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Paisanos - October 10, 2006

Román Cabral batalló 20 años como ilegal en EU; ahora lucha porque se atienda a emigrantes

El zacatecano
Román Cabral
lucha por sus
paisanos
Foto: Cortesía Crónica

Ciudad de México. 9 de octubre de 2006. Fuente: Crónica.- ¿Y pa´qué te vas al otro lado, aquí no faltan frijoles ni tortillas?, le dijo su padre entre sollozos.
—Vivimos amontonados, y además quiero conocer el mundo y apoyar a mi gente. Respondió Román Cabral Bañuelos, quien entonces tenía 17 años y quien después de 33 años de vivir en Estados Unidos (20 como ilegal) se convirtió en el primer diputado emigrante en la historia del país, una figura legal contemplada por el Congreso de Zacatecas desde el 2003.
Hoy, en tiempos del muro, su batalla es por incluir el tema de la migración en la Agenda Nacional de Felipe Calderón y por impulsar la creación de una Subsecretaría para la Atención a Migrantes, ya propuesta al panista.
—Decidí irme por seis meses. La idea era juntar dinerito para pagar mi carrera de comercio. ¿Con qué la pagaba aquí? Ni modo que le dijera a mis padres que vendieran sus vaquitas. ¿Y mis otros hermanos? Éramos nueve. Teníamos algunos terrenos de siembra, pero no alcanzaban para tanto cabecilla. Tres de mis hermanos trabajan ya en Estados Unidos. “Nosotros te pagamos el coyote”, dijeron. Y que me voy con Manuel, amigo de un ranchito cercano.
No fue fácil llegar a Eagle Pass. De hecho, tardé más de un mes. En Piedras Negras nos juntamos un grupo como de 16 zacatecanos: pasaban de 2 de 2… A las 12:00 del día sonaba una campana: los de la migra salían a comer y había entonces que aprovechar para cruzar el río. Me tocó pasar con un paisano de nombre Pedro, íbamos a mitad de camino cuando sonó la sirena y comenzó el movimiento de patrullas. Seguimos por la loma, agachados entre matorrales, entre perros que ladraban. No sé cómo logramos llegar. Fue un milagro y a la vez el inicio de una aventura aterradora: el coyote nos había dicho que un carro azul nos esperaría del otro lado, pero con el ruido policiaco se fue. Nos quedamos solos, viendo migras en cada esquina, como fantasmas al acecho. Lo único que se nos ocurrió fue escondernos en una marketita de la que fuimos corridos por la tendera: “Váyanse de aquí, que ya no tardan en venir a comprar los patrulleros y yo no quiero problemas”, nos dijo.
Un señor que estaba en el mostrador nos ayudó a salir: “Agarren unas bolsas y espérenme en el carro de afuera”… Nos llevó con una tía y ahí, en el garage, nos quedamos un mes escondidos, a la espera de otro coyote. Los últimos días salimos con unos sobrinos de la señora que siempre traían una guitarra: cantábamos canciones mexicanas, qué sentimiento nos daba. Esas gentes nos trataron muy bien, uno se siente culpable de haberles perdido la pista, pero llegas a Estados Unidos y te metes al trabajo, se te olvida todo.
El diputado ha elegido un traje gris para partir a la Basílica, donde un grupo de líderes emigrantes ha organizado un encuentro guadalupano. Camino al coche, se asombra del río humano formado frente a la embajada de Estados Unidos, en un día de entrevistas y trámites de visa. Lleva morralla en las bolsas, porque ha decidido repartir monedas entre todos aquellos que le pidan limosna.
Un hombre que, se nota, apenas ha comenzado a habituarse a los sacos y las corbatas. Lo suyo son los sombreros, las botas y los pantalones de mezclilla. Sus palabras son atropelladas, de repente frenadas por un silencio nostálgico: cuando dejó a su familia, cuando lavaba platos, cuando murió su padre, aquel que hubiera dado la vida porque él no se fuera a los Estados Unidos.
En Zacatecas, dice, algunos lo critican por que en charlas y discursos se le escapan palabras en inglés, un idioma que aprendió poco después de llegar a Chicago y que luego le sirvió para incursionar en el ramo empresarial.
Ya en La Villita, habla del muro: “Los gabachos lo planearon contra el terrorismo, pero a los emigrantes nos están llevando entre las patas. Es una herida más, porque al mundo se le está diciendo que los mexicanos somos los delincuentes, los peligrosos, a los que hay que detener”.
Antes de la huida, compra un cuadro virginal y acepta jugar su destino con los pajaritos de la fortuna, que, uno a uno, le entregan papelillos sorpresa.
—A ver qué suerte tengo con Calderón: voy a presentarle mi propuesta de la Subsecretaría, dice.
Chicago fue como ver un monstruo, se me puso chinita la piel. A los 15 días conseguí mi primer trabajo: de lavaplatos en un restaurante. Tenía que pararme a las cinco de la mañana, qué frío. Camino al trabajo veía volar la nieve, como en remolinos y los mocos se me congelaban. Nunca me gustó el restaurante, no me convenció ni cuando me pusieron a recoger las mesas. Una vez me acusaron de ratero: habían dejado propina y cuando levanté el mantel las monedas rodaron. La mesera me acusó de habérmelas robado, porque yo era mexicano.
Estar ahí fue una de las etapas más difíciles que viví como mojado: me daba vergüenza cuando me miraban los gabachos saliendo y entrando con platos y más cuando me decían algo y no entendía; pensaba que se burlaban de mí, me ponía colorado. El día más cruel fue cuando me estrellé contra la puerta de la cocina, con todo y charola de platos. Caí al piso y todos se rieron de mí.
Qué no hice después: corté yardas, atendí una gasolinera, lavé pisos y coches apestosos: con olor de perro, trabajé en un local donde descuartizaban puercos, en una fábrica de pinturas, hasta que en 1976 entré a la construcción ganando 20 dólares diarios: de cuatro de la mañana a cinco de la tarde ahí y de 7 de la noche a 1 de la mañana acomodando y lavando coches en un cine. La construcción me sacó adelante, fui bueno para leer planos y me hice subcontratista. En el 79 compré mi primer casa y en el 86 saqué mi licencia como contratista.
Fue trabajando en el ramo, en 1996, cuando le puse una madriza a un mayordomo que trataba mal a los mexicanos. Le dije que no se metiera con nosotros, que no discriminara. Se fue llorando el pobre güerote.
Cuando en 1985 tuvo la oportunidad de crear el primer club zacatecano, Cabral Bañuelos tenía ya experiencia en organizar bailes con bandas mexicanas en beneficio de inmigrantes.
“No sé si eso de ayudar a los paisanos lo traía en la sangre o creció al ver la necesidad de la gente, o al recordar mi infancia en un rancho, sin ropa y con guaraches, trabajando desde los 4 años: vendiendo semillas, dulces de leche, gelatinas, yendo a vender ropa usada a los pueblos”.
—¿Y por qué aceptar un puesto en el gobierno?
—Sólo me estoy aprovechando del cargo para lanzar iniciativas a favor de los emigrantes.
Su motivación es “contribuir para que a los emigrantes no se nos vea como robots con un signo de pesos en la frente; ya es mucho lidiar con la soledad. Cuando nos vamos al otro lado, dejamos familia acá; allá nos casamos y hacemos otra familia y después, ¿a qué familia dejas? Con los años, quieres regresar a México, pero tus hijos y esposa ya son gabachos: lo que te queda es volver solo, sin nada, como cuando te fuiste…”
 

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