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Espectáculos - January 1, 2007

Los Voladores de Papantla, las raíces aéreas de una tradición que perdura

Matías García de la Cruz y Saúl García Maldonado,
 integrantes del grupo de audaces voladores
 Foto: Gregorio Martínez M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Colatlán, Veracruz. 29 de diciembre de 2006. Son cinco integrantes de rasgos indígenas, totonacos y mestizos, de Papantla. Silenciosos, con un halo hierático en su expresión. Es un grupo heterogéneo, con dos hombres que sobrepasan los cincuenta años, uno de más de veinte, otro de quince y uno más de doce, que ya está listo para suceder al Caporal, el hombre volador que se sube a la punta del tubo o poste y desde las alturas toca una pequeña flauta de carrizo, mientras los otros cuatro esperan el momento de lanzarse al vacío pendientes de un mecate. Son los famosísimos Voladores de Papantla, presentes en la Feria de Colatlán-Ixhuatlán de Madero, donde se lleva a cabo el “V Encuentro de Huapango”.

Me acerco al grupo y hablo con el que a todas luces es el líder, el Caporal. Reticente, accede a platicar unos minutos, pues falta poco tiempo para que vuelen. “Me llamo Matías García de la Cruz, tengo 55 años y como 40 volando, pues comencé a la edad de 16 años, he viajado a casi toda la República y en el año 2002 fui a Francia. Hay como 40 grupos en Papantla, hasta hay un sindicato con 20 grupos, y otra organización tiene como 18; nosotros somos independientes, de las familias García de la Cruz y Pérez. Nuestro vuelo es en honor de nuestros dioses, del Sol, del Viento, de Tláloc. Sí, el tubo o poste se mueve cuando uno está arriba, volando. Gracias a Dios nunca hemos tenido un accidente, aunque otros grupos sí, como este año en Tajín, cuando un compañero se enredó en una cuerda, cayó y se murió, tenía 65 años. Aquí estamos por cuatro días, pero podemos quedarnos, dependiendo el lugar, ocho, 15 o hasta un mes, como en Tijuana.

“Para participar en una feria o fiesta, sólo hace falta que nos llamen. Nosotros somos de una comunidad, de la Congregación Escolín, de Papantla, el número de ahí es el 01 784 84 221 51. Yo soy el Sacerdote o Caporal, y me acompañan cuatro voladores, que son llamados discípulos. Somos campesinos, trabajamos la tierra, pero si nos sale una chambita, dejamos a cargo a alguien y salimos a trabajar, a continuar con nuestra tradición. En este caso, nos llamó el Comité que organiza esta feria, nos van a dar tres mil pesos, además la comida, los transportes y el hospedaje van libres. No, no me he cansado de volar, aún me gusta, y mucho. Sí, hay meses buenos y otros no tanto, como cuando se hace la Feria de Ecatepec; en Hermosillo, Sonora, o en México [Distrito Federal].

“En Papantla hay sindicato y una organización de voladores, pero, para mí, es mejor estar fuera de ellos. Sí, sí hay beneficios estando adentro, como ayudarte en algunos trámites, en que salgan chambas…. pero también fuera no doy el diez por ciento, que es lo que debe darse por cada chamba que sale. En casi todos los lugares nos reciben bien, nos dan reconocimientos; pero hay otros donde no. Aparte, la gente nos da algo después de volar, y nosotros hacemos la luchita con nuestras artesanías, como flautas y tamborcitos o el palo con sus voladores. Me gusta platicarles a las nuevas generaciones de esta tradición, a los niños, desde los diez años, que no tengan miedo, que ya volando se pierde el miedo, y es que ya va uno pa’bajo y quiero que ellos sigan con esta bonita tradición, enseñarles el bordado del traje, que aprendan, porque nosotros nos hacemos todo, y nosotros ya nos vamos, pero ellos se quedan, y así los que vienen detrás…

“Ellos seguirán, tienen que trabajar. El más chico de este grupo, Guillermo García Maldonado, de 12 años, me sucederá, yo seré representante. El niño está bien preparado para trabajar allá arriba. No, no importa la edad, lo que importa es ver quién puede ser Caporal y quién no; de todos modos, aquí todos vamos parejo, nos toca lo mismo a cada uno, porque todos trabajamos igual. Él ya se avienta y está bien preparado, no importa que esté chico, lo que importa es que está dispuesto a continuar esta tradición…”, afirma don Matías.

A nuestro lado, un volador adolescente observa y escucha la conversación. “Me llamo Saúl García Maldonado, tengo 15 años y llevo tres años como volador. Sí, me gusta volar, mi abuelo me enseñó, me dijo que siguiera su tradición. La primera vez que volé fue en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, me gustó, y así le seguí hasta ahorita. Sí, sentí miedo esa vez, pero luego se me quitó, ahí mismo. No, ahora no siento, ya no me da miedo volar. Se necesita valentía de a de veras, pues hay muchachos que lo intentan y no pueden, tienen que dedicarse a otra cosa. Mi hermano menor, Guillermo, de doce años, ya vuela y será Caporal, yo intenté serlo, pero no pude, es difícil estar hasta arriba tocando la flauta”, admite mientras esboza una sonrisa que disipa por un instante la tristeza ancestral de su mirada.

Don Matías se aproxima y dice a modo de explicación, “Bueno, pues ya nos vamos a subir…”. Saúl se despide con otra sonrisa. Pasan los otros dos compañeros, uno viejo, el otro de edad regular, ambos herméticos, ensimismados. Y, al final, Guillermo. Sí, es un niño, menudito, moreno, pero de mirada vivaz, decidida. Sin titubear, comienzan a ascender rumbo al cielo. Abajo, el pueblo está casi a oscuras, pues “se fue la luz” por unos minutos. Sin embargo, las miradas se concentran en los Voladores de Papantla, que, una vez más, sorprenden a los espectadores cuando sus siluetas cortan el aire gélido de la noche.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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