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Cine - November 28, 2006

Realidad y fantasía en “El laberinto del fauno”, de Guillermo del Toro

Uno de los míticos personajes
de la fantasiosa cinta
Foto: Cortesía Warner Bros

Por Javier Pérez
Reportero Azteca 21

Ciudad de México. 28 de noviembre de 2006. Fantasía y realidad se fusionan inevitablemente. Las fuerzas de resistencia civil se hallan prácticamente copadas en la serranía. Personajes aislados, dispuestos aún a enfrentar a las huestes franquistas, apoyan en la medida de sus posibilidades –y a sabiendas de las consecuencias– a los pequeños grupos guerrilleros buscados y con todo el poder del sistema en contra. Es 1944.

Ése es el telón de fondo de “El laberinto del fauno” (México-España, 2006), opus 6 de Guillermo del Toro (“Cronos”, 1993; “El espinazo del diablo”, 2001), realizador tapatío dueño ya de un maduro estilo visual en el cual la fantasía es materia de escape y contrapunto crítico de la crudeza de sus temas, en este caso el exterminio de la guerrilla española antifranquista y la vileza de la ostentación del poder (siempre con lecturas actuales).

La contraparte no podía haber sido mejor: la pequeña Ofelia (excelente Ivana Baquero), preadolescente que ha llegado a su nuevo hogar en un pequeño pueblo en el norte de España y cauce de la fantástica historia paralela donde predomina la inocencia. Su madre, Carmen (Ariadna Gil), se reúne con su nuevo esposo, el coronel Vidal (Sergi López en plan mala leche), el hombre a cargo del campamento militar cercarrebeldes, de quien está a punto de tener un hijo y por lo cual se encuentra en riesgo su salud.

Desde su llegada, en una parada obligada a punto de alcanzar su destino (y quizá en la parte más floja del filme), Ofelia halla a un peculiar insecto que la reencuentra en los terrenos de su nuevo hogar y la guía hasta un misterioso laberinto. Seguida de cerca por Mercedes (Maribel Verdú), ama de llaves de la casona controlada por Vidal, la entrada a este camino debe ser pospuesta hasta la visita nocturna de lo que resulta un hada.

Entonces la niña tiene su primer encuentro con el fauno (Doug Jones), ser ancestral y enigmático (“en quien no se debe confiar”) que la pone a prueba (serán tres misiones) para confirmar si es o no la reencarnación de la princesa decidida a convivir con los humanos. Para ello, le da un libro en cuyas páginas en blanco aparecerán las instrucciones debidas. A través de esta aventura fantástica, Ofelia sobrelleva su apabullante realidad: una madre enajenada/desilusionada/atrapada y un padrastro cruel dispuesto a enfrentarla a la menor provocación (que la recluye en una escabrosa habitación cual princesa esperando rescate).

Con un control absoluto de la narrativa cinematográfica, transiciones siempre en movimiento, contraposiciones entre la violenta realidad mostrada (la escena de los tortuosos interrogatorios, la mirada colérica de Vidal mientras persigue a Ofelia por el laberinto, el cuchillo que desfigura el rostro) y la esperanzadora fantasía no por eso menos cruel (la aparición de las tres hadas, el ser que las devora o el gigantesco sapo), Guillermo del Toro convierte a “El laberinto del fauno” en una lograda historia en la que la veta fantástica es una invitación a una imaginería reflexiva, en donde esa misma veta se dedica a explorar la conflictiva relación entre realidad y ficción aun cuando ésta desemboque en una trágica resolución.

Comentarios a esta nota: javier.perez@azteca21.com

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