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Cine - December 7, 2006

El cine pornográfico mexicano, tema de investigación de Ernesto Román

Un libro que
investiga la historia
de la pornografía nacional
 Foto: Azteca21

Por Javier Pérez
Reportero Azteca 21

Ciudad de México. 6 de diciembre de 2006. Antes argumento de chisme, ahora la pornografía nacional es objeto de un estudio de investigación serio que ha sido publicado con el título de “El cine pornográfico mexicano de los 90” (CONACULTA-Cineteca Nacional, México, 2006). El responsable de este trabajo es el investigador de la institución cinematográfica, Ernesto Román, quien se encontró con un terreno yermo sobre el tema tanto a nivel académico como periodístico.
“En ese aspecto, hemos llegado tarde al estudio, porque (en el mundo) hay libros clásicos sobre el tema, muy trabajados, sobre todo a nivel académico y periodístico”, señala Román durante una entrevista telefónica. “Fue un trabajo que no se había hecho y aún hay muchas lagunas. Es un tema que no es del agrado de mucha gente, y no muchos le entrarían. Pero se dio una oportunidad dentro de esta institución y decidí hacerlo.”
Según el autor, el proceso de gestación de este texto tardó tres años, contabilizados a partir de que en la Subdirección de Investigación de la Cineteca Nacional, para la cual labora, decidieron realizar un fichero que incluyera todas las películas mexicanas producidas en la década de los noventa.
“A partir de ahí, se elaboró una serie de reflexiones sobre esa conflictiva década. Se publicó ya un libro sobre las óperas primas, está éste sobre la pornografía, viene uno sobre la compañía Televicine y próximamente habrá uno sobre las mujeres directoras”, explica el investigador.
Como el título del libro lo indica, el texto aborda –según se lee en las páginas iniciales– lo que hasta el momento se considera como la única producción oficial pornográfica realizada en México: un total de cuatro cintas que fueron estrenadas entre 1993 y 1995, con títulos como “Profesoras del amor” o “Traficantes del sexo”, todas dirigidas por Ángel Rodríguez Vázquez (de quien, por cierto, Román elabora un breve perfil en uno de los apéndices de su investigación).
En detrimento de los resultados que esperaba, Román tuvo que conformarse con la consignación de los datos encontrados y con la exposición de las sinopsis de las cintas en cuestión, pues se encontró con que los responsables de dichos trabajos no accedieron a sus peticiones de entrevista.
“De hecho, traté de buscar a todos, con algunos conseguí una cita, pero me dejaron plantado. Otros, cuando les decía que el objetivo era sacarlo en un libro, me decían que no: ‘Esto te lo puedo contar, pero no me menciones’. Y otros más me insinuaban si habría un pago. Después de algunas insistencias, te das cuenta que no hay interés.”
–¿Qué es lo que te hubiera gustado que te explicaran?, se le pregunta a Román.
–Preguntar por qué se hizo, cómo sintió el momento que vivía el cine mexicano, qué otras películas intentó hacer y ya no pudo o cómo consiguió al personal que trabajó ahí, cómo fue el ambiente del rodaje, si conocía otras películas del mundo pornográfico extranjero. Cosas de ese tipo.
Lo que desde el principio tuvo claro fue la forma en la que abordaría el tema, dado que la pornografía de suyo acarrea ciertas connotaciones negativas (con todo y que ya “es una palabra de uso común en la vida cotidiana”). “Debía hablar de este tema con un lenguaje accesible, que no cayera en lo procaz ni en contar lo que todo mundo sabe. No se trataba de eso porque éste es un libro serio sobre la pornografía que jamás intenta ser pornográfico.
“Al contrario, se trata de acercarse con seriedad al tema, por eso intenté ubicar cosas que ya se habían trabajado. También cuidé el lenguaje, para no hacer reiterativo lo que de alguna manera se intuye que sucede en ese tipo de filmes. Traté de ubicar en otro contexto esas mismas cintas, en un lenguaje más cinematográfico, más histórico.”
Ex asistente de investigación de Emilio García Riera y de Eduardo de la Vega Alfaro, Román enfrentó un primer desencanto cuando realizó su investigación hemerográfica y no halló nada que pudiera ayudarle. “Esperaba encontrarme con el trabajo de un periodista curioso en alguna sección cultural que, aprovechando la apertura que hubo en los años noventa, les hubiera hecho alguna entrevista a fondo, pero no conseguí nada.”
Para él, este ninguneo hecho por la prensa de la época (“era el mecanismo de defensa de la gente”) influyó en que a él no le concedieran las entrevistas ya aludidas. De acuerdo con su percepción de los medios (fue colaborador de los diarios “El Nacional” y “Novedades”), esto se debe, en parte, a “una falta de interés por trascender la clásica reseña de si es una buena o mala película; además, todos más o menos piensan en el público que se acerca al periódico, y tratan de recomendar lo más rescatable de la cartelera cinematográfica. Creo que (el ninguneo) tiene mucho que ver la concepción de la crítica cinematográfica, y las secciones periodísticas donde está enclavado el cine”.
Por si fuera poco, y como quedó asentado en “El cine pornográfico mexicano de los 90”, durante esos años (no han pasado 15 aún) en la Dirección General de Cinematografía no sabían cómo enfrentarse a las películas porno en general.
Además, considera que el respaldo de una institución gubernamental tampoco fue benéfico en este aspecto. “Y luego se les acerca el gobierno a pedirles una entrevista, porque quería hacerla a fondo, no irme por ciertas cosas de tipo morboso, sino por lo histórico, sin calificativos porque de eso es de lo que se trata, me parece que también eso influyó porque implica cierto tabú por parte de la gente. Aparte, creo que pensaron que no perderían tres horas con alguien para hablar de unas películas que ya no pueden dar más económicamente.”
Aunque, dice Román, trabajar para la Cineteca también tiene sus ventajas. “La primera sería estar aquí, con personas que conocen de cine y te dan pistas para cosas. Por otro lado, te da la oportunidad de acceder al acervo que tiene la Cineteca, de acercarte a otra institución con el respaldo de ésta; eso es bastante bueno. En lo que se refiere a las dificultades propias de las publicaciones, tienes la salida fácil de elaborar un texto que sabes que se va a publicar, que no tienes que llevarlo a una editorial a ver si lo aceptan; aquí la posibilidad es real. También hay una buena biblioteca, buenos archivos de documentos, ésa es la parte positiva. Lo otro es que alimenta un poco la paranoia de las personas a las que tratas de investigar.”
Fue precisamente del acervo de Cineteca donde el egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México consiguió algunos de los títulos consignados en su texto. Otros, confiesa, los encontró en la piratería.
¬¿Por qué crees que es importante rescatar el tema de la pornografía?
¬Creo que es importante dentro de la historia de un cine, o de cualquier cosa, tratar la historia en su concepción más académica, que es consignar todos los datos de algo, nos gusten o no, como podríamos pensarlo en la vida política mexicana. Es un bache dentro de toda la industria cinematográfica mexicana, pero hay que documentarlo porque existe y existió y no podemos hacerle como el avestruz.
De acuerdo con Román, este libro es apenas el comienzo para continuar con la documentación de la pornografía mexicana. “Te deja la sensación de que las cosas pueden mejorarse. Claro que hubiera sido mucho mejor alguna de las entrevistas que busqué, pero a final de cuentas es lo que se hace en las investigaciones: éstas son pioneras y quizá vendrá alguien que, con más paciencia u otros instrumentos o facilidades, hará cosas mejores”, concluye.

Comentarios a esta nota: javier.perez@azteca21.com

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