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Análisis Global - May 10, 2006

Una fiesta de amor

Una fiesta de amor

Por: Pilar Roca

Como todos los aniversarios, tomados como pretexto para vender más en la sociedad de consumo y rendir tributo al máximo dios del comercio, también el “Día de la madre” tiene su origen en los Estados Unidos.

Ana Jarvis, joven nacida en Filadelfia, tuvo la desgracia de perder a su madre en 1905, un día como hoy, segundo domingo de mayo. Obsesionada por universalizar su memoria, escribió a periódicos, instituciones, hombres públicos e iglesias, hasta lograr que el presidente Woodrow Wilson, el gran halcón y en plena guerra mundial, cuando miles de madres perdían a sus hijos en la devastada Europa, firmara la ley oficializando la celebración.

Hoy es una fiesta universal que sirve de pretexto para que los grandes comercios cubran de luces sus anaqueles y los celebrantes agradecidos ofrezcan “al mejor precio” un tributo de amor a la autora de sus días. Vale la celebración y vale el recuerdo, aunque detrás del día fausto se esconda la zarpa del negociante que ha logrado el milagro de convertir en oro de pesar el auténtico brillo del amor.

En nuestro país, bajo amenaza de repetir el real salto al vacío que significó el gobierno aprista, el “Día de la madre” cobra un significado especial: O recordamos que somos un pueblo atribulado por la pobreza donde millones de madres arañan la piel de las piedras para dar de comer a sus hijos, y obramos en consecuencia, o sepultamos su legítima esperanza tal vez para siempre.

No se precisa ser de izquierda o de derecha para sentir en carne propia el lacerante clamor de la injusticia; se requiere únicamente abrir los ojos y sentir bajo la piel el silencioso estruendo de la condición humana. No bastan las flores, el pequeño obsequio o el solitario beso que los hijos del desamparo se ven obligados a entregar como el más precioso regalo a quien los ama más que a nadie. Se precisa una voluntad única, casi un juramento, para que la voluntad del pueblo rescate a las madres del olvido y haga posible que las celebraciones futuras se conmemoren más lejos de las estanterías pero más cerca del corazón.

¡Nunca más una madre con la mano extendida para que el prójimo con posibilidades, alivie su miseria con el insulto de una limosna! ¡Nunca más que un hijo agradecido solloce en solitario por su incapacidad de adquirir un obsequio para expresarle su amor!

¡Nunca más que una madre recurra a los más denigrantes oficios de supervivencia para dar de comer a sus hijos!

¡Nunca más una madre excluida, golpeada o analfabeta para enfrentar una sociedad sorda y ciega a su clamor!

¡Nunca más una madre incapaz de atender la salud de sus hijos o cumplir con el religioso deber de su educación!

¡Hay que abrir camino a la esperanza para que día tan especial se celebre con dignidad en el futuro!

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