Home Buenas Noticias Como en todo, en la comida Cervantes se muestra un hombre de comedida virtud y ponderada sabiduría
Buenas Noticias - October 26, 2005

Como en todo, en la comida Cervantes se muestra un hombre de comedida virtud y ponderada sabiduría

Qué mejor prueba de la importancia y
validez de la comida como tema literario
 que la ejemplar obra cervantina
Foto: Labrapalabra

Santiago Daydí-Tolson
         
Comer es una necesidad fisiológica que la especie humana ha convertido en arte. Ya que el pan de cada día ha de ganárselo con el sudor de la frente, cómaselo al menos con gusto y contento, habrá sido el pensar de nuestros antepasados, los primeros que hicieron del alimentarse algo más que un apresurado engullir. Así debieron nacer los rituales del fogón que dieron, al cabo de los siglos, en las formalidades de la mesa; así también debieron desarrollarse lentamente y a golpes de genio culinario y sorpresas inesperadas las diversas maneras de tratar y combinar los alimentos para volverlos más palatables e incluso más deleitables que en su forma natural. Así mismo, las primeras alabanzas del deleite —espontáneos gruñidos y suspiros de la satisfacción— debieron irse convirtiendo con el tiempo en ceremoniosas fórmulas de agradecimiento, en susurros de aprobación, en cantos celebradores del comer y la comida. De allí a convertir la comida y sus rituales en tema literario y artístico no debió haber gran distancia.

Desde los inicios de las literaturas no ha faltado, entre los asuntos amorosos y bélicos, el tratamiento de una preocupación y actividad tan central y cotidiana como la biológica y sentimental necesidad de alimentarse.      

Qué mejor prueba de la importancia y validez de la comida como tema literario que la ejemplar obra cervantina. Ya en las primeras líneas del Quijote tiene la comida función principalísima: situar al personaje social y económicamente:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.

         
No se ha de leer en este pasaje inicial sólo una referencia al carácter austero del futuro caballero andante, sino también —y especialmente— una alusión nada indirecta a su condición de hidalgo "cristiano viejo" y pobre en un país donde la comida escaseaba y donde abundaban los hidalgos —y aún más los hijos de mucho menos— mal alimentados y francamente hambrientos, como tan graciosamente lo cuenta Lazarillo de Tormes al hablar de su amo el escudero que "salía a la puerta escarbando los dientes, que nada entre sí tenían".  Porque como explican los sabedores de estas cosas, en la España de Cervantes la carne de vacuno era más cara que la de carnero, el salpicón se preparaba con las sobras del almuerzo, y esos "duelos y quebrantos", que aluden a dietas judaicas mal cumplidas por quienes se habían de hacer los cristianos a vista de otros y de la Santa Inquisición, no eran más que un simple revoltijo de huevos y tocino, que no significaba grandes gastos en despensa alguna. Las lentejas, ya se sabe, son comida sana
y barata, y los palominos—o pichón de paloma silvestre— se los agradecería el hidalgo al galgo corredor y a algún rapaz del lugar ducho en las artes de Diana. Aunque no le faltaría en sus disminuidos dominios un palomar del cual abastecerse.

         
En lo que se refiere a hablar de comida no para Cervantes en esta riquísima e informativa oración introductoria. Conocedor él mismo de hambres y apetitos mal satisfechos, vuelve una y otra vez sobre el tema en los muchos capítulos de su novela; lo hace dotando a la comida de un sinfín de significados. Sea una medida de tal riqueza sugerente el contrapunto del señor austero y su escudero comilón ya tantas veces comentado. En una ocasión es un puñado de bellotas —comida de cabreros pobres en un país de encinares— el que le lleva al Quijote a evocar tiempos mejores, de mayor justicia e igualdad entre los hombres. Contrastan con esta escena de clásica austeridad las pantagruélicas bodas de Camacho en las que Sancho encuentra satisfacción desmedida a su hambre congénita de gañán. No se le escapa a Cervantes el humor gastronómico cuando haciendo de Sancho gobernador lo tienta con una mesa estupendamente bien surtida de "frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares", sólo para negarle todo placer en bien de su salud de hombre de autoridad. Se entretiene el novelista en nombrar —como tentando al lector de la misma manera que los bromistas tientan al goloso Sancho— los diversos platos que no le dejan probar siquiera: perdices "bien sazonadas", "conejos guisados", ternera "asada y en adobo", y un "platonazo" de olla podrida. Reacciona Sancho con su simple sabiduría de siempre, estableciendo la supremacía del comer. Habla por su voz la cordura del gran escritor, observador crítico de su sociedad en crisis: "Y denme de comer, o si no, tómense su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas".

         
Algún sustento le habrá dado a Cervantes su oficio de escritor, que tan bien lo cumple. Que debió alimentarse a gusto cuando pudo lo sugieren los muchos pasajes que en la novela hablan de las comidas suculentas; que debió saber del hambre —salsa que a su decir lo mejora todo— lo sugieren no pocas referencias al comer lo que esté a mano, sin quejas ni melindres de gastrónomo. Como en todo, en la comida Cervantes se muestra un hombre de comedida virtud y ponderada sabiduría. Sin duda un buen comensal en el banquete de la literatura y la vida.

Ensayo cortesísa de: http://flan.utsa.edu/labrapalabra/ensayo.html

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *