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Arte y Cultura - December 15, 2006

Crónica del rito guadalupano con el que cada año los peregrinos rinden tributo a la Morenita

Un instante fugaz
para ver a su
 'Madrecita'
basta a los peregrinos
 para renovar su fe
 Foto: Gregorio Martínez
 M./Azteca 21

Por Gregorio Martínez Moctezuma
Corresponsal Azteca 21

Ciudad de México. 145de diciembre de 2006. El flujo de peregrinos es interminable: hombres, mujeres, adolescentes y niños caminan imperturbables por Reforma, insensibles al aire frío que se pasea por esta ciudad como Pedro por su casa en la noche del 11 de diciembre. En su incesante caminar, apenas reparan en las modernas construcciones o en los héroes militares y cívicos de la segunda mitad del siglo XIX que adornan la avenida más bella de México.

A su paso, van estallando en el cielo cohetones que, además de ser un anuncio de su peregrinar, es un recordatorio de que esta noche México está listo para celebrar el 475 aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe en el Cerro del Tepeyac a Juan Diego. En su mayoría, proceden del Estado de México y, como cada año desde hace muchos, cumplen el ritual ancestral de presentarse ante Nuestra Madre, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, para darle gracias, cumplir una manda, agradecer un favor o solicitarle otros.

Avanzan como falanges, sin detenerse, con la mira y el corazón puestos en la Basílica de Guadalupe, la “Villa” o “Villita”. Algunos grupos llevan su Virgen, ya sea en un marco o en un pequeño retablo; otros entonan cánticos o rezan. La fe engloba todo tipo de necesidades: espirituales, físicas y materiales, y obra en los peregrinos de manera prodigiosa: no sienten hambre, soportan estoicamente el cansancio, desafían confiados los mitos sobre la ciudad: ¿Quién puede robar o cometer acto delictivo alguno contra estos guadalupanos?

Las calles, plazas, iglesias, capillitas o altares –miles, en toda la ciudad– con reproducciones de la Emperatriz de América y Patrona de México lucen limpios y arreglados, dispuestos a la celebración, al festejo. Los sacerdotes no se dan abasto y desde días antes recorren los innumerables rincones de sus parroquias donde los solicitan para oficiarle una misa a la “virgencita” y de paso echarse unos tamalitos, atole, barbacoa, tacos de guisado o hasta carnitas. A veces, no siempre, también hay cerveza y vino, depende de los organizadores o auspiciadores de la celebración.

El hálito que arrojan los peregrinos es perceptible a su paso. Su presencia no es extraña en esta ciudad, en sus calles. Cada año los esperan en los sitios por los que pasan, pues ya tienen trazada su ruta: Reforma y Calzada de Guadalupe. Antes de incorporarse a esta última, se tienen que enfrentar a los cientos de autobuses estacionados que están por doquier y vienen de distintos puntos del país, comienzan a lidiar con la multitud, con los cercos armados para el acceso, con miles de personas –las cuales sumarán millones en estos días– que, como ellos, desean postrarse ante la Virgen Morena.

No les importa que alcanzar su objetivo en los últimos kilómetros y metros se vuelva un viacrucis, ni que sólo puedan ver por un instante a la Guadalupana. Lo que importa es entrar a su templo, ver su imagen y sentir su presencia en su corazón, en sus vidas. “Gracias, madrecita” es un murmullo colectivo que no deja de escucharse durante el inacabable desfile de peregrinos. Gracias, Virgen de Guadalupe, porque México se reconoce en tu fe, en tu misericordia y en tu inefable amor y presencia.

Así, de nueva cuenta, se cumple la misión, el compromiso, la manda, el pago del “milagrito”, la irrenunciable ligazón de los mexicanos con su religiosidad y con Tonantzin, el milagro de la unión de la mayoría de los habitantes de este aún prodigioso país, que hacen honor a la frase del Papa Juan Pablo II: “México, siempre fiel”.

Los peregrinos tienen que abandonar la Basílica y sentarse a descansar unos minutos en las aceras de las calles aledañas. Algunos se reúnen en algún punto determinado para subirse en camiones de carga o de pasajeros que los esperan para llevarlos de regreso a Toluca, con ancestral costumbre de adorar dioses, o a algún otro punto del Estado de México. Algunos se quedarán a pernoctar en algún albergue. Otros, inician el retorno por la Calzada de los Misterios a sus diversos destinos. En cualquier caso, se ha pagado el tributo. “Hasta el próximo año, madrecita”, es la despedida colectiva.

Comentarios a esta nota: gregorio.martinez@azteca21.com

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