó y los espectadores y los danzantes se dispersaron como por arte de magia. Increíblemente, la Plaza quedó casi vacía de los seres que hacía unos minutos le habían conferido vida, magia y colorido. Intenté hablar con un zacapoaxtla, pero se negó violentamente. Incluso me dio un empellón cuando intenté tomarle una foto. Era notorio el aliento alcohólico que despedía su voz; lo mismo me ocurrió con un zuavo. Por fin, al tercer intento tuve suerte con un soldado, más amable, aunque no menos reticente. “Sí, qué pasó”, contestó a mi pregunta de si podía entrevistarlo.

“Me llamo Sergio Corona y soy del segundo barrio. Llevo participando desde chiquito, como desde los ocho años, ahora tengo 32, así que llevo 24 años participando. El Carnaval es una cosa bonita, no me sé la tradición, pero ahí está, no me sé la tradición, pero ahí vamos… Participo porque me gusta harto, por tradición, cada año estamos acá. Y pues a diario nos tenemos que preparar con los mosquetones, los trajes, todo lo que ves aquí… El traje ya lo tengo de tiempo atrás, también participa mi familia. Aquí en la plaza ensayamos en estos días domingo, no en ningún otro lado, cada año aquí… Yo pienso participar en el Carnaval hasta que Dios nos dé más vida…”.

La oscuridad empezaba a caer en el Zócalo. Para saciar el hambre sentida, no me bastó el delicioso chicharrón preparado con repollo, queso rallado, crema y salsa, típico de esta población. Así que busqué entre algunos de los puestos aledaños de la Plaza. No me costó trabajo decidir: unas deliciosas chalupas verdes con su tira de carne y tostadas de pata, tinga de pollo y quesillo. Ya no hubo tiempo para un café, pues el autobús de regreso salía a las 19:30 horas.

Me senté en una banca. Aún se escuchaba por todo el Zócalo la estridencia de un sonido, que lidiaba con otro del Café Fusión, situado enfrente de donde comí: “A todos los amigos de Huejo que no tengan nada que hacer, los invitamos a disfrutar de un café en un ambiente totalmente nuevo…”. El otro sonido, el oficial, estruendoso, de feria, acompañado de un fondo de música de viento, decía más o menos así: “En este anuncio no te vendemos ningún artículo… te vamos a invitar para que te prepares… porque la fiesta ya está aquí… El Internacional Carnaval de Huejotzingo… vívelo… más espectacular que nunca, del 17 al 25 de febrero de 2007… Música, magia, tradición… El Internacional Carnaval de Huejotzingo… Del 17 al 25 de febrero de 2007… Invitan… el Patronato del Carnaval y el H. Ayuntamiento de Huejotzingo. Cualquier reproducción parcial o total del Carnaval de Huejotzingo requiere autorización del Patronato”. Bueno, la muestra de magia había concluido. La euforia del Carnaval aún se respiraba en el ambiente. La invitación mediante el sonido local estaba hecha: Huejotzingo nos espera para disfrutar de su Internacional Carnaval del sábado 17 al domingo 25 de febrero de 2007. No se lo pierda, se lo aseguro: será una experiencia inolvidable.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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